25 de febrero de 2016

La muerte de Eurídice: una mirada diferente de las cosas que sólo el Arte es capaz de homenajear.



La muerte de Eurídice es el mito principal de Orfeo. La cultura y el Arte, los medios para divulgar los mitos de la antigüedad, siempre glosaron la imagen, la literatura, los cantos o la música que reflejaran la muerte de la mujer de Orfeo y su búsqueda por éste hasta llegar a bajar a los infiernos. En el Arte, los pintores Rubens, Corot, Tintoretto y otros plasmaron la figura de Orfeo y Eurídice o huyendo ambos, o sosteniendo él a ella, o muertos los dos. Y esa fue la leyenda, el mito, el sentido universal y más conocido de esos personajes. Porque es el aspecto esencial de esa leyenda lo que más sabremos, lo que las obras artísticas más se habrían encargado de representar. Sin embargo, ¿qué más hay en ella, qué otras cosas diferentes a las conocidas hubieron, o qué otros personajes existieron y padecieron en esa leyenda? Y, sobre todo, ¿dónde y por qué sucedió esa historia? Porque la leyenda conocida destaca siempre la tragedia de dos amantes: Orfeo y Eurídice. Y llevará a Orfeo siempre a tratar de recuperar de las garras de la muerte a su amada, algo extraordinariamente vinculado con los grandes misterios de todas las mitologías, paganas o no. El orfismo fue en Grecia una secta dedicada a preparar las almas de los humanos que desearan garantizarse una vida eterna y feliz. Luego, con el cristianismo, el mito alcanzaría a propagarse en los sagrados misterios de la nueva religión, incluso asociando la figura de Orfeo a Cristo. En todas las representaciones artísticas siempre destacando la fatídica muerte de Eurídice, su trágica bajada a los infiernos y la audaz y frustrada salvación de ella por Orfeo.

Orfeo es un personaje insólito en la mitología griega. Era, a diferencia de los demás, un ser bueno, encantador, músico, perfecto... No era un dios, pero casi. Tan maravilloso era que fue el dios Apolo quien le favorecería con sus dones. La lira era el instrumento eficaz con el que apaciguaba las fieras. Porque los ríos, las rocas, los animales, todas las cosas salvajes, le escuchaban extasiados a su paso por el monte. Su gran confianza en esta cualidad especial, dominar con su música las cosas feroces de la Naturaleza, tal vez fue lo que le llevó a pensar que podía él vencer de la muerte a su amada Eurídice. Y el Arte, la mitología, la religión y sus misterios llevaron a glosar su gesto heroico, su motivo -la muerte de Eurídice- y, sobre todo, su terrible final. Y en todas las obras artísticas -musicales, poéticas, literarias, teatrales, operísticas, pictóricas- así se reflejaría siempre. Sin embargo, solo el Arte pictórico es capaz de ir lateralmente y mirar, ahora, las cosas de otro modo. Es el único que puede hacerlo. Algún pintor del Renacimiento, como Jacopo del Sellaio (1441-1493), realizó una imagen de la muerte de Eurídice en el momento mismo de su accidente y su traslado posterior a la entrada del Hades. Aquí aparece ahora Orfeo a la izquierda, comunicándole a otros la tragedia de su amada; al lado de ella, sin embargo, está ahora otro personaje: Aristeo. Sí está aquí el maravilloso paisaje arcádico, ese que contrasta también con la terrible tragedia. Y es entonces cuando podemos ver ahora el maravilloso lienzo del pintor manierista Niccolo del Abatte (1510-1571), La muerte de Eurídice. ¡Qué paisaje más idílico es ése! ¡Qué extraordinario lugar reflejado aquí! ¿La muerte de Eurídice, de quien sea, realmente, en ese plácido y bendecido lugar...? 

