23 de diciembre de 2011

El desafío permanente de la cumbre mágica, justificadora y final, o el Arte obsesivo de perseguir algo.



Aquí ahora, desde el lugar mismo donde se verá la montaña, sentiremos a veces acercarnos al sentido de todo... Es como entenderemos que, desde siempre, hemos estado esperando ahora para verla, para sentirnos parte de ella, para justificarnos además como seres capaces de pensar, de crear... o de hacer saltar por los aires lo que sea. Pero, sobre todo, de admirar su grandeza, su infinita, abrumadora y serena grandeza. Cuando el pintor francés postimpresionista Paul Cézanne (1839-1906) necesitara una vez alejarse de todo, incluso de los suyos, viajaría por el sur de Francia a la luminosa y mediterránea Provenza. Allí, desestabilizado por una enfermedad y sus problemas conyugales, alquilaría un pequeño estudio para y desde donde pintar. Así que desde una de las ventanas de ese pequeño estudio aparecería ahora, impresionante y majestuosa, el perfil inquietante de la montaña de Sainte-Victoire. Le obsesionó tanto esa montaña que la tuvo que pintar en no menos de doce ocasiones, desde distintos lugares, desde diferentes ángulos, desde distintos momentos de luz, desde todos los estados de ánimo..., hasta el final de su vida.

Cuando muchos años después, en 1936, el escritor norteamericano Ernest Hemingway publicara uno de sus cuentos en la revista Esquire, acabaría poniéndole el exótico título de Las nieves del Kilimanjaro. Con ese pequeño relato periódico quiso el escritor americano expresar el contraste curioso que supone la vida de los hombres, la auténtica vida real, esa que vivimos anodina, y que dejaremos pasar -que no contaremos a nadie-, frente a la de los imaginarios, grandiosos y falsos escritos inventados de la ficción. Es como si no quisieramos entender ahora que la única razón de vivir es sólo haberlo hecho. Es como si no comprendieramos, como si no aceptáramos tampoco, que la única forma natural de completarla del todo es sólo morir después...

Hemingway describe al protagonista del relato como a un hombre que, accidentado grave en una cacería en África, observa ahora como todo se le acaba pronto, a la espera de recibir un difícil e imposible socorro. Entonces tiene un sueño, una ensoñación que le hace sentir ahora volar desde una avioneta, un artefacto con el que conseguirá, por fin, poder salir de ahí y salvarse... Pero pronto divisa por la ventanilla del avión la cumbre nevada del monte más alto de África, el Kilimanjaro, y comprende inconscientemente que es allí ahora adonde va. Por fin cerrará los ojos, definitivamente. El autor prologa el relato con la descripción de la montaña y una fábula local que cuenta que, una vez, se encontraría por allí, muy seco y helado, el esqueleto perdido de un leopardo cerca de la cumbre. Desde entonces nadie había podido explicarse nunca qué haría el animal allí, qué estaría buscando -inútilmente- ahora el felino perdido tan lejos...

Una vez el gran escritor alemán Thomas Mann escribiría, de su famosa novela La montaña mágica, lo siguiente: Lo que el personaje ha aprendido a entender es que toda salud superior (todo fin deseado) tiene que pasar por la profunda experiencia de la enfermedad y de la muerte (del dolor, del desafío). Hacia la vida, continúa diciendo otro personaje de la novela, hay dos caminos, uno es el habitual, directo y formal, el otro es malo y nos llevará sobre el dolor, este es el camino genial. Esta idea de la enfermedad y de la muerte como un paso necesario hacia el saber, la salud y la vida, hace a La montaña mágica una novela de iniciación.

Cuando para la joven Alcestis -una de las más bellas doncellas mitológicas griegas- decidiera su padre unirla al más grande de los hombres de Grecia, solicitó entonces a todos los candidatos que sólo aquel que pudiese llegar montado en un carro tirado de leones y jabalíes sería, al fin, quién conseguiría su anhelada mano. Admeto, rey de Feres, quiso obtener a la bella Alcestis como fuese. Pero para ello sabría él que, únicamente, con la ayuda del dios Apolo podría conseguirlo. Este dios lo aceptó pero, sin embargo, le pidió a cambio su propia vida, o la de cualquier otra persona que por él se cambiase. Tras intentar inútilmente buscar alguien que por él lo hiciera, con audacia retaría a Apolo sin pensarlo mucho. Luego de haberla obtenido a ella -con la ayuda del dios-, Apolo le exigió entonces su fatídica deuda. Cuando Alcestis llegó a saber lo que había hecho él para obtenerla, decidió ser ahora ella la que salvara a Admeto -cambiarse por él entregándose a los dioses-. Así fue como Apolo la acabaría enviando al Hades, al infierno griego. Tiempo después Admeto recibió a su amigo Hércules, el poderoso Heracles griego. Compasivo el héroe con él, recorrería luego decidido la distancia profunda que lleva hasta el oculto inframundo. Así salvaría Hércules, no sin luchar ni sin dudas, a la bella, enamorada y generosa Alcestis.

(Fotografía de la montaña africana Kilimanjaro, de 5895 metros, Tanzania; Fotografía de la silueta de la pequeña cordillera de la Sierra Sur sevillana, no siempre vista a consecuencia de la bruma, 2011; Óleo del pintor Paul Cézanne, La Montagne Sainte-Victoire, 1895, EEUU; Cuadro La Montagne Sainte-Victoire, 1906, del pintor Paul Cézanne, Tokyo, Japón; Óleo Rapto de Alcestis, 1867, del pintor Paul Cézanne; Cuadro del pintor Matisse, La alegría de la vida, 1906, EEUU.)

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...