30 de mayo de 2011

La falsedad como una ficción contra los demás, a veces ridícula y siempre interesada.



Desde el principio de los tiempos se habrían escrito relatos de ficción para sorprender, para entretener o para atraer... Las narraciones inventadas resuelven algo que, casi siempre, falta en el relato verídico, en la vida real. Porque no podría la historia verdadera satisfacer dos cosas: una el interés permanente del que lo escucha; otra la recompensa, el orgullo o vanidad del que lo cuenta. Así que, poco a poco, fue surgiendo la ficción literaria, algo que desde la baja edad media (siglo XV) acabaría convirtiéndose en el género que más ha sobrevivido -¿sobrevivirá?- en la literatura: la novela. Pero la actitud o el concepto que lo provocara inicialmente, la característica humana en que se basaría el autor primigenio para llevar a cabo tal arte de ficción literaria no fue otra cosa, sin embargo, que la maliciosa, devastadora, anestésica y cruel mentira. Las sociedades primitivas trataron de controlar la mentira dentro de un orden. Las religiones consiguieron denostarla, manteniéndola dentro de sus decálogos éticos, como una de las más espantosas acciones humanas. Un cristiano inteligente del siglo IV, Agustín de Hipona, establecería que existirían varios tipos de mentiras: las mentiras que hacen daño a todos y no ayudan a nadie; las mentiras que hacen daño, pero ayudan a alguien; las mentiras por placer de mentir; las mentiras para complacer a los demás; las mentiras que no hacen daño y benefician a alguien. La cuestión, finalmente, es, ¿cómo sabremos realmente cuándo una mentira o una falsedad es o no beneficiosa?

¿Es una falsedad obvia una mentira si el receptor de la misma sabe que no es más que un artificio -a veces artístico- para impresionar engañando? Los artistas a partir del Renacimiento utilizaron, por ejemplo, la perspectiva como un alarde magistralmente engañoso en sus imágenes. ¿Cómo era posible que en una superficie plana pudieran apreciarse ahora distancias, volúmenes, espacios, huecos, profundidades o dimensiones tan contrastadas como en la propia realidad tridimensional de la vida? Algunos pintores lo realizaron genialmente eso, como el holandés Frans Francken (1581-1642), que compuso en el año 1619 su obra La Galería de pinturas. En esa extraordinaria obra de Arte conseguiría el pintor asombrar entonces con su habilidad del manejo del espacio. Sabemos que pueden existir esas galerías en la vida real, que existen, de hecho, lugares así; pero el que vemos aquí en este lienzo, lo que ahora estaremos observando es una pura ficción, pura mentira, no existe más que en la habilidad imaginada del pintor... y en el ojo del que lo mira. En estos casos, a nadie se engaña. No hay falsedad. Sabemos que el autor ha querido ofrecernos algo placentero a nuestros ojos. Todo lo contrario, lo admiramos y elogiamos; ambos, emisor y receptor, obtenemos beneficio.

Sin embargo, ¿es toda fantasía elaborada una muestra de beneficio legítimo y compartido por todos? Cuando el antiguo filósofo griego Diógenes de Sínope (412 a.C.-323 a.C.) buscara por las calles atenienses hombres honestos, sostendría en una de sus manos una linterna de luz en pleno día, una para demostrar así lo imposible de encontrarlos... Habría en el filósofo una muestra transparente de rigor contra una sociedad que amparaba las costumbres, actitudes y acciones que permitían beneficiarse de la impostura o de la falsedad de algunos seres humanos contra los demás. Sólo podremos sobrevivir al engaño ignorando a éste; otro modo es imposible. Los seres taimados usarán su capacidad ingeniosa para envolver, en una túnica dorada, sus argumentos encantadores, sostenidos además desde la improbabilidad de demostrar su impostura, su total falsedad. A veces, incluso a sabiendas de que los intereses legítimos y confesables de una parte ocultan ahora esa falacia denostadora de la verdad general, la única que, sin embargo, existe verdaderamente. Es hasta ridículo comprobar cómo se defienden argumentos que, aunque inofensivos en principio, tratarán de fortalecer los intereses espurios y taimados de una parte, aunque, no siempre claramente deshonestos... Los intereses puede que no lo sean -que no sean del todo deshonestos-, pero acabarán siendo éticamente reprobables, porque lo deshonesto es mentir, sólo mentir, frente a los intereses generales y contrarios.

Es especialmente bochornoso comprobar también cómo, en ocasiones, ambas partes -los que mienten y los que reciben cínicamente las mentiras- acabarán proyectándose sus falsedades mutuamente, en una orgía de mendacidad y cinismo donde cada parte sabe que la otra miente. La forma en que nos comportemos para con un fin determinado que busque, como en los actores de una comedia, obtener el aplauso de un público -el de los otros- para satisfacer un propio beneficio, es muy deshonesta cuando además los que aplauden son incapaces de pensar por sí mismos. Este es el clientelismo de los soberbios, de los que utilizarán los deseos insatisfechos e ignorantes de los otros para obtener ahora un considerable beneficio. Posiblemente sea hasta algo legítimo, de hecho, lo es a veces, pero, sin embargo, no hace más que utilizar una forma de mentira para beneficiar sólo a una parte... Aunque, a veces, la otra parte lo desee también, como si ello -la mentira- fuera un maravilloso e inapreciable arte del todo al parecer inevitable. Cuando Ulises -el héroe mítico griego de la Odisea- llegase en una ocasión a las peligrosas aguas donde moraban las sirenas, le pidió a sus hombres que se taponasen los oídos de inmediato. Sólo así, sabría él, podían sortear la difícil prueba que las candorosas, bellas, sugerentes y dulces voces de las sirenas les supondrían a todos ellos para ser enajenados... Sin embargo, alguien debería ahora dirigir la nave, tendría que haber un piloto que, consciente de los sonidos para navegar, pudiese manejar el barco sin obstáculos, hasta salir de la influencia de las fantásticas y atrayentes sirenas. De ese modo, ideó Ulises que tendría él mismo ahora que atarse al mástil de su embarcación para, así, poder evitarlas. Ya que, de no hacerlo de ese modo, los cantos subyugadores de los ambiguos y maravillosos seres marinos le obligaría a él, al gran héroe mitológico, a saltar ahora por la borda de su nave directamente hacia el azul, oscuro y profundo mar.

(Óleo del pintor flamenco Frans Francken, La Galería de Pinturas, 1619; Cuadro del pintor José de Ribera, Diógenes con su lámpara, 1637; Óleo del pintor del barroco sevillano Murillo, Mujeres en la ventana, 1665, donde se aprecia la auténtica y sincera actitud nada falsa en los rostros y los gestos de los personajes; Cuadro del pintor español actual José Hernández, 1944, La Impostura, 1991; Fotografía de 2011 de la artista norteamericana Lady Gaga, ejemplo de comportamiento y actuación artificiosa para exclusivo beneficio; Cuadro del pintor inglés Herbert James Draper, 1863-1920, Ulises y las Sirenas, 1909; Cuadro del pintor americano Edward Hoper, Cine en Nueva York, 1939, obra que representa uno de los lugares donde la fantasía, la ficción y la mentira han tenido -magistralmente- su altar; Óleo del pintor Goya, La Verdad, el Tiempo y la Historia, 1800.)

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