17 de julio de 2017

Hércules en la encrucijada, o un nuevo renacimiento que duraría tan poco como la virtud adormecida de los hombres.



A mediados del siglo XVIII, trescientos años después de haber sido iniciado ya en Italia, volvería de nuevo el Renacimiento clásico al Arte. De nuevo las formas se acoplarían a los perfiles más armoniosos de la geometría humana más perfecta de su anatomía. De nuevo los colores, las gestas, la perspectiva o la virtud más gloriosa se encumbrarían otra vez a la luz de los pintores. ¿Es que la humanidad necesitaba de nuevo recuperar aquella avidez de antes por lo equilibrado? ¿Es que la naturalidad del Barroco o la ingenuidad o liberalidad del Rococó no habían hecho más que insatisfacer el gusto de los humanos? ¿Dónde radicará la verdad de lo necesitado? Cuando los pensadores griegos no habrían llegado todavía a conseguir admirar una tendencia de filosofía determinante en la historia -como lo fuera luego el pensamiento de Platón-, los sofistas o filósofos retóricos funcionales (que ofrecían más que un pensamiento trascendente consejos útiles para vivir) habían tratado de satisfacer las inquietudes más sencillas o primarias de una vida sin complicaciones. La Mitología había sido el sustrato que habría servido a los griegos para comprender las razones por las cuales los seres humanos eran como eran o la naturaleza respondía como lo hacía. Uno de ellos, uno de esos filósofos sofistas, lo fue Pródico de Ceos (465-395 A.C.), que explicaría entonces la génesis que, según él, los mitos habían seguido desde antiguo. Consideraba que los mitos o la religión no eran más que historias no recordadas muy bien del todo, y que hacían referencia a grandes personajes humanos que, en algún momento de sus vidas, habrían sido seres extraordinarios por su comportamiento o actitud. Humanos, pero no dioses; ni seres divinos, ni metafísicos.

Fueron los primeros ateos de la historia, y a Pródico se le atribuye además la leyenda de Hércules en la encrucijada. Hércules es el semidiós más famoso de la Mitología, un poderoso ser tan fuerte que fuera capaz de luchar y de vencer así en todos los grandes retos que la vida le pusiera. Según esa leyenda del ateo Pródico, una vez Hércules tuvo que verse en la difícil situación de elegir entre dos cosas muy tentadoras. Dos elecciones representadas en el mito -y en el Arte- por dos hermosas mujeres que simbolizaban, cada una de ellas, el Vicio o la Virtud. Pródico de Ceos elegirá la Virtud, lógicamente; pero para ello, además, él lo razonaría.  Lo justificaría así entonces de un modo muy sencillo: el Vicio proporciona un placer que no pueder serlo realmente, ya que da comida antes de tener hambre y agua antes de tener sed... Cuando el más grandioso pintor del nuevo renacimiento clasicista surgido a mediados del siglo XVIII, Pompeo Girolamo Batoni (1708-1787), quisiera elogiar aquella famosa virtud armoniosa de la vida, del Arte o de las cosas, escogería la fábula de Pródico de Ceos y de su admirado héroe mitológico. Pero para pintar a Hércules (o Heracles) en la encrucijada, no se conformaría Batoni con hacerlo una sola vez en su vida. No, pintaría al héroe grecolatino en, al menos, tres ocasiones entre los años 1742 y 1765. 

Y esas tres ocasiones las traigo ahora aquí para que disfrutemos viendo la maravillosa forma de pintar tan clásica que Pompeo Batoni llevara al Arte de nuevo, luego de haber sido olvidada tan excelente forma de combinar trazos, colores o semblantes, como lo fuera ya en el Renacimiento de antes. De sus tres obras maestras de Arte clásico sobre el tema de Hércules en la encrucijada, luego de admirarlas y de mirarlas en detalle, vengo a decidir que la primera de ellas -la pintada en 1742 y expuesta actualmente en el Palacio Pitti de Florencia- es la más interesante, sugerente, armoniosa o más bella de las tres obras de Arte. En las tres obras está Hércules enmedio de dos mujeres que le seducen con sus cosas. En las tres está él pensativo, en las tres está detenido, pero solo en una de ellas está ahora con el gesto más emotivo o más inspiradamente pensativo de todos. En esa obra del año 1742, donde la piel de un león abatido en una de sus luchas más heroicas está sobre su regazo, el héroe mitológico está ahora pensativo, como en los otros lienzos parecidos, pero su actitud ante ese pensamiento es ahora aquí más vívida, tensa o decidida. En los otros dos lienzos, o la mirada del héroe es enojosa en un caso o es indolente en el otro. La mujer del casco representará la virtud, la filosofía, el Arte o la vida más grandiosa. La otra mujer representa aquí el vicio, la molicie, el placer sencillo o más fácil, o la vida inconsecuente o más lastimera. 

Pero es la primera obra compuesta por Batoni, la del año 1742, la que comprenderá mejor la exposición de una composición tan armoniosa para el Arte: los tres personajes están articulados en un encuadre más sólido, están ellos juntos aquí los tres, y están además cada uno de ellos seguros en su propio sentido. Hasta confundirá al pronto ahora, tal vez por una equivocada perspectiva ética actual, el sentido de elegir mejor la mujer que podría representar la elección más sosegada o inteligente: ya que la virtud está dirigiendo su mano hacia un lugar con el ímpetu imperativo de lo obligado y, sin embargo, la mujer que representa el vicio está más solícita, más amable, compasiva o dadivosa. Pero esta es la trascendencia aquí del mensaje filosófico: la virtud es más esforzada o dura decisión o elección que el vicio. Porque, además, la mujer desnuda -el vicio- tiene ahora en su mano izquierda la máscara de la falsedad o de la mentira... Es el mejor lienzo clásico de los tres, y lo es porque los gestos armoniosos de los tres personajes están más delimitados por la armonía de lo equilibrado o más sujetos a la medida de lo proporcionado. Esa era la misión sagrada de aquella nueva forma de alumbrar Arte que había sido elogiado hacía tres siglos antes, y que, ahora, de nuevo, volvía a resurgir de las denostadas o cansadas formas de plasmar belleza, contenido o mensaje virtuoso en un lienzo. Había que elegir de nuevo... Y Pompeo Batoni eligió, como su admirado héroe mitológico lo hiciera. Y eligió así el equilibrio, eligió la armonía, eligió la grandiosidad, o eligió la única vida humana que pueda llegar a conseguir aunar belleza con sentido... o elección con serenidad.

(Obras neoclásicas del pintor italiano Pompeo Batoni: Hércules en la encrucijada, 1742, Palacio Pitti, Florencia; Hércules en la encrucijada, 1765, Hermitage, San Petersburgo; Hércules en la encrucijada, 1748, Museo de Liechtenstein.)

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