9 de noviembre de 2011

La crisis última de todas..., o una cierta deriva hacia la amoralidad del mundo.




Cuando en un soleado día del verano del año 410 d.C., Roma se encontrara segura y confiada de su milenario y gran mundo indestructible, el autoproclamado rey godo Alarico decidió entonces asediarla, invadirla y asolarla como no se había hecho desde muchos siglos antes. Estos pueblos godos, que años antes sólo eran bárbaras hordas desplazadas desde el noreste europeo, ahora, después de mezclarse y proclamarse incluso aliados de sus enemigos -de Roma-, acabarían desatando por fin la oculta intención que les arrogaría desde hacía tiempo: destruir la hegemonía romana saqueando el centro nuclear del imperio.

Muchos siglos antes de eso, en el año 451 a.C., cuando Roma comenzara a desarrollar el gran pueblo que anhelara ser, el Senado romano decidió enviar a un grupo de magistrados a Grecia para conocer la maravillosa legislación avanzada de los atenienses. Éstos consideraban ya el principio de igualdad ante las leyes, algo que el gran gobernante y sabio griego Solón había llegado a compilar mucho tiempo antes incluso. Luego, los romanos crearon así su famosa Ley de las XII Tablas, código que establecía como normas lo que hasta entonces sólo eran costumbres milenarias. Pero, además, se hicieron públicas y expuestas para todos en Roma y, por tanto, libres de malas interpretaciones interesadas. Serían aplicadas a todos los ciudadanos, sin distinción de ninguna clase. Llegaron a ser las bases del famoso Derecho romano, y el gran político romano Cicerón llegaría incluso a decir que los niños romanos aprendían su contenido de memoria casi. Durante el saqueo de Roma por Alarico, en el año 410 d.C., las Tablas de las XII leyes desaparecieron para siempre.

Entonces el período más oscuro de la Edad Media sobrevino en el mundo. Ahora cada desmembrado reino florecido por el declive romano establecía sus interesadas y propias normas, y los valores grecorromanos, su mitología y sus virtudes, caerían poco a poco desde sus clásicos e inútiles altares. Aunque hacía casi ochenta años que el cristianismo había ocupado un lugar en el imperio, todavía no alcanzó a comprender esta nueva religión el inevitable destino que, años después, asumirían sus líderes -los obispos- para preservar aquella herencia cultural y civilizadora, un bagaje moral que, casi sin querer -¿o no?-, ellos mismos llevaron a su trágico fin luego. Los obispos cristianos ocuparían entonces el lugar de aquellos senadores romanos -unos más acertados que otros-, y lograron transmitir a través de los siglos algunos de aquellos valores clásicos, fusionados ahora, eso sí, con los bíblicos y teológicos de su fe.

Desde siempre la moral había tratado de regular la conducta del ser humano, tanto consigo mismo como con los demás. Los griegos fueron los primeros que dieron nombre al concepto, se referían con él a la costumbre. Indicaban aquellas costumbres que fueran buenas o malas. Los filósofos griegos y romanos acabaron por darle forma, por tratar de interpretarlas y definirlas cada uno según su pensamiento. Y con las costumbres y las diferentes teorías filosóficas se condicionó el concepto moral: dependía éste ahora de las costumbres de cada pueblo, de cada región, de cada lugar o de cada gente. Acabaría siendo, por tanto, algo relativo. Hasta el Racionalismo del siglo XVIII la moral había sido tenida sólo como una teoría de la conducta referida a las acciones, es decir, a aquello que se hace, no que se piensa: lo que se hace puede ser bueno o malo, y, por consiguiente, será moral o inmoral. Sin embargo, en ese periodo difícil y huérfano de la Edad Media surgiría un pensador curioso y valiente, uno que se atreviera, antes de que lo hiciera el filósofo Kant siglos después, a cuestionar el verdadero sentido moral de la vida.

Pedro Abelardo (1079-1142) fue un escolástico francés que amaría tanto su filosofía como a su discípula Eloísa. Antes de que lo hiciera Tomás de Aquino, Abelardo simpatizaría más con las ideas de Aristóteles que con las de Platón. Estableció entonces algo fundamental para entender la moral y su ética, teniendo en cuenta que en aquellos años -siglo XII- el pensamiento era teología moral y no reflexiones filosóficas. La ética era la parte de la Filosofía que trataba de la moral, de las virtudes para tener una vida correcta y dichosa. Esta palabra -también de origen griego- hacía referencia ahora al carácter, frente a la costumbre del concepto moral. Era, por tanto, más significativa ésta -la ética- para entender la causa de la conducta frente al hecho moral -el efecto- en sí mismo. Y sería así como Pedro Abelardo desarrollaría un pensamiento ético casi seiscientos años antes de que lo estableciera el filósofo alemán Kant con su concepto de imperativo categórico, o sea, de lo que debe ser fundamental, universal e incuestionable siempre en la conducta humana.

