5 de mayo de 2020

La impresión es lo que se da antes de la percepción, no es nada aún y lo es todo.



Es justo la impresión estética ese momento en que no percibimos nada todavía, solo apenas acude ahora a nuestros ojos una proyección efímera y desconsiderada de lo real. No nos dice nada aún, no podemos saber todavía qué es lo que vemos ahora exactamente, pero eso dura poco tiempo, es imperceptible tanto lo que apenas vemos como lo que sentimos incluso. Solo los impresionistas quisieron y supieron ofrecernos ese instante tan efímero. Por eso mismo su Arte es tan maravilloso como incomprensible. Porque no es natural, porque no corresponde a nada de lo que percibimos, cuando vemos las cosas reales, a como aparecen en sus obras. Esa impresión de sus obras es una estela indivisa difuminada por colores de un mundo ahora diferente. No hay contraste real en sus imágenes (nada se opone naturalmente a nada), y no lo hay porque no existe un contraste que nos permita distinguir bien unas cosas de otras. Pero, sin embargo, están ahí las cosas representadas. Están y lo vemos al alejar nuestra mirada (cerrar apenas un poco los ojos) y nuestros juicios (prejuicios) para recordar qué representan. El Impresionismo es una extraña filosofía estética sobre la forma de ver las cosas del mundo. Los impresionistas lo que hicieron fue buscar la belleza que encerraban las cosas antes de que éstas dejaran de ser desconocidas. La impresión, por su definición y la propia naturaleza de lo que es el concepto, no puede durar mucho. Cualquier impresión, sea visual o emocional, calamitosa o estimulante, no se mantiene en el tiempo. Lo complicado en el Impresionismo fue plasmar una efímera imagen iconográfica y que, además, tuviese belleza. El Romanticismo de Turner, por ejemplo, consiguió lo mismo tiempo antes, pero hay una sutil diferencia entre ambas tendencias. Esa diferencia es la luz. En el Romanticismo lo importante es la luz solar, no la artificial, ni la condicionada, nublada o filtrada por una atmósfera gris, difuminada o minimalista. Para Turner, por ejemplo, la luz solar debía fluir siempre entre las marañas deformadas de una composición sublime. Para los impresionistas, sin embargo, la luz es igual ahora cuál sea su origen, o si existe o no. Esta es la grandiosidad del Impresionismo: no es necesaria la luz natural para destacar la luminosidad o las rutilantes formas coloreadas de un mundo vibrante. 

En la pintura Una mujer al piano de Renoir no sabemos qué tipo de luz hay en ese interior difuminado ahora, de dónde viene o qué lo origina. Da igual, los impresionistas crean los colores sin necesidad de luz. Realmente ellos materializan o traen, por así decir, la luz de las propias cosas representadas en sus obras. No necesitan puntos de luz, ni destellos, ni llamas (las velas del piano están eternamente apagadas en la obra de Renoir), ni de fuente de luz alguna que allane un instante sublime de color. En su obra Rocas en Port-Goulphar, Monet capta unos colores imposibles de ver así en un paisaje nublado, gris o desolador. ¿Cómo es posible ese color apagado verde turquesa entre los reflejos sosegados de un mar, sin embargo, tan arrollador? Porque el océano Atlántico en esos acantilados de la costa francesa no es tan sereno ni tan sosegado. Pero es que en el Impresionismo no están los colores para representar las cosas sino para narrar con ellos las cosas. Así Monet dará forma al movimiento de las olas o a las rugosas rocas del duro acantilado persistente. Y seguirán siendo, como en Renoir, indiferentes las formas en Monet. ¿Por qué distinguir o diferenciar unas cosas de otras cuando lo que se expresa en ese instante momentáneo es algo que no veremos realmente nunca así? El Impresionismo es más tiempo que espacio. No interesa tanto el espacio como tal. A cambio, el tiempo es sublimado porque es utilizado infinitesimalmente en sus obras. La grandeza del Impresionismo (frente al Surrealismo, Simbolismo o Romanticismo, por ejemplo) es que lo que refleja es la realidad del mundo que vivimos pero, sin embargo, no percibida así por la visión real de un ser humano. El mundo para los impresionistas no difiere de lo banal, de lo normal, de lo cotidiano o de lo sencillo de la vida. Toda obra impresionista refleja la vida sin interferir filosóficamente (ni inmanente ni trascendentemente) en ella. Lo único que los impresionistas hacen (y no es poco) es destacar en sus obras el instante anterior a todo eso.

