11 de octubre de 2016

La vida es una elección, está compuesta de elecciones, y el Arte ayudará a comprenderlo.



En las postrimerías del Romanticismo, hacia finales de los años treinta del siglo XIX, unos pintores sintieron la necesidad de crear de otra manera el sentimiento de las cosas.  Porque el sentimiento que las cosas les producían fue para ellos entonces un pálpito artístico insoslayable. ¿Fue un impulso artístico exclusivamente? ¿Fue la pulsión artística por expresar las cosas de otra forma solo lo que lo originó? La historia convulsa de los rigores sociales de la humanidad condicionará siempre cualquier forma o manera de expresión. Hay que situarse históricamente. La crisis institucional y social que provocase la Revolución francesa y las guerras napoleónicas posteriores llevaron a un necesitado clamor espiritual, metafísico y emocional del hombre europeo. Por eso el Romanticismo enraizó bastante bien en aquellos años revolucionarios. Pero cuando toda aquella convulsión agitada pasó el mundo restauraría su sociedad amable y sus tranquilas y satisfactorias formas de antes. Pero no duraría eso más de treinta años. La sociedad se revolvería de nuevo ante la incapacidad de entender la humanidad los verdaderos motivos de las cosas. 

Así que cuando surgieron las revoluciones sociales del año 1848, heredadas de aquella Revolución de antes pero advenidas ahora desde una insatisfacción más social que ideológica, fueron desarrollándose por Europa algunos creadores que buscaban la tranquilidad y el sosiego que necesitaban para crear. Y no lo buscaron tanto en el sentido metafísico, espiritual o ideológico de las cosas, sino más bien en lo cercano de las cosas, en un entorno natural desprovisto de cualquier connotación idealizada, huyendo así de una realidad cruel, dura y desmotivadora. Fue el pintor Theodore Rousseau quien en el año 1848 decide huir a la boscosa población de Barbizón, al norte de París, en donde encontraría el sentido profundo de lo que sentía él como el verdadero motivo de una creación artística. Ahí se materializaría una forma de crear Arte que había sido incluso sospechada por algunos pintores británicos años antes -John Constable-, una tendencia que acusaba más el espíritu natural de lo representado que la metáfora espiritual que lo representado expresara. Y esta nueva escuela artística -La Escuela de Barbizón- inspiraría luego una revolución en el Arte cuando el Realismo no satisfaciera -como esa escuela tampoco- el sentido expresivo e íntimo de una realidad inmediata -la que aparece efímeramente a nuestros ojos- o tampoco satisfaciera una necesidad existencial inmanente -la que sentimos huérfanos de una espiritualidad desconocida-. Y de esa forma se acabaría originando en el Arte el aséptico, equidistante y maravilloso Impresionismo.

George Inness (1825-1894) fue un pintor norteamericano que navegaría por las aguas románticas que el paisajista Thomas Cole y la Escuela del Río Hudson habían configurado en los EE.UU. Pero en el año 1851 decide viajar a Europa y descubre, asombrado, otra cosa muy diferente a ese romanticismo norteamericano. Porque la diferencia de los creadores franceses de paisajes -Barbizón- frente a los norteamericanos -Hudson-, era que aquellos expresaban sus composiciones directamente en el sitio en que pintaban, frente a la luz y al color que ellos veían directamente, sintiéndolo además. En contraste con la escuela norteamericana que intelectualizaba, racionalizaba o pensaba -en el estudio- mucho más el sentido creativo de lo que el paisaje les inspiraba, aunque fuesen sentimientos muy parecidos ambos. En definitiva, había en ambas tendencias una inspiración sentida:  o por lo que el sentimiento desnudo se dejara guiar o por lo que el intelecto reflexivo pudiera sentir. Pero en Inness el momento y las emociones que le produjese aquella experiencia francesa en Barbizón le cambiaría la vida para siempre. De regreso a su país en la década del año 1860 se traslada de Nueva York a Medfield en Massachusetts y de ahí a Nueva Jersey luego cuando, de pronto, descubrirá las obras del filósofo, científico y místico sueco Emanuel Swedenborg. Y entonces compone George Inness unas obras de Arte de una expresividad mística y espiritual extraordinarias. 

Cuando los fuertes descubrimientos de las cosas les lleva a preguntarse y replantearse a espíritus sensibles y reflexivos esas mismas cosas, determinarán en ellos luego una elección en sus vidas...  Tal fue el caso de Emanuel Swedenborg (1688-1772), un inquieto hombre de la ilustración, científico, inventor y descubridor, que, al final de su vida, decide dedicar todos sus conocimientos a explicar a la humanidad una teología más asequible, necesitada de cercanía y de justificación prometedora, de una realidad inmanente y trascendente para el hombre. Tanto como para trastornar los sentidos clásicos de espiritualidad hasta entonces conocidos en Europa. Pero, sin embargo, no prosperaría. La razón y el sentimiento -el racionalismo y el romanticismo-, junto con la religiosidad oficial, dejaron solo en una anécdota intelectual y metafísica lo que, según para algunos budistas, llevaría a cabo el Buda del Norte. En la difícil recopilación de algunas teorías filosóficas o religiosas, como es el caso de la del pensador Swedenborg, hay que tratar de sintetizar sin dejar de ser riguroso pero sin extenderse. Aquí prefiero mencionar un artículo de internet: Lo que Borges me contó de Emanuel Swedenborg.

En él se establece una curiosa e interesante teoría de Swedenborg que al escritor argentino Borges le inspiró bastante. Tiene que ver con las elecciones. Lo que decidimos asociar a la afinidad de algunas cosas relevantes de la vida es lo que libremente decidimos elegir. Y eso determinará elegir el sentido de benignidad, de bondad o placer espiritual, frente a la tosquedad de lo maligno, aniquilador o displacentero espiritualmente. En ese artículo se expresa lo que el pensador sueco defendía con sus teorías místicas. Algo que puede resumirse en que nosotros mismos elegiremos qué cielo o qué infierno queremos padecer. Primero expresa un dualismo existencial muy claro: hay una oposición entre un mundo material o corporal y otro espiritual. Segundo dice que hay también un dualismo moral: el bien y el mal. Unos viven -y vivirán- en un mundo (exterior/interior) placentero y bondadoso y otros en uno terrible y violento. Pero, y aquí está lo que más inspiraría a Borges -y es lo más interesante-, ni el cielo es un premio ni el infierno es un castigo. Es cada ser humano el que los crea, según la disposición de su alma personal -su propia elección personal- en la vida que disponga. Porque los buenos, por un lado, irán adonde están los otros buenos y su resultado será la celestial bondad elegida. Y los malos buscarán la compañía de otros malos y sus envidias, conspiraciones y violencias serán el infierno elegido. Pero, en cierto sentido, los malos son felices en su infierno, es ahí donde ellos desean estar. Si se acercan demasiado a ese cielo lo perciben con dolor y repugnancia. Porque son las elecciones que hacemos en la vida las que nos llevarán a ese estado -ese mismo donde ahora vivimos, ¿y luego viviremos?- y no otra cosa diferente. 

(Óleo del pintor George Inness, Amanecer, 1887, Museo Metropolitan, Nueva York; Cuadro Atardecer en Medfield, 1875, del pintor George Inness, Metropolitan; Fotografía realista de la mezquita turca de Santa Sofía, Estambul; Óleo del pintor impresionista John Singer Sargent, Santa Sofía, 1881, Museo Metropolitan de Nueva York.)

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