Para Abelardo la acción no es lo importante; la acción no tendrá valor moral para el pensador medieval. Para éste -como después para Kant- el verdadero valor está en la buena o mala voluntad, en la intención, generalmente ahora oculta y secreta del individuo. Lo que quiere decir que no hay acciones buenas o malas en sí mismas, sino acciones que proceden de la buena o mala voluntad. Había un ejemplo que el filósofo escolástico expuso en una ocasión: Una madre enferma y muy pobre no tiene siquiera ropas ni cuna en donde albergar a su bebé. Entonces, decidida a protegerlo, lo abriga entre sus ropas y su propio cuerpo. Pero, exhausta y vencida por la enfermedad, cae sobre el cuerpo de su bebé asfixiándolo. La moral eclesial de entonces, para que sirva de ejemplo a los demás más que por la culpa personal, hace recaer en ella una penitencia. Abelardo se pregunta: ¿No es sorprendente que los humanos den más valor a la realización de la acción, cosa que Dios no hace? Dios, que ve lo oculto allá donde sea, y mira dentro del corazón de cada uno, juzga sólo la intención, pero el hombre, que sólo ve la obra realizada -la acción-, juzga, sin embargo, la intención por la obra. Esto llevará al ser humano muchas veces a error.

Pedro Abelardo defiende que el valor moral reside únicamente en la intención, de ningún modo en la realización del acto. En el siglo XVIII se establecieron dos tipos de ética: la ética material y la ética formal, según tengan a lo moral como algo referido a las acciones o a las intenciones del sujeto, respectivamente. De hecho, salvo el discurso medieval de Pedro Abelardo, la moral referida a las acciones -la material- ha sido la moral que ha prevalecido desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII, llamada también ética de acciones, de hechos, de obras o de bienes. Fue el filósofo alemán Kant (1724-1804) el que iniciará la ética formal. El pensador Kant nos dice: Sólo es buena -es ética- la buena voluntad. La buena voluntad no es buena por lo que ésta haga o realice, tampoco es buena por su adecuación para alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto, es buena sólo por querer serlo, es buena en sí misma. Cuando se trata del valor moral no importan las acciones, que se ven, sino aquellos íntimos principios de las mismas, que no se ven.

Cuando uno de los coleccionistas de Arte de la corte del rey Felipe IV de España, don Pedro de Arce, decidiera encargar al gran pintor Velázquez una obra sobre tapices y mitología (Las Hilanderas), poco le faltaría a su majestad católica para desear muy pronto el cuadro. Así fue como el magnífico y misterioso lienzo, también llamado La fábula de Aracné, sería fechado en las colecciones reales el mismo año en que finalizara: 1657. ¿Qué quiso representar en este curioso y difícil cuadro el maestro Diego Velázquez? Desde luego el pintor fue fiel a su tendencia pictórica, el Barroco. Esta tendencia primaba lo más vulgar o lo más popular para mostrar algún tipo de concepto. Pero, también, el deseo de señalar lo importante en segundo plano, detrás del primero, de lo aparentemente principal. También de utilizar la mitología para ensalzar alguna virtud representada por las deidades y leyendas clásicas. Por todo eso, Velázquez conseguiría alcanzar en esta obra la mayor genialidad nunca obtenida por otro creador en la Historia del Arte.

Minerva era el nombre romano de la diosa Atenea griega. Fue una diosa fundamental del orbe clásico. Se asociaba con la sabiduría, la justicia, la destreza y las artes. Era hija de Zeus, el Júpiter romano. Cuenta una leyenda que Zeus, asustado por la profecía que anunciaba que el hijo que tuviese de Metis estaría destinado a gobernar el mundo, acabaría devorando a esta ninfa para tratar de evitarlo. Sin embargo, Zeus subestimaría los poderes de Metis. Ésta no hizo sino provocarle ahora enormes y fuertes dolores de cabeza. Zeus entonces le pediría a Hefesto (Vulcano en la mitología romana) que le golpease la cabeza hasta extraer de ella el doloroso engendro que portaba. Así nacería la inteligente Minerva. Una diosa favorecedora en los conflictos bélicos, siempre a favor de los griegos -en el caso de Atenea- o de los romanos. De ahí que se la represente, por su carácter protector, con un casco guerrero. Cuando los Argonautas se decidieron a recorrer los mares esta diosa les guiaría el rumbo, les avisaría de los peligros y de las formas de salvarlos. Fue también diosa de la Belleza, entendida como todo lo bueno y equilibrado del Universo, como todas las cosas buenas conocidas y creadas por el ser humano.

