11 de julio de 2011

Parte III. La regresión como un fenómeno salvífico, o cuando volver es lo importante.



Veintiún años después de la conquista y colonización de la Nueva España, actual México, los españoles se plantearon la posibilidad de alcanzar aquellas islas de las especias de Oriente que ya Colón pensara, equivocadamente, que fueron las mismas que sus pies pisaron un 12 de octubre de 1492. Así que el primer virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza, ordenó embarcar en 1542 navíos para conseguir descubrir nuevas rutas hacia occidente que posibilitasen, además, obtener acceso a las famosas y valiosas especias del lejano sureste asiático. A Ruy López de Villalobos (1500-1544) le resultó fácil llegar, y descubrir un archipiélago al que bautizó Filipinas en homenaje al entonces príncipe Felipe. Pero, volver, regresar a Méjico a través del impresionante Mar del Sur o Pacífico fue muy difícil, peligroso -Villalobos moriría en Ambón-, muy largo y complicado. Del mismo modo, las siguientes expediciones organizadas fueron todas un fracaso.

Pero, cuando Felipe II comenzó su reinado se empeñó en que se descubrieran rutas marinas eficaces entre la costa mejicana y las islas bautizadas con su nombre. Así, pues, se ordenó una expedición que en noviembre de 1564 surcase el Pacífico hacia el oeste. En ella debía ir como asesor científico y piloto de derrota el gran marino Fray Andrés de Urdaneta (1508-1568). Este extraordinario explorador español consiguió, gracias a sus conocimientos cosmográficos, descubrir una ruta para regresar, el tornaviaje, un itinerario por latitudes muy al norte que aprovecharía la, hasta entonces desconocida, corriente de Kuro Siwo. Con un sólo navío, Urdaneta pudo llegar a Acapulco de regreso, y tan sólo cuatro meses después de salir de Filipinas. Esto supuso, por fin, poder disponer ya de la mayor y más rentable ruta marítima comercial conocida en toda la Historia de la Humanidad, llegando a durar -el conocido entonces como Galeón de Manila- por más de doscientos cincuenta años incluso.

Relato Breve. El Regreso, parte III y última:

Me eché en la litera, apagué la luz, y no cerré, entonces, ni los ojos. Únicamente, como un flash, aparecía de vez en cuando, iluminado, el espejo del compartimento. El resto, sencillamente, no aparecía. Como si no hubiese existido nunca, como si no existiera. Edmundo, hijo, venga, date prisa. Aquella noche apenas dormí, recuerdo, esperando que la luz del pasillo me permitiese, por fin, empezar el día más maravilloso de mi niñez. Mi madre se dirigía al andén donde, desde hacía horas, descansaba, dormido aún, el mayor sueño de mi infancia. Siempre habría tratado de colocar la silla delante del inmenso ropero del abuelo donde mi padre, arriba, lejos de la curiosidad, guardaba apenas sin polvo la locomotora que compartió gran parte de mis evasiones y que, creo yo, me imprimió este ánimo por salir, por ir lejos, más lejos todavía. El proyecto de viajar me invadió todo. Con ojos vírgenes descubrí un mundo de fantasía lejos de mis juegos y las vías de hojalata. Nunca olvidaré lo que sentí entonces. Mi corazón, ahora, latía a la misma velocidad que el sueño. Aquella imagen recordada me llenó de nostalgia, y algo hizo que mirara la ventanilla, fue cuando ésta lloró. Mis lágrimas y las suyas coincidieron en el tiempo. Parecía que, por sus ojos cristalinos, hubiese experimentado el mismo sentimiento que yo. ¿Cómo era posible -pensaba- que este mismo escenario, que esta misma ventana fuesen lo que, entonces, me permitiesen descubrir todo lo que mis deseos anhelaban, llenos de felicidad? Este mismo vagón, esta velocidad, eran la misma, aun el mismo sonido. Entonces me llevaban, ahora me traían. ¿Qué ha cambiado, pues? La lluvia caía con más fuerza y el viento la hacía dibujar en el cristal caminos incoherentes.

Siempre entraba alrededor de las nueve y cinco, el bedel me saludaba desde su refugio y, con aire dinámico, subía las escaleras redondas y frías hacia la planta más escandalosa de todo el centro. Esa mañana el bedel no sólo me saludó sino que, además, me entregó una notificación importante. Poco después me encontraba en el despacho del señor Iranzo, director del instituto.
-Por favor, siéntese.
-Gracias.
-Seré breve y conciso. Bien, hay pruebas de que existe un canal de entrada de droga en el centro. Tenemos datos fiables de que ese canal es usted.
-Pero, ¿qué está diciéndome?
-Lo que oye, hay testigos además.

La explicación de todo no tiene ahora el mayor sentido. Empezaba a encajar el puzle desordenado, que comenzó una noche en las entrañas de la ciudad. Efectivamente, se demostró que existía un tráfico importante de estupefacientes en el instituto. Comprendí la fiesta, el señor maduro, la esencia… Pero, faltaba lo más inevitable: la víctima.

