19 de mayo de 2010

La curiosidad humana, las aflicciones del alma o el proceso de la sabiduría.



El antiguo escritor latino Apuleyo (123 - 180 d.C.) fue un romano muy interesado en la filosofía y en la búsqueda del conocimiento. Se iniciaría en el pensamiento platónico y en los antiguos cultos egipcios de Isis. Esta diosa egipcia buscaría una vez a su desaparecido esposo Osiris, asesinado y despedazado por su hermano Seth vilmente. Luego de encontrarlo reconstruye su cuerpo -a excepción del pene, que no se conservaba- con la ayuda de Anubis -el dios egipcio de los muertos-, y de modo excepcional concebirá in extremis a un hijo -Horus-, el dios egipcio que vengará más tarde a su padre muerto trágicamente. Esta leyenda de dioses egipcios es paralela, pero muy anterior, a la de la tradición cristiana de María y su hijo Jesús. Pero, ha pasado Apuleyo a la historia por haber escrito su novela Metamorfosis. En uno de los relatos contenidos en su obra, el conocido como El asno de oro, cuenta la leyenda de un pobre hombre con demasiada curiosidad por saber. Alguien que, al final de su vida, es transformado por los dioses malévolos en un asno por su insistente curiosidad. Pero, sin embargo, los dioses le ofrecen una posibilidad de recuperar su condición humana: que consiga como asno comerse la rosa de un jardín cuidado... Pronto descubrirá el personaje que eso mismo, comerse la bella rosa de un jardín cuidado, no es algo tan fácil de hacer, pues, a cada intento que el asno-persona hace por morder un rosal, los dueños del jardín lo ahuyentan violentamente. La moraleja del cuento de Apuleyo es la siguiente: hasta para hacer lo más simple es necesario poseer una cierta sabiduría... Sabiduría que, de por sí, no es nada fácil ya de disponer.

Pero es dentro de esa misma gran obra latina donde Apuleyo narraría otra leyenda, una por la que el escritor latino fue más conocido: la leyenda de Psique y Eros. Con un mensaje iniciático y mistérico, el autor describe ahora el mito de Psique -o el Alma-, por un lado, y el del más original y primordial de los dioses mitológicos por otro: Eros o Cupido. Este dios representa ahora en esta leyenda el conocimiento, es decir, representa lo anhelado, lo deseado, el objetivo último de cualquier buscador del saber. La leyenda, muy resumida, cuenta más o menos esto: la joven Psique era la más pequeña y hermosa de tres bellas hermanas. Su belleza era entonces comparable a su curiosidad... La orgullosa diosa Afrodita, siempre envidiosa de la hermosura ajena, decidió -para evitar que alguien fuese más bella que ella- que Psique se enamorase entonces del mortal más aberrante y monstruoso que pudiera existir. Así la condenaría a Psique al extravío más desolado de su ahora fallido fértil anhelo juvenil. Pero para poder conseguirlo, para poder llevar Afrodita a cabo su deseo tan vil, la diosa de la Belleza pediría a su propio hijo Eros -el símbolo del amor, de la belleza más sublime o de aquel conocimiento- que lanzara a Psique ahora su certera, inevitable, amorosa y despiadada flecha motivadora.

Pero, no pensaría entonces la diosa Afrodita que fuese ahora su propio hijo quien se enamorase de su cándida víctima. No solo no consiguió que Psique se enamorase de otro -un monstruo terrible-, sino que él mismo -Eros- caería ahora aturdido de ella para siempre. Para que su madre -Afrodita- no se enterase de su pasión furtiva, el taimado Eros -Cupido- amaría a Psique con una tajante condición: que ella no lo mirase a él nunca mientras estuviesen juntos. Así que sólo la cortejaba a ella de noche, a oscuras y en tinieblas, y le rogaría él siempre que nunca ella encendiese lámpara alguna mientras él la amaba... Las hermanas de Psique, al enterarse del amante desconocido de ella, le insistieron que debía saber quién era él, ya que tan sólo un monstruo ocultaría su imagen a su amada. Psique no pudo resistirse más y una noche, cuando Eros estaba aún dormido, encendería una lámpara con tan mala suerte que una pequeña gota de aceite se derramaría en el brazo de su amante dios. Entonces Eros se despertaría asombrado y, enojado al comprenderlo, se marcharía ahora para siempre.

Entonces ella -el alma desconsolada- trataría de buscarlo donde fuese. Para esto llegó incluso a solicitar ayuda a la mismísima diosa Afrodita. Ésta, la diosa envidiosa, a sabiendas de que Psique no podría superar las pruebas que le impusiera, accedió a condición de que ella -el alma vagabunda- realizara unas complejas y peregrinas tareas por todo el mundo. Ahora, con un deseo enorme y placentero, consiguió Psique -el alma buscadora- superar así, sin embargo, todas las pruebas que la diosa Afrodita le ordenase hacer para alcanzar su inevitable deseo: encontrar la más sublime belleza perdida por ella. Incluso llegaría Psique hasta bajar a los infiernos, obtener así un poco de agua de la laguna Estigia (el lago del infierno en el que tuvo que pagar, con la famosa moneda, al barquero Caronte para que le ayudara a cruzarlo) y, finalmente, llegar a conseguir un misterioso cofre de oro cerrado, uno en el que, sin embargo, no debería ella mirar nunca en su interior. Psique -el alma curiosa- no pudo resistirse a esto último, y, al abrir la caja misteriosa, se durmió ahora ella para siempre. Sólo entonces Eros la despertaría luego, después de encontrarla perdida y vagabunda, confundido ahora él y ansioso así por volver a poseer, de nuevo, toda aquella ingenua y hermosa belleza perdida de antes...

Al final todos los dioses -incluida la envidiosa Afrodita- aceptaron que, gracias a su fuerza y determinación sincera, Psique, el alma inquieta, bella y deseosa, se uniese ahora a su anhelado Eros y acabara ella por convertirse, también, en una divinidad plácida y amorosa para siempre. Las interpretaciones a esta leyenda misteriosa han sido varias pero, sobre todo, una de ellas es la más aceptada de todas: que el alma tiene que padecer aflicciones hasta poder llegar a conseguir, finalmente, su meta deseada. Pero, como en esta misma leyenda mitológica, tal vez sea necesario a veces para nosotros que en esta nuestra vida lastimera el propio objetivo deseado -el Eros del conocimiento o del amor más placentero- nos ayude ahora además a conseguirlo... La vida, sin embargo, lo justificará casi siempre: si uno honestamente desea algo bello y lucha sinceramente por ello obtiene, como el alma anhelosa, el objetivo final que uno se propuso. Lo complejo de todo esto, quizá, sea llegar a saber también qué es lo que antes, exactamente, uno se propuso...

(Imagen del cuadro Eros y Psique, 1640, del pintor Anton Van Dyck, Colección Real, Kensington Palace, Inglaterra; Lienzo Eros y Psique, 1808, Benjamín West, Colección Privada; Cuadro Caronte y Psique, del pintor prerrafaelita John Roddam Spencer Stanhope, 1829-1908.)

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