Al hacerlo así eternizan más el Arte. Hacen con él una cosa que otras tendencias realistas no consiguen: fijar la impresión de un instante imposible de comparar con nada parecido del mundo. Una obra clásica, donde las formas son conformes a lo real, es comparable con el mundo que refleja, por lo tanto posible de refrendar en un futuro lejano ante un deseo de conocimiento iconográfico. En el Impresionismo el conocimiento iconográfico no tiene mucho sentido. ¿Cómo distinguir nada en sus obras para aprender algo de lo que representa? No es conocimiento, es impresión. Por eso dentro de mil siglos la obra de Monet seguirá siendo vigente estéticamente. ¿No podrán ser vistos así también los paisajes futuristas de un mundo diferente? Precisamente por ser un Arte indiferente... Esa indiferenciación de los límites de las cosas plasmada en las obras impresionistas, de sus reflejos tan irreales, de sus sombras imperfectas o de su luz inciertamente difuminada, hacen del Impresionismo una tendencia muy singular. Sirve esta tendencia para perderse en sus imágenes y no sentir que se agotan las miradas diferentes (porque tienen formas indiferentes) que cualquier percepción pueda disponer. ¿Qué deseamos sentir al ver a esa mujer tocando ahora el piano? ¿Que lo toca? ¿Que medita? ¿Que descansa? ¿Que sueña? ¿Que está triste? ¿Que está absorta? ¿Que está perdida? ¿Sensible? ¿Esperanzada? Todo eso y mucho más que pensemos que haga será. Al ser un instante indefinido podemos decidir pensar lo que queramos que pueda ser el sentido de esa impresión congelada. Nada real es percibido en una impresión, sea la que sea. Porque para percibir algo es preciso corresponderlo, oponerlo con formas conocidas. Lo desconocido debe estar situado ahora entre lo conocido para poder ser percibido. Cuando lo desconocido está entre cosas desconocidas no percibiremos nada. Sin embargo, el Impresionismo refleja siempre una realidad conocida, normal y verosímil. Sabemos que la refleja. Este es el acuerdo tácito entre el pintor impresionista y los observadores de sus obras. Lo demás es la imperceptibilidad de las cosas indefinidas. ¿Cómo consigue atraernos el Impresionismo? Por esa sutil percepción de la impresión anterior a toda percepción real visible, la única percepción sensible, por otra parte, que da y sostiene el instante congruente con la creatividad: la belleza impresionista. Con esta belleza perceptiva tan especial los impresionistas consiguen nuestra aceptación de aquel acuerdo visual. Lo que significa aceptar que siempre hay un instante de belleza anterior a cualquier percepción existente del mundo.

(Óleo de Pierre-Auguste Renoir, Mujer al piano, 1876, Instituto de Arte de Chicago; Obra impresionista de Claude Monet, Rocas en Port Goulphar, 1886, Instituto de Arte de Chicago.)

28 de abril de 2020

La salvación está en el equilibrio entre aceptar y elegir salvar a otros de lo mismo.



Las leyendas mitológicas tienen la cualidad curiosa de poder adaptarse a cualquier posible final... El Arte, luego, la tendrá de poder expresar la pasión o la reflexión, cosas que lleven entonces, en cada caso, o al mayor momento de dolor, o al más placentero instante cargado ahora de esperanza. Los seres humanos a veces serán manejados por un terrible destino ingrato, consecuencia, también a veces, de la decisión cruel de algunos de sus semejantes. No es entonces la voluntad de un universo intangible sino  el desatino malévolo  de una voluntad humana lo que llevará a propiciar un destino terrible. Aun así, los deseos misteriosos de un universo sorprendente llevarán también a poder salvarse de una cruel  amenaza  antropomorfa. Fue éste el caso mitológico de Ifigenia y de su trágica familia atrida. Cuando su poderoso padre Agamenón decide ir a Troya para ganar una guerra literaria, los auspicios le dicen que sólo sacrificando a Ifigenia podría izar las velas ante la terrible tormenta que le impide salir. La leyenda es como el universo sorprendente, puede tener tantas lecturas como autores diferentes. Inicialmente, la hija de Agamenón moría en el cadalso sacrificada; pero, sin embargo, otros poetas idearon que mejor se salvara al ser cambiada, en el último momento, por un ciervo gracias a una compasiva diosa mitológica. Las naves griegas izaron entonces sus velas cuando una inocente vida iba a ser sacrificada por la decisión de un cruel augurio impenitente. La diosa compasiva era Artemisa, y salvaría en un último momento a Ifigenia, llevándola luego al país de la Táuride, donde acabaría convertida en una sacerdotisa virginal de su sagrado templo griego. 

El pintor François Perrier llevaría a Francia el Arte barroco tan decorativo de Italia a principios del siglo XVII. Así, en el año 1633 compuso su obra El sacrificio de Ifigenia. Esta es una composición extraordinaria porque diversos elementos iconográficos se combinan aquí para producir emoción y belleza. Pero esto sólo es así  por estar representado en el  momento dramático justo anterior a la posible tragedia, donde veremos ahora a la diosa Artemisa con el ciervo que, finalmente, sustituirá a Ifigenia. La pintura maneja las formas y los colores de una manera muy expresiva, siendo diversas las formas estéticas mezcladas y representadas en la obra: regulares, curvas, humanas, atmosféricas, terrenales, divinas, materiales, aviesas, salvadoras... Hay colores de casi todos los matices cromáticos: verdes, ocres, rojos, amarillos, blancos, grises, marrones, azules... La composición está aglutinada además por la configuración tan ajustada de la escena dramática, todos los elementos de la escenificación del sacrificio están aquí muy juntos, plasmando en un único plano el sentido más artístico de la obra. Están ahí representadas la crudeza, la violencia y la decisión por un lado, pero también lo están la aceptación, el ruego, la adoración o el candor por otro. Hay dolor y hay esperanza. Hay movimiento y hay quietud; hay maldad y hay bondad en ese cruel instante, sin embargo, tan espantoso. La leyenda de los atridas es la historia del linaje trágico del rey Agamenón. Al sacrificio de Ifigenia se unen luego el parricidio y el matricidio más terribles. Después de tanto tiempo como se prolongaría la guerra troyana -casi diez años-, la esposa de Agamenón, Clitemnestra, acabaría enamorada del joven Egisto, un primo de Agamenón. Ambos amantes deciden entonces asesinar a éste a su regreso de la guerra. Cuando Orestes, el hermano de Ifigenia, comprende ahora la verdadera autoría de la muerte de su padre, elije acabar con la vida de ambos asesinos, aunque uno sea su madre.