El ritmo acompasaba mis recuerdos, éstos se sucedían con la misma cadencia. Hubo un momento en que el ritmo se expandió, se esparció por todo el espacio que comprendía el recinto estrecho y confortable del compartimento. Pero, ya no se percibía, formaba parte de todo, hasta de mí. Mis párpados me traicionaron, y acabé por cerrarlos. Sólo en ese instante, dejé de soñar. La luz se hizo de pronto entonces, inundó rápidamente el espacio que, como una prolongación mía, notaba ya la falta del ritmo, del movimiento, del reflejo dinámico de la vida. Era una estación pequeña pero iluminada, sin salas de espera porque toda ella era una. Me incorporé, abrí la ventanilla mojada y fría, y miré, miré con ojos conspiradores al empleado, al banco solitario, al letrero, al reloj, y hasta una campana vieja, negra, mohosa, casi sin vida, cansada de esperar su momento de nuevo, cansada de esperar ese tren que la permitiese, como entonces, volver a recorrer el espacio que su sonido marcase a base de golpes. Antes de que me percatase del frío húmedo que penetraba en el interior, las manecillas del reloj de la estación ya habían cambiado de posición con respecto a mis pupilas. Lo cerré todo automáticamente, incluso la pesada y opaca cortina anaranjada. No quería volver a despertarme, pero para ese momento ya no podía recordar cómo se cerraban los párpados siquiera. El sueño no sólo me había vuelto, sino que me impedía ahora evitar recordar aquellos instantes vividos, hace años, donde un tren, un paisaje, un ritmo, un sonido y un aroma compartieron, tiernamente, las sensaciones más hondas que mi cerebro pueda recomponer en imágenes, ya pasadas y grabadas, profundamente, en mi alma.

Tardé menos de lo que suponía se podía tardar en estas ocasiones. Deseaba marcharme cuanto antes. El equipaje me permitía olvidarme de las personas y de las emociones, frustradas ya, que me producían estupor y desasosiego. Tan sólo necesité tiempo para realizar una llamada. Con esta llamada telefónica mi voz recobró parte de sentido, merecía la pena articular palabras, es más, deseaba hacerlo.

-Juan, ¿qué hay?, me alegro tanto de oírte.
-¿Qué pasa Edmundo, hacía tiempo que no llamabas, cómo estás?
-Regreso, Juan, vuelvo mañana.
-Pero, ¿cómo es posible?, la sustitución era para, al menos, seis meses, ¿no?
-Ya te contaré; sólo decirte que deseo volver desesperadamente. Espérame en la estación del Norte sobre las ocho cincuenta de la mañana.
-De acuerdo, espero que te encuentres bien.
-Sí, hasta mañana, Juan.
-Hasta mañana, Edmundo.

Era curioso que, sin embargo, sintiera ahora casi la misma inquietud que hace muchos años una noche, aún a pesar de no tener ni los mismos motivos, ni el mismo destino, ni la misma causa. No necesitaba más que una copa, una silla, una mesa y un papel, ya que el bolígrafo lo manejaban mis dedos desde que colgué el teléfono de mi conversación con Juan minutos antes. Era una necesidad que no manifestaba desde hacía bastante tiempo. Ni siquiera cuando las alas del amor se posaron en mis hombros aquella vez que, aquella chica, Alicia creo, sí, Alicia se llamaba, irrumpió en mi vida sin aviso y sin justificación se fue, desenterrando de mí más razones, posiblemente, que las que ahora me animaban a escribir un sentimiento parecido. Pero es que el desencanto no pregunta en qué grado ha de sentirse la melancolía, esa tristeza profunda pero inspiradora, quizá más inspiradora que otra cosa.

Faltaban aún dos horas para tomar el tren que me devolvería a mi pasado. Es sorprendente cómo un pasado puede estar lleno de más vida que un presente. El día se estaba acabando, y no deseaba hacer más que esperar, empujando los minutos con el deseo más que con los segundos. Cerré la puerta, que me sirvió en la ciudad de compartimento estático y sin ritmo, pero esta vez no me quedé dentro, lo dejé a espaldas de mi anhelo. Recorrí por última vez el trayecto urbano con mis pasos y me dirigí, a lomos de otra máquina -el taxi oportuno- al santuario donde se veneran los sueños del espacio, del destino, del adiós y del regreso.

Descubrí que me hube dormido, después del último pensamiento nostálgico, cuando desperté por el aviso certero y claro del revisor que, recorriendo el pasillo, acompasaba con golpes el ritmo del traqueteo recordado horas antes esa noche. Instintivamente, me dirigí a la ventanilla ascendente. Es asombroso como ésta determina muchos de los movimientos que se pueden hacer en un compartimento. La abrí, y ya casi el sol levemente, muy levemente, coloreaba algo el paisaje natural, dándole una vida no sólo a lo que veían mis ojos, sino a mí mismo.

Todavía quedaban algunos kilómetros para llegar, para volver a llegar, que es lo que es un regreso. Quise salir ahora de esta celda elegida, querida y sin barrotes. Caminé por un pasillo menos iluminado, descubrí más ventanas y paisajes, pero ¿y el sol, dónde estaba? Otro aspecto tenía todo aquí; era ese momento, ese instante en el que el astro aún apenas se eleva por el oriente y, por tanto, el oeste sólo volvía a ser noche casi. Pero, duraba poco, como los árboles, como los animales que pastaban empezando el día con el alba rajada por el surco del tren en su paisaje. Luego, las vías se entrecruzaban, como queriendo distraer al viajero del camino que realmente va a transitar. -¡Edmundo, Edmundo! –alzó Juan la voz al verme. -Juan, me alegro tanto –cortó un abrazo oportuno. -Dime, ¿qué ha pasado? -Que, simplemente, he regresado. -¿Regresado? -Sí, regresado, algo que he aprendido en una noche; regresar, a veces, es descubrir tu mejor triunfo. Juan me miró confuso y convencido de que ya se enteraría más tarde de todo. Yo sólo estaba cansado de tanto regresar, y lo único que hice cuando el andén dejó de serlo fue detenerme, girar mi cuerpo y mis recuerdos, y mirar atrás, como sintiendo que dejaba algo a mis espaldas.

-Edmundo, vamos, ¿qué haces?
-Sentir, Juan, sentir que estoy ya en casa.

FIN

(Óleo del pintor cuatrocentista italiano Pinturicchio, 1454-1513, Regreso de Ulises, 1509, National Gallery, Londres.)

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