6 de octubre de 2011

Un gran país, México, originario de una gran nación: una historia, un desencuentro y un destino común.



La nobleza fue un premio ofrecido por los reyes para aquellos sus súbditos que habían contribuido a obtener algún logro que beneficiara a la corona o a su pueblo. En España hubo momentos históricos donde los reyes fueron más dadivosos, o más oportunistas, y otros en que lo fueron menos. Uno de esos momentos donde se entregaron más títulos nobiliarios en España fue a mediados del siglo XIV, cuando el entonces rey Enrique II de Castilla -el hermano bastardo del legítimo rey Pedro I- prometiera favores a hidalgos o caballeros de baja estirpe si le apoyaban en su lucha por la corona en el año 1369.

Uno de esos señores lo fue García Álvarez de Toledo (1335?-1370). Había sido nombrado antes por el rey legítimo Pedro I capitán Mayor de Toledo para defender esta ciudad frente a las tropas de su rebelde hermanastro Enrique de Trastámara, y decidió cambiar ahora de bando para seguir manteniendo sus privilegios así como obtener los señoríos de Oropesa y de Valdecorneja. Años después uno de sus herederos, Hernando Álvarez de Toledo y Sarmiento (?-1464), Señor de Valdecorneja, sería nombrado por el rey Juan II de Castilla primer conde de Alba de Tormes.

Un hijo de Hernando, García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo (?-1488), aprovecharía otra necesidad real de premiar que tendría otro monarca castellano necesitado de apoyos. El rey castellano Enrique IV le acabaría ofreciendo en 1472, gracias a su fidelidad frente a su hermana Isabel (la pretendiente y futura reina Católica), ampliar el condado de Alba en ducado. Este título nobiliario español, ducado  de Alba, es desde entonces el más importante por su grandeza, número de títulos otorgados y heredados así como por su patrimonio y su historia.

Uno de los más grandes duques de Alba habidos en la historia de España lo fue el tercer duque, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1507-1582). Llegaría a ser gran militar y estratega español, tanto al servicio del emperador Carlos V como al de su hijo, Felipe II. Sin embargo, las dinastías nobiliarias no se mantenían siempre en línea directa -sin interrupciones de sangre- a lo largo de toda su existencia. En el caso de la Casa de Alba ha habido tres dinastías diferentes, tres familias distintas que han cambiado la posesión de dicho ducado por falta de descendencia directa o por falta de heredero varón. La primera dinastía, los Álvarez de Toledo, se acabaría en el año 1755, cuando el décimo duque de Alba, Francisco Álvarez de Toledo y Silva (1662-1739), sólo tuviera una hija como heredera, María Teresa Álvarez de Toledo y Haro (1691-1755). Al casarse ésta con un importante aristócrata, Manuel de Silva y Haro (1677-1728), este noble español obtuvo así para su familia -los Silva- la nueva dinastía aristocrática de Alba.

La siguiente, tercera y última dinastía se produjo a la muerte de la XIII duquesa de Alba, Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo (1762-1802). Esta mujer no tuvo descendencia. El título pasaría entonces a la rama de una de sus tías, María Teresa Silva y Álvarez de Toledo (1718-1790), que llegaría a casarse con un aristócrata francés de origen bastardo real británico, Jacobo Fizt-James Stuart y Ventura Colón de Portugal (1718-1785). Uno de sus descendientes, Carlos Fizt-James Stuart y Fernández de Híjar-Silva (1794-1835), continuaría la nueva línea dinástica como decimocuarto duque de Alba. Luego, al pasar los años, se sucedieron los varones hasta llegar al XVI duque, Carlos María Fizt-James Stuart y Portocarrero (1849-1901), abuelo de la actual duquesa de Alba. Después lo heredaría el padre de ésta, XVII duque, Jacobo Fizt-James Stuart y Falcó (1878-1953). La actual duquesa llegaría a contraer un primer matrimonio en el año 1947 con el descendiente de un contable del ejército español del rey Carlos IV de España.

A veces los títulos no se ofrecían por razones bélicas sino por servicios a la Corona, fuesen éstos por razones políticas o sociales. Así fue como el hijo de aquel contable del Ejército español, Carlos Martínez de Irujo y Tacón (1765-1824), se le otorgaría en el año 1803 el Marquesado de Casa-Irujo. La curiosa historia de este alto funcionario nos lleva al sentido histórico de la entrada. Después de estudiar en Salamanca es nombrado con veintiún años secretario de embajada en Holanda para más tarde pasar a la embajada de Londres. Aquí aprende el idioma inglés y algunos conocimientos de Economía. Pero el nombramiento más importante le sucede en 1796 cuando fue nombrado embajador en la reciente nación norteamericana. En Pensilvania, entonces capital de los iniciales EE.UU, vive y trabaja defendiendo los intereses de España hasta el año 1807. Durante ese período en los Estados Unidos sucedería uno de los hechos más curiosos de la diplomacia española en la incipiente nación norteamericana.

Entre 1801 y 1805 es vicepresidente de los Estados Unidos de América Aaron Burr (1756-1836). Personaje muy controvertido, tuvo que abandonar el cargo en 1805 por problemas judiciales y acabaría por entonces arruinado. Motivado quizá por sus deudas, no se le ocurrió otra cosa que conspirar contra su propio gobierno para crear otra Nación americana en los territorios del oeste y el sur norteamericano, es decir, en lo que por entonces era parte de la Nueva España o el Méjico colonial español. Esa época, primeros años del siglo XIX, fue muy convulsa en la Historia de España. El inmenso territorio del Virreinato de la Nueva España fue codiciado tanto por la nación estadounidense como por intereses británicos o franceses; pero, también, por la incipiente rebelión de los criollos mejicanos, españoles nacidos allí que creyeron encontrar su propia salvación con la independencia de España. Tres años escasos después España se vería obligada a defender su virreinato norteamericano luchando además ahora en Europa, denodadamente, contra el feroz, potente y cruel ejército francés de Napoleón.