Huyendo de las Erinias vengativas por haber cometido tamaño crimen, tratará de encontrar alguna solución a su terrible tormento. El dios Apolo le vaticina a Orestes que la única forma de salvación que tiene es ir al santuario de Artemisa en la Táuride, tomar la estatua de la diosa y traerla a Micenas con él. El santuario se encontraba en el reino de los Tauros, en dirección al este a través del Ponto Euxino (mar Negro) hasta llegar al Quersoneso. Le acompañan a Orestes varios compañeros de Micenas.  Todos ellos, sin embargo, fueron descubiertos al acceder al templo de la diosa. Artemisa había ordenado a Ifigenia que sacrificara a todo aquel que osara entrar a su templo. Cuando los autores del sacrilegio fueron presentados a Ifigenia, los dos hermanos se acabarían reconociendo. Entonces ella comprende que debe además silenciar este detalle si desea salvar a Orestes de la muerte. En esta otra estética del mito la reflexión sustituye a la pasión malévola. Y para expresar ésto qué mejor representación de Ifigenia que la que hizo luego el pintor alemán Anselm Feuerbach (1829-1880). En esta otra obra, el óleo neoclásico, veremos la figura serena de Ifigenia, a cambio de la barroca, reflexionar ahora sobre el destino que le puede acontecer para poder tratar de salvar a Orestes. Piensa cómo convencer a los pobladores del reino y a sus gobernantes para huir y salvarse con Orestes. Como su hermano a contaminado a la diosa en su intento de tomarla, les dice a los pobladores de la Táuride que la estatua debe ser purificada con agua de mar. También que, ante la afrenta sacrílega, no deben salir de sus casas para no ser contaminados. Ella llevará a los asaltantes hacia un barco para poder así ser descontaminados.  Al final, en la legendaria tragedia, Ifigenia pronuncia esta sutil alabanza sagrada a Artemisa: Oh, hija de Latona, sálvame esta vez de ser yo una sacrificadora. Condúceme a la Hélade, lejos de esta tierra bárbara y perdóname mi latrocinio. Tú que amas a tu hermano, diosa, piensa que también yo amo al mío.

Esta será la transformación estética de una realidad trágica por otra compasiva. Es la pasión del Barroco de Perrier convertida en la reflexión del Neoclasicismo de Feuerbach. Dos emociones humanas, pasión y reflexión, difíciles de reconciliar en la propia vida. Sin embargo, en el Arte la tragedia abandonará por un momento la crueldad que gravita entre la cruel maldad de los hombres. Y lo hace aquí la tragedia ahora para, olvidándose Ifigenia de su anterior sufrimiento, elegir salvar a otros de lo mismo que ella había sufrido antes. En la obra neoclásica el equilibrio de formas contrasta con el desequilibrio de la barroca. En aquel Ifigenia está eligiendo en libertad ante la visión sosegada de un paisaje lleno de esperanza: no hay otra cosa que esperanza en la visión de la obra neoclásica, una forma de esperanza decidida y auspiciada por la realidad de un mundo, sin embargo, ahora más compasivo que el de antes. Porque aunque no hay otra cosa que maldad en las decisiones de unos humanos que afrentan a otros, no hay más que salvación, sin embargo, en las decisiones humanas que suceden cuando unos seres piensan en otros. En el Arte la visión de ambas cosas lleva a comprender el sentido de la vida frente al sentido de la muerte. En un caso desde la pasión desenfrenada, en el otro desde la reflexión serena. ¿Cuántas decisiones podrían haber salvado vidas de acontecer siempre esta última? La postura que toma el Arte es la de mostrar las dos caras opuestas del acontecer humano. Para el Arte hacen falta conocer las dos; para la vida, sin embargo, sólo una es necesario conocer. Entre medias la salvación a veces seguirá languideciente, no motivada así por la indecisión, menos compasiva, ahora ya de algunos hombres...

(Óleo El sacrificio de Ifigenia, 1633, del pintor barroco François Perrier, Museo de Bellas Artes de Dijon, Francia; Cuadro Ifigenia, 1862, del pintor neoclásico Anselm Feuerbach,  Darmstadt, Alemania.)