2 de enero de 2012

La paciencia, el propósito y los deseos humanos ante el advenimiento de la incertidumbre.



Griselda fue el personaje de uno de los cuentos que el escritor Giovanni Boccaccio (1313-1375) incorporase dentro de su gran obra medieval El Decamerón. Narraba la leyenda del marqués de Gualtieri, un heredero indolente, desconfiado y sesudo, que, obligado por su linaje, debe elegir ahora esposa a pesar de las pocas ganas que tuviese de hacerlo. Así que, en su afán por no dejarse dirigir por razones sociales ni familiares, decidió que la elegida fuera Griselda, la joven, hermosa, dulce y bella hija de un pastor de su comarca. Ella, asombrada antes y pronto enamorada después, aceptará entusiasmada la oferta matrimonial del marqués. Pero, motivado por sus antiguos temores y desconfianzas, Gualtieri deseará poner, crudamente incluso, a prueba la paciencia de la confiada y bella Griselda. Así que cuando tuvo a su primera hija con ella dejó el marqués entender a Griselda que sus cortesanos, amigos y parientes no acabarían por aceptar y entender tal descendencia plebeya. Debería deshacerse ahora de ella. Para ello le envía un sirviente al que debe entregar a la recién nacida. Ella, sin embargo, terminará por comprender todo eso que él le pide. Entendió sus deseos y, serenamente, aceptaría sus designios.

Luego el marqués acabaría, incluso, por pedirle hasta la dispensa matrimonial, argumentando ahora que ella no podría continuar unido a él ya que, por su alto nombre y solar, sería una barbaridad compartir su noble vida con una simple campesina. Todo lo aceptaría pacientemente Griselda. Al final, hasta le dice a su esposo: Señor, yo siempre he sabido de mi baja condición y de que ésta de ningún modo era apropiada a vuestra nobleza. Lo que he tenido con vos, de Dios y de vos sabía que era y nunca mío lo hice y tuve, sino que siempre lo tuve por prestado; si os place que os lo devuelva, a mí me debe placer devolvéroslo. Gualtieri, comprendiendo ahora ya que la paciente virtud de esta mujer le había convencido totalmente, no pudo mantener por más tiempo la maquinal estrategia dubitativa. Entonces le anuncia a ella, decidido: Griselda, tiempo es de que recojas el fruto de tu paciencia. Porque no quise errar en mis temores, a prueba te puse; pero, ahora, recibe a tus hijos y a mi vida...

Cuando el semanario norteamericano The Saturday evening Post decidiera publicar su primera página aquel desolado fin de año de 1932, pensó entonces que sería muy apropiada la que el ilustrador, artista y pintor Joseph Christian Leyendecker (1874-1951) había compuesto para ello. Ese mismo año, recién pasado ahora, había sido terrorífico a causa de la dura quiebra económica que el país padecía desde hacía tres años antes. El nuevo año 1933 se presentaba ahora cargado de esperanzas, y los deseos de todos se aunaban con el firme propósito de que todo acabaría pronto, y de que el nuevo año vendría además cargado de promesas, bendiciones y cambios. Sin embargo, tan sólo fue el comienzo de un vano deseo, ya que la profunda crisis económica de los años treinta no terminaría, en el mejor de los casos, ni siquiera en los cuatro años siguientes. Todo había empezado mucho antes, mucho antes del famoso crac del año 1929; antes incluso de los despilfarradores y alegres años de la década de los veinte. Todo empezó en los confiados, solemnes, atildados, frágiles pero, sobre todo, acechantes años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Aquellos años incrementaron peligrosamente la autoconfianza, el orgullo, la fuerza, el oprobio, la temeridad o la osadía. Este mismo artista, Leyendecker, ilustraría también aquellos sagrados años, aquellos engañosos, falsos y atrabiliarios años anteriores a la contienda mundial. La Guerra mundial de 1914 sólo acabaría metabolizando todo aquello después. Y generaría luego el horror -la segunda guerra mundial-, algo que, únicamente, unos locos años veinte sosegarían anestesiados antes de que todo volviera a cambiar, peligrosamente, sólo diez años después.

