20 de octubre de 2016

Un retrato gráfico de la egoísta, impasible y frívola humanidad: elocuente, sutil y crítico.



En los siglos pasados, los seres humanos no podían conocer todas las cosas de la vida a menos que la vieran directamente. Salvo en los cuadros... Es de entender que los fenómenos extraños y los seres desconocidos o raros animaban a descubrirlos a la primera oportunidad. Hay que imaginar con qué curiosidad y avidez los ojos desacostumbrados a lo novedoso y espectacular pudieran observar por primera vez las exóticas, inéditas o temibles criaturas-creaciones de la Naturaleza. Nunca un rinoceronte había sido visto en Europa antes del año 1743 -cuando un holandés importase de la India un ejemplar-, nunca. Así que hay que comprender la expectación que el espécimen indio supuso por aquellos años. Sí que había pisado otro rinoceronte indio Europa, pero hacía más de doscientos años, cuando le regalaron uno al rey Manuel de Portugal. Pero no pudo verse porque moriría ahogado en aguas del Mediterráneo antes de llegar a Roma en el año 1513. Láminas dibujadas con la imagen de un rinoceronte sí habían existido -el pintor alemán del Renacimiento Durero había hecho algunas-, pero nunca ojos europeos habían visto un ejemplar de ese animal tan extraordinario.

Aquel holandés comercializaba una exposición itinerante por Europa con el rinoceronte, y tuvo tanto éxito que llegaría a enriquecerse con ella. En el año 1750 llega a Venecia para el carnaval. Y, en pleno momento exultante de emociones tan mundanas y alegres, se exhibiría el animal asiático para sorpresa y curiosidad de los venecianos. Un mentor quiso entonces que un pintor veneciano, Pietro Longhi (1701-1784), eternizara el espectáculo maravilloso de la exposición sorprendente del extraño animal. Longhi no pasaría a la historia de la Pintura, me refiero a la gran historia del Arte, a la de los grandes maestros. Él comenzaría pintando grandes obras históricas o religiosas, relevantes hazañas o mitos que representaran grandiosas gestas o ideas. Pero no triunfaría con ellas; esas obras por entonces -pleno momento Rococó, un periodo desenfadado, frívolo y alejado de solemnidades- no serían para nada tenidas muy en cuenta por el público. Así que, aconsejado por pintores más experimentados, Longhi abandonaría las grandes historias por las pequeñas, cotidianas, costumbristas o rutinarias maneras de mostrar los momentos triviales de los hombres y mujeres de la época. El costumbrismo comenzaba a interesar y Longhi pintaría escenas humanas de venecianos disfrutando de sus cosas o disfrazados como en carnaval.

Pero entonces, cuando el mecenas veneciano le pidiese que pintase una semblanza del histórico momento de la exhibición del rinoceronte en Venecia, Longhi consiguió realizar la más extraordinaria obra maestra de Arte... Porque lo que consiguió fue que, pintando una curiosidad animal, pintara otra cosa... La obra presenta además una inscripción que, más o menos, dice así: Verdadero retrato de un rinoceronte llevado a cabo en Venecia en 1751 de la mano de Pietro Longhi por la comisión del patricio Giovanni Grimaldi. El pintor compuso, al menos, dos versiones de esta obra -la otra está en el National Gallery londinense-, y algunas que otras pinturas mostrando un rinoceronte o un elefante. Pero solo en esta obra -expuesta en un museo veneciano- muestra claramente la curiosidad ahora de no ser el rinoceronte el objeto propio de atención, sino los propios observadores que lo miran. En la obra de Arte hay representados personajes desconocidos -o no, es posible que también pagaran por salir ahí- y personajes relacionados directamente con el objeto-cuadro. El mecenas del pintor es el hombre elegante y sin disfrazar en el centro del lienzo. El holandés oportunista está a la izquierda y tiene en su mano el cuerno roto -se desprendió tiempo antes- del rinoceronte. ¿Fue un encargo la obra para mostrar así, elogiosamente, a los personajes retratados?, ¿o fue una sutil forma de mostrar -solo para la conciencia del pintor entonces- el sinsentido de presenciar una observación inobservada?

Porque nadie está ahora mirando el objeto al que han ido a ver. En el cuadro podían haber sido también retratados elegantemente mirando al extraño animal... Incluso, el argumento de exhibirse el rostro de algunos personajes para ser eternizados no es una justificación: algunos tienen una máscara en su cara y, aun así, no dirigen aquí su rostro -y su mirada- al rinoceronte, único sentido objetivo de visión del escenario ante ellos. Todos están ajenos al sentido que los ha llevado a estar ahí. Desde el hombre de la pipa -único que, sesgadamente, parece mirar, aunque más que mirar parece divagar en ello-, hasta el resto de las personas, de los adultos o de los niños -incluso la niña de arriba no sentirá ninguna curiosidad, ni infantil ni primigenia-, no están observando nada que no sea su propia individualidad, su impasible y absorta mismidad. Porque es cuando un ser humano mantiene su atención en algo ajeno a sí mismo cuando deja de ser un individuo egotista -ensimismado en sí mismo- para ser un individuo ajeno simplemente -en el sentido de estar fuera de sí mismo, en otro ser o en otra cosa-. Y en esta extraordinaria obra de Arte -por serlo accidental o intencionalmente, aunque pienso lo segundo- el pintor supo extraer un sentido trascendente -entonces inextricable por sus contemporáneos- en el lienzo. Un sentido por el hecho curioso de, mostrando un objeto extraño -metáfora de lo que podemos relacionar con lo que debería ser motivo de un justo análisis y atención-, exhibir sin embargo las desafecciones o el mayor desinterés de los seres humanos por todo aquello que no sea su propia imagen.

Y, ¿qué mejor representación de lo que somos los seres humanos que esta obra? ¿Es que no seguimos siendo ajenos a las cosas importantes que a veces la vida nos pone por delante para, frívolamente, dejar de mostrar el mínimo interés y sólo buscar el propio afecto o la propia exhibición? ¿Qué nos sorprenderá hoy, por ejemplo, desde nuestra máscara atribulada de falsos juicios o formas no tan desconocidas, pero criticables, de una sociedad que no le interesa para nada el objeto auténtico de atención, aunque queramos aparentar lo contrario? Por esto la obra de Pietro Longhi es genial, es genial en sí misma, da igual lo bien que estén o no dispuestos los colores o la composición. Da igual que la obra no sea histórica o mitológica, o que evolucione o no la pintura y sus alardes estéticos. El hecho es que -queriendo o no- el pintor veneciano compuso una de las críticas sociales más sutiles de la humanidad: el ser humano en el fondo es un ser desdeñoso de todo objeto que no sea él mismo. Un poeta contemporáneo del pintor -Carlo Goldoni-, veneciano como él, le dedicaría un verso prodigioso y muy elocuente al artista ilustrado: Longhi, tú que llamas a mi hermana musa de tu pincel que la verdad persigue... Y tanto que la persiguió, y lo dejaría claro -para los que lo sepamos ver- cuando mostrase el pintor la absurda representación en su lienzo... de una visión sin sentido.

(Detalle del cuadro El Rinoceronte, del pintor veneciano Pietro Longhi, 1751, Venecia; Óleo El Rinoceronte, 1751, Pietro Longhi, Museo Ca'Rezzonico, Venecia.)

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