Según una leyenda romana existió una joven muy atrevida de Lidia, región al este de la alejada frontera imperial, llamada Aracné y que en una ocasión afirmaría que sabría tejer tan bien que retaría a la misma diosa Minerva -que había inventado la rueca de tejer- a confeccionar el más bello y grande tapiz jamás creado. La diosa aceptó. Y ambas se pusieron manos a la obra. Hasta aquí el hecho era simple y justo, y el resultado despejaría cuál sería el tapiz más hermoso. Pero los destinos inescrutables del Universo no dejarán que las cosas sean tan simples... Algo sucedería, además: el conflicto. ¿Será esto, el conflicto, algo verdaderamente inevitable? La realidad es que Aracné guardaba otra maléfica intención oculta aparte de desafiar a los dioses, lo cual puede ser temerario o pueril: quiso ofender a la diosa. Porque el tapiz que la joven lidia confeccionara tenía muchas escenas de los engaños que el padre de Minerva, el dios Zeus, había llevado a cabo para conseguir los favores sexuales de muchas mujeres y diosas. La acción aquí estaba clara: un maravilloso tapiz bellamente tejido, aséptico en sí mismo; pero, sin embargo, la intención con ello era ahora del todo vil, muy ofensiva y ultrajante.

El genial Velázquez alcanzó a conseguir aquí una de las obras de Arte más misteriosas y elaboradas de las que realizara. Recrea en el lienzo dos escenas, una principal, cercana al espectador; otra secundaria al fondo del cuadro. Sin embargo, están descolocadas ambas: la secundaria es ahora realmente la principal, y a la inversa. En primer plano se representa, a la izquierda, a una hilandera vieja, sabia y cargada de experiencia en su arte de hilar. Ésta es, disfrazada, la diosa Minerva. Se aprecia porque la diosa era joven, no vieja; su pierna ahora tersa y hermosa la deja ver el gran artista español. A la derecha se sitúa una joven a la que no se le ve el rostro; ésta teje y teje rápida, decidida, ensoberbecida casi, es Aracné. Pero al fondo, en una enmarcación más reducida y lejana, casi desfigurada, se observan a la diosa -como ella es- y a la orgullosa joven lidia discutiendo. Detrás de ambas se sitúa ahora el tapiz intencionado, aquel que Aracné había terminado de tejer. Éste es parecido a El rapto de Europa (Zeus convertido en toro rapta a la hermosa Europa), una obra del pintor Tiziano con la cual el maestro español homenajea al gran artista renacentista. La diosa Minerva, ofendida ahora por completo, acabará convirtiendo a la joven tejedora en una araña para siempre.

En nuestra actual sociedad, a pesar que la Historia enseña cómo algunos clásicos valores debían ser protegidos siempre, sobre todo cada vez que un declive -una crisis tan general- se precipita por encima de sus murallas, sólo ahora al parecer el código de justicia convencional establece, si acaso, la norma de conducta a seguir. En estos momentos tan convulsos es, sin embargo, cuando más necesitaremos desempolvar los oscuros desvanes de nuestro legado más virtuoso. Hoy, cuando la sociedad sólo condiciona la conducta -más allá de lo que sabemos que pueda perjudicarnos, o no, si cometemos un delito- al culpable exclusivamente por lo establecido en ese código de justicia -ya sea penal o civil, algo además que nadie distinguirá ni conocerá muy bien-, deberíamos recuperar aquel carácter de conducta, aquel sistema de valores que pensaron otros antes -los que estuvieron aquí antes que nosotros-, y que por entonces sería la única, la más justa, la más inteligente, la más correcta, o la mejor forma de vivir...

(Óleo del pintor español, sevillano, Diego de Silva y Velázquez, Las Hilanderas o la fábula de Aracné, 1657, Museo del Prado, Madrid; Cuadro de Sandro Botticelli, Minerva y el Centauro, 1482, Galería de los Uffizi, Florencia; Cuadro El saqueo de Roma, 1890, del pintor francés Joseph Noël Sylvestre; Óleo Los favoritos del emperador Honorio, 1883, (emperador romano indolente de Occidente que fue responsable del saqueo de Roma en el año 410 por el rey bárbaro godo Alarico, a partir de aquí el imperio romano declinó), del pintor inglés John William Waterhouse.)

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