Fijémonos en el paisaje. En las montañas, en el mar, en el cielo, en el bosque verdecido y tranquilizador. ¿Cómo es posible que algo malo, trágico, triste y desolador pueda suceder ahora mismo en ese fantástico paraíso retratado? Hasta edificios elegantes y majestuosos, que simbolizan aquí la civilización equilibrada y ordenada, aparecen orgullosos y benéficos al fondo de la escena grandiosa. Sólo en el primer plano de la obra vemos una persecución, pero ésta podría tratarse de un juego amoroso o de un acceso de amor desaforado. Porque a la izquierda del lienzo observamos ahora unas jóvenes retozando, alegres y confiadas. Incluso, el cuadro nos confunde con una bella Eurídice -sabemos que es ella por el título de la obra, que está ahí y muere- desnuda y tumbada bellamente vista más a la derecha de la confusa persecución. Pero nada que nos haga pensar, al pronto, que sea una muerte o una tragedia lo que ahí suceda ahora. En el mito Eurídice vivía por entonces en Arcadia, un lugar griego idílico y majestuoso para sentir la paz, el amor, los cantos y la felicidad. Por eso el pintor nos muestra aquí un paisaje con la representación de un escenario prodigioso, sosegado, atrayente, deseoso y natural, ajeno a todas las maldades o desastres de la vida. Y ahora debemos contar la leyenda completa del mito. Orfeo se unió a la ninfa Eurídice y ambos vivían felices en un mundo ajeno a la maldad. Allí cantaba y tocaba su lira él y paseaba y disfrutaba de su vida ella. Y a ese lugar idílico llegaría una vez Aristeo, un dios menor de la naturaleza y de sus artes, cultivador de abejas y de olivos. Un personaje llevado ahora por una pasión lujuriosa a enamorarse. Y se enamoró de Eurídice inevitablemente. Y la desearía tanto a ella que la perseguiría sin cesar por el bosque. Y entonces Eurídice, huyendo de él un día, pisaría una pequeña serpiente venenosa y moriría fatídicamente.

Las hermanas de Eurídice, las bellas dríades -ninfas de los árboles- hicieron perecer en venganza a todas las abejas que cultivaba Aristeo. Éste acudiría luego a su madre Cirene -en la obra los dos caminan juntos más a la derecha del cuadro-, una madura ninfa conocedora de la naturaleza que le aconsejaría que visitara al sabio adivinador Proteo, que aparece sentado junto a un ánfora de agua -Proteo era hijo de Poseidón, el dios del mar-. Entonces Proteo le recomienda sacrificar unos animales para calmar el espíritu moribundo de Eurídice. Luego observará Aristeo cómo de las vísceras descompuestas y sacrificadas salen de nuevo abejas renacidas y volando -el sentido renacedor de las cosas y de la vida de este mito-. El pintor manierista compuso esta escena trágica-bucólica con la belleza más manifiesta que podría crearse en un paisaje renacentista, con la delicadeza que solo el Manierismo es capaz de ofrecer en sus obras. No hay muerte aquí verdaderamente, aunque veamos a Eurídice tendida y sin moverse en el suelo. No hay drama, tampoco; no hay infierno, no está Orfeo -ni nadie más- ahí siquiera para auxiliarla... Sin embargo, el pintor sí incluye a Orfeo en el cuadro, él está al fondo, un poco a la izquierda, alejado y solo ahora, rodeado de animales que escuchan serenos sus bellas melodías musicales. Y de ese modo completará el creador su sentido artístico en este bello cuadro manierista, un sentido que sólo el Arte pictórico puede llegar a realizar sin algaradas: establecer una serena mirada diferente... Porque las cosas no son estereotipadas, no son unidimensionales, no son unilaterales, no tienen siquiera una única mirada ni una única realidad. Todo es susceptible de verse siempre de otro modo, toda historia o leyenda o vida, o hecho o visión, puede ser expuesto siempre de otra forma diferente... Una forma que nos haga ahora pensar de otra manera distinta, que nos haga sentir o ver las cosas ahora de otra manera diferente, de una forma distinta ahora a como nunca antes la hubiésemos visto o sentido.

(Óleo La muerte de Eurídice, entre 1552 y 1571, del pintor manierista Niccolo del Abatte, Museo National Gallery, Londres; Lienzo del pintor renacentista -quattrocentista- Jacopo del Sellaio, Orfeo y Eurídice, 1480, Roterdam, Holanda.)

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