4 de octubre de 2016

Elogio de internet, de Watteau y de los medios visuales de difusión universal del Arte.



¿Qué mejor forma de conocer obras de Arte que verlas con la extraordinaria capacidad que nos ofrece internet? Porque podemos dedicarnos a ver un catálogo monográfico, sin duda; podemos también ir a un museo y verlas, por supuesto; pero, ¿alcanzaremos a descubrirlas con la rapidez y versatilidad que nos permita la pantalla cercana y personal de nuestros dispositivos? Luego, sin embargo, podemos dedicar, a cambio, cómodamente tiempo a visionarlas, a analizarlas, incluso, para llegar a sentir cosas que, en otras oportunidades -un museo requiere mucho tiempo y del talento de la selección o discriminación de tantísimas obras-, no podrían llegar a ofrecernos todas las emociones, matices y conocimientos que el visionado pausado de una obra de Arte exige. Y, como excusa de ese elogio, ver ahora una obra maestra que merece el mismo o mayor elogio para llegar a ejemplarizar el sentido fundamental que el Arte debiera tener en la vida de los seres.

Para apreciar el Arte hay que prescindir de prejuicios y estimaciones académicas predeterminadas. El Arte, el gran Arte, es una emoción que llega pronto o no llega. Antoine Watteau (1684-1721) fue un pintor prototípico de lo que se llegaría a llamar en el siglo XVIII tendencia Rococó. El mejor dibujo natural junto a la mejor escena relajante, el más atractivo Arte de una representación vulgar o nada épica frente a los excelsos motivos de lo clásico. Porque Watteau compuso obras de iconografía convencional o más normal -instantes cotidianos, momentos propios de todos los seres, grandes o pequeños, buenos o malos- con la mejor estética de los antiguos y grandes maestros clasicistas del Barroco o del Renacimiento. Pocas mitologías épicas o gestas históricas de escenas grandilocuentes. Fue un artesano genial, un pintor extraordinario; fue reflejo de su época, la que más se encontraría huérfana de tendencias -primer cuarto del siglo XVIII- después de haberse dejado la piel emocional la sociedad europea con el arrebatador  y maravilloso Barroco.

Pero, sin embargo, Watteau compuso entre los años 1715 y 1719 una obra extraordinaria, tan barroca como clasicista. Extraordinaria en todos los sentidos, literalmente, fuera de lo ordinario; tanto para él -no tendría nada que ver con lo que más crease- como para el propio Arte -pocas obras maestras llegarán como Júpiter y Antíope de Watteau a alcanzar el mítico reino de lo sublime-. El tema de la pintura fue compuesto antes y después de Watteau en muchas ocasiones. Era el mito de Antíope, la bellísima hija del rey de Tebas seducida por Zeus convertido ahora en un sátiro y voluptuoso amante. El Arte busca excusas para componer el más deseoso de los visionados naturalistas: el desnudo humano más bello, la inevitable perspectiva de un cuerpo -en este caso femenino- para acceder a la belleza más sensual y deseable. Pero, sólo como los grandes creadores, el pintor francés muestra aquí otras cosas... ¿Serán esas otras cosas excusas para distraer aquí la mirada, o serán un relevante motivo iconográfico más? La realidad es que las obras maestras son así con independencia de algún motivo oculto para serlas. Este es un misterio del Arte, uno más. Es decir, cómo toda obra maestra necesitará de elementos que justifiquen el tema, pero, también que esos elementos sean estéticamente necesarios por sí mismos, y, así, poder ser una verdadera obra maestra.

Salvando el detalle de la pésima resolución de la imagen de la obra, Júpiter y Antíope (Ninfa y Sátiro) de Antoine Watteau es una muestra artística de representacion de la vida humana: de sus deseos, sus contradicciones, sus contrastes, sus maldiciones y sus bendiciones. Había que componer el mito de Antíope, que a su vez había sido compuesto antes por otros pintores, y seguir además la leyenda del relato mitológico. El dios Zeus deseaba poseer a la más hermosa y bella joven de Tebas. No puede hacerlo como un dios, debe ahora transformarse y decide convertirse en el ser más depravado y muy apropiado para un deseo tan visceral: un sátiro. Un ser con todas las características voluptuosas y evidentes del deseo más feroz y desalmado. Pero sin embargo una joven ninfa, es decir, una bella joven inocente, no se dejaría seducir por un ser tan rechazable o tan deleznable como era un sátiro, un personaje que solo mostrase así el deseo más atroz y descarnado. ¿Por qué, entonces, el dios cometió esa estupidez?, ¿no pudo, como dios que era, transformarse en otra cosa más amable? No, porque el deseo humano que los poetas mitológicos querían expresar era el más desgarrado, el más auténtico deseo incontenible. Había, para poder seducirlo, que inutilizar la voluntad del ser deseado: el sueño producirá ese efecto claramente. Por eso la bella ninfa está absolutamente dormida en la obra. Ella reflejará, más que otra cosa o símbolo posible, la óptima representación del maravilloso objeto de deseo...  Debe ser éste un objeto no colaborador, debe ser un ente alejado, debe ser inmaculado, blanco, debe ser frágil y, a la vez, efímero... 

El sátiro es representado con los rasgos contrarios más motivadores de ese deseo: decidido, precavido, ansioso, imaginativo, feroz, recreador de sensaciones, despiadado..., como todos los deseos son, sensuales o no.  El paisaje es muy preciso y necesario que exista aquí, ¿cómo, si no, es posible distraer algo los ojos -contemporizadores con el sátiro- de los que ahora vean ese deseo, es decir, de nosotros mismos? Hay que añadir algo más en la obra: el precipicio y las raíces descubiertas de los árboles. Con ambas representaciones naturales -sabía el pintor- justificaremos, moralizaremos y admiraremos la belleza de la composición del conjunto de la obra. Está Antíope aquí casi para caer peligrosamente..., su brazo y pie izquierdos balancearán en el abismo. Las raíces de los árboles denotarán otras cosas: la vida que prosigue, sin embargo, y favorecerá así el sentido, aun desalmado, de la vida procelosa. Los colores son imprescindibles aquí para comprender parte del sentido del cuadro: la claridad y la oscuridad de los dos cuerpos tangenciales. Es la atracción de lo opuesto y el contraste de lo diferente: la belleza dormida y el deseo feroz. El pintor no moraliza mucho, sin embargo, pero tampoco lo evidencia... ¿Es peor la imprudencia de situarse a dormir peligrosamente la belleza al borde de un abismo, o la desalmada fuerza de un deseo al desplegar con suavidad las finas telas que la ocultan? Como los poetas, los pintores descubrirán un universo que reflejará siempre la mejor esencia de las motivaciones más inconfesables de la vida. 

(Detalle del óleo de Antoine Watteau, Ninfa y Sátiro (Júpiter y Antíope), 1719, Museo del Louvre; Cuadro Ninfa y Sátiro, de Watteau, Museo del Louvre; Imagen de la Sala 36 del Museo del Louvre, salas de Watteau, donde se aprecia a la izquierda el cuadro Ninfa y Sátiro, Museo del Louvre, París.)

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...