Y es ahora así como la incertidumbre sobreviene, esta emoción que subyace debajo de toda realidad y que, a veces, parece ser algo que, luego, no será del todo..., pero lo parecerá, aunque no lo acabe siendo finalmente. El gran creador holandés Rembrandt pintaría en el año 1655 una obra extraordinaria, una obra que no terminaría por titularla claramente. Por tanto, no hay certidumbre aquí. Los historiadores acabaron denominándola Hombre con armadura. Pero, ¿quién fue realmente el retratado? ¿Qué personaje histórico, o legendario, quiso retratar el genial artista barroco? Nadie lo sabe, realmente. Parece ser Alejandro Magno, pero sólo lo parece... Puede representar también a cualquiera de los dioses griegos más guerreros, pero, ¿a cuál de ellos? Un pendiente se observa en la única oreja que presenta su rostro retratado. Un rostro, por otra parte, que no parece caracterizar sólo la figura fuerte, decidida, adusta y fiera de un guerrero; no, para nada, sino en la que se vislumbra ahora, además, la serena y pensativa mirada de un hombre que duda, de un ser humano que reflexiona, vagamente, antes de tomar su última, ineludible y difícil andadura.

El pintor francés Émile Friant (1863-1932) moriría justo antes de que aquel duro año de entreguerras de 1933 empezara a balbucear. Había sido educado en el estilo naturalista propio de su época realista, donde los lienzos entonces debían satisfacer una clientela autocomplaciente y burguesa. Sus obras realistas retrataban la vida y las costumbres correctas de toda aquella generación de finales del siglo XIX, esa sociedad espantosa que llevaría luego al abismo de la Primera Guerra Mundial. Pero, en el finisecular año de 1899, este autor naturalista francés decide pintar ahora una obra diferente, para nada realista sino ahora del todo misteriosa y enigmática. La obra, Viaje al infinito, consigue aturdir al espectador -más todavía en aquellos años- ante la simple pero compleja imagen desconcertante que representa la pintura de Friant. Un hombre ahora solo se eleva en el cielo, poco a poco, en un globo aeroestático, una tecnología además superada en aquellos años. Pero, no es ese artefacto ahora, inventado por el hombre más de un siglo antes, lo importante aquí. El pintor recortaría en el encuadre parte de su amarillenta imagen excéntrica del curioso lienzo finisecular. Ante un cielo brillante y maravilloso, luminoso y prometedor, se contrastará aquí una tierra oscura, nebulosa, rocosa y llena de figuras simbólicas que, como nubes ensombrecidas de súcubos -diablos femeninos infernales-, representarán lo más abismal y terrenal, lo más destructor o lo más fatalmente seductor. ¿Sería todo eso un presagio por entonces -año 1899-, un desesperado, triste y terrible presagio de lo que acabaría sucediendo apenas quince años después? Algo que los avisara entonces -a los seres humanos- de lo que, verdaderamente, habría que hacer ahora, sin embargo: ¡elevarse!, huir -espiritualmente- de los engañosos alardes civilizados de un mundo equivocado y peligroso. Y hacerlo mucho antes de lo que, quince años después, acabaría inapelable y terriblemente por suceder en el mundo.

(Ilustración de la portada del Saturday Evening Post del 31 de diciembre de 1932, pintada por el artista norteamericano Joseph Christian Leyendecker; Lienzo Griselda, 1910, del pintor norteamericano Maxfield Parrish, 1870-1966; Ilustración de los años de la Primera Guerra Mundial, 1914-1918, en donde se observan, lustrosos y confiados, tanto a oficiales como a una enfermera sobre la borda de un crucero naval, del artista Leyendecker; Óleo del pintor holandés Rembrandt, Caballero con armadura, 1655, Museo de Glasgow, Inglaterra; Cuadro Viaje al infinito, 1899, del pintor francés Émile Friant.)

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