Aaron Burr fue un político estadounidense oportunista, un personaje taimado que había adquirido territorio en la región de Tejas, en el norte del virreinato mejicano. El presidente norteamericano por entonces, Jefferson, conseguiría denunciarlo por traición. Sin embargo, Aaron Burr se defendería muy bien de esas acusaciones y conseguiría salir indemne de los cargos presidenciales. Llegó a mantener antes de eso una correspondencia fluida con el entonces embajador español, Carlos Martínez de Irujo. El objetivo de Aaron Burr era derrocar al imperio español en norteamérica y constituir un nuevo Estado. La relación con el embajador español fue muy sorprendente, ya que ¿cómo podría participar un alto funcionario español en tamaña barbaridad para su propio país? Aunque Martínez de Irujo alcanzó fama en los EE.UU como amigo del conspirador Burr, nunca se pudo demostrar ninguna traición ni colaboracionismo en los hechos, menos aún su falta de patriotismo.

Quizá conocía los deseos revolucionarios de los criollos novohispanos y quiso contrarrestarlos con algún tipo de apoyo estadounidense. Pero le salió mal. Fue destituido de la embajada norteamericana y enviado en 1809 a Brasil, donde contribuyó a promover la defensa del virreinato del Rio de la Plata -actual Argentina- de los independentistas criollos de esa parte de la América española. La Historia de la Nueva España avanzaría por entonces inexorable y violenta con el desencuentro entre hermanos que se produjo, definitivamente, en el año 1824. México alcanzaría entonces su independencia. Este nuevo país mantuvo, sin embargo, las mismas fronteras que los españoles negociaran años antes con los Estados Unidos. Pero las conspiraciones que iniciara aquel vicepresidente norteamericano, un personaje denostado y traidor, fueron germinando, sin embargo, muy fructíferamente -poco a poco- en el inconsciente colectivo del pueblo estadounidense.

En el año 1846 los Estados Unidos no ocultaron ya su deseo expansionista ni un momento más. Se había conseguido con el tratado Adams-Onís, firmado hacía veinticinco años entre España y los EE.UU, la tan deseada por los norteamericanos transcontinentalidad, es decir, llegar al otro lado del continente, a la otra orilla norteamericana del Pacífico. De este modo España se vio forzada a ceder entonces el territorio de Oregon, al noroeste de su virreinato mejicano, pero dejaría dentro de su nueva provincia de Nueva España la California del norte y los territorios de Tejas y Arizona. Así se acordó entonces en 1820. Pero los años pasaron y la ambición anexionista estadounidense no tuvo disimulo alguno. En 1846, con una excusa cualquiera, invadieron los norteamericanos el territorio mexicano -independiente desde 1824- y consiguieron llegar hasta la capital de la nueva nación, la Ciudad de México, en el año 1847. La fuerza y el poderío norteamericanos obligaron a firmar el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, acuerdo por el cual México perdió todo el norte de su territorio heredado, más de un 55% de su superficie total original.

Así fue cómo México alcanzó su independencia, perdiendo parte de sí misma, lo mismo que le sucediera a la Nación española que le diese la vida siglos antes, que también perdería así parte de sí misma, luchando entonces por su propia Independencia. Demasiadas cosas parecidas, demasiadas cosas compartidas y demasiadas raíces en común. Porque la Historia, lo único que une realmente, es lo único que no se debería nunca perder de la memoria. Ella pronuncia, en voz alta y clara, lo que muchos oídos debieran escuchar siempre: que los pueblos pueden separarse a veces, como las familias, pero que compartirán siempre una vida, unos valores, un pasado, una cultura y un mismo corazón, cosas todas esas que nunca, nunca, sin embargo, conseguirán jamás terminar por existir.

(Óleo del pintor mexicano Gerardo Murillo, El Paricutín, 1946, México, representación del volcán del mismo nombre situado en el estado mexicano de Michoacán; Cuadro del pintor español Arturo Souto Feijoo, Iglesia y jardines de Acolmán, México, 1951, Santiago, España; Retrato del III Duque de Alba, 1549, del pintor Anthonis Mor; Grabado del primer Marqués de Casa-Irujo, siglo XIX; Fotografía del XVI Duque de Alba, Carlos María Fitz-James Stuart Portocarrero, siglo XIX; Óleo del pintor francés Adolphe Jean-Baptiste Bayot, Ocupación de Ciudad de México en 1847 por EEUU, 1851; Fotografía del Palacio Presidencial mexicano, antiguo Palacio virreinal, Plaza del Zócalo, Ciudad de México, 1996; Fotografía de la Avenida de la Reforma, Ciudad de México, 1997; Fotografía de la iglesia de la ciudad de Taxco de Alarcón, Estado de Guerrero, México, estilo barroco colonial español, 1997; Fotografía del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México, 1996; Imagen fotográfica de la plaza del Zócalo en la capital mexicana, 1996; Cuadro de Frida Kahlo, El abrazo de amor del Universo, de la Tierra -México-, Yo, Diego y el señor Xo, 1949, México; Cuadro de David Alfaro Siqueiros, Caminantes, México; Fotografía de la ciudad de Dolores-Hidalgo, Estado de Guanajuato, México, estatua del cura Hidalgo y su grito de independencia, 1997; Fotografía de la entrada a una vivienda en la población mexicana de Tecozautla, Estado de Hidalgo, México, antigua puerta y entrada original del siglo XVIII de una casa novohispana, 1997.)

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