10 de diciembre de 2016

El paisaje como un vínculo vital y justificador, como el Arte y como la vida.



El paisaje fue descubierto pronto por los pintores flamencos. ¿Qué otra temática mejor para poder expresar en el Arte los sentidos más cromáticos, las formas más universales o la calma más poderosa? El siglo XVII comenzó con paz en el mundo. Pero, sólo comenzó... Aquellos años parecieron infantiles, ingenuos comparados con los duros, despiadados y belicosos años del anterior siglo XVI. La paz se vislumbraría entonces y aquellos hombres ahora, herederos e hijos de los guerreros-héroes de antes, atisbararían débilmente la necesitada y fértil visión de un mundo diferente. España firmaría la paz con Inglaterra. Francia haría lo mismo con los demás y con sus guerras civiles y religiosas. El imperio sacro y germánico dejaría de luchar en el este. Y el mundo parecía otra cosa en los albores de ese nuevo siglo cargado de promesas. Pero, no duraría. O duraría tan poco como el paisaje coloreado de un óleo flamenco de Jan Brueghel el viejo (1568-1625). Porque en los óleos de Jan Brueghel -hijo afortunado del famoso Pieter Brueghel- los colores durarán el tiempo justo que dediquemos a verlos. No más. Ni es necesario más. Ellos, los colores, parecerán entonces vivir en el único tiempo en el que se reflejan... Porque, luego desaparecerán. Como en la vida. Pero aquí, en esta obra de Brueghel, estarán vivos aún, recorrerán así el espacio que el tiempo decida aún que ellos tengan que recorrer. 

En el año 1607 Jan Brueghel pinta, sobre un soporte de cobre, su sosegado óleo Paisaje de Río. Pero, no es un paisaje inventado, o, mejor dicho, no todo es inventado ahí. Como en sus colores... Porque para el creador flamenco los colores deben ser así: como los pintados aquí del cielo o del agua, o de la tersura de algunas velas transparentes. El Arte aquí es la invención del mundo de un oficio de imitadores de la naturaleza. ¿Por qué? Pues, por lo mismo que la vida humana es una parodia de lo que no es. Los creadores no sólo saben pintar: pintan lo que sienten, no lo que ven. Para ellos, la verdad que encierra una creación artística es superior a la verdad que supone una visión terrenal. Y en ese tiempo de tregua (en Flandes, España firmaría una paz con los rebeldes holandeses desde abril de 1607 hasta 1622) el mundo pareció florecer. Aparentemente. Fue Jan Brueghel un hombre nacido en la guerra (el duque de Alba comenzaría en Flandes su terrible represalia en 1568), conocedor por tanto de los sufrimientos y desmanes de aquel conflicto. Y moriría él justo cuando volviese la guerra de nuevo a comenzar. Pero el pintor compuso durante toda su vida una pintura amable, paisajista, decorativa, iluminada, sosegante. Sin embargo, denunciaría con su Arte amable -mucho más que con cualquier otra forma realista de pintar- la incongruente y contradictoria forma de vivir de los humanos.  

En su obra barroca Jan Brueghel pinta su paisaje con un río flamenco, el Escalda. Y es en ese escenario donde los seres ahora viven, laboran, disfrutan, participan, colaboran o se ayudan juntos para seguir adelante. Pero el mundo lo dividirá aquí el pintor claramente. El paisaje y su composición están aquí separados entre una tierra verde, limitada y agreste a la izquierda del lienzo, y luego el resto de lo que vemos a la derecha: el río y un cielo azul y eterno. Pero estos dos últimos elementos -el río y el cielo- formarán un escenario aquí sin ruptura de continuidad entre ellos: están unidos ambos por el afán del pintor. El firmamento azul y el río azul forman un único universo. Para los seres humanos del siglo XVII el mundo era una eternidad divinizada. Y el cielo era su representación sagrada. Pero ahora el río comunicará aquí ese espacio divino y eterno con la tierra apesadumbrada de los hombres. Los barcos surcan desde el horizonte alejado para llegar a la orilla terrestre, donde ahora los seres humanos ayudan a otros humanos a desembarcar. Al fondo de la izquierda del lienzo, el esbozo de la silueta de la iglesia de San Miguel de Amberes completa así el místico escenario. Para definirlo todo como un círculo poderoso de justificación existencial el pintor crea un extraordinario óleo de paisaje. ¿Hay que glosar la vida a pesar de los terribles efectos de un mundo tan desolador? El creador dice que sí, y realiza para ello uno de los paisajes más elaborados del Barroco. Los detalles y sus alardes sutiles de belleza los compone con una maravillosa fragilidad, sin embargo. Como la vida. ¿No da la impresión de que todo ese escenario placentero terminará por desaparecer muy pronto? Fue casi un precursor impresionista aquí el barroco Jan Brueghel

Porque el cielo dejará de estar unido con el río muy pronto. Porque los hombres dejarán también de estar unidos luego de que el barco desembarque. Porque los colores acabarán desdibujados con el paso de la luz solar ahora todopoderosa... Porque eso lo presentiría el pintor entonces, y así lo pintaría, fijado todo en un deseo de paz, sin embargo, mucho antes de que todo acabara sucediendo. Y el Arte, de nuevo, volvería a expresar con belleza lo que los seres humanos no terminan de comprender, si no es con sufrimiento: que el mundo existe en cualquier caso con los infinitos colores de su universo, que el tiempo transcurre siempre con los incontables y bellos momentos decididos, pero que la verdad de las cosas solo depende de la luz que queramos o no que brille en la opaca realidad de un mundo recreado. Porque el mundo de lo humano es recreado siempre, como el Arte, y lo es por esos mismos seres humanos que deciden, alarman, coaccionan, dañan, destruyen... o ¡viven! 

(Óleo sobre cobre Paisaje de río, 1607, del pintor flamenco Jan Brueghel el viejo, Museo Galería Nacional de Arte, Washington D.C., EEUU; Detalles del mismo óleo de Jan Brueghel el viejo, Paisaje de río, 1607, National Gallery de Art, Washington D.C.)

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