12 de junio de 2012

El Arte como recreación de una vida reivindicada, su belleza y simbolismo.



En esta curiosa obra renacentista del pintor italiano Lorenzo Lotto (1480-1556) se nos representa la imagen de un bello paisaje. Un paisaje ahora, sin embargo, dividido en varios planos diferentes, iconográficamente todos diferentes, y todos ellos además enfrentados e indefinidos entre sí. Porque uno de esos planos, el más cercano al espectador, estará ahora a su vez acusadamente dividido. El otro plano, el más lejano, lo estará también entre un mar siniestro y un cielo en exceso nebuloso. Estos se verán aquí vertebrados más por los trazos de una parte -con sus colores grises o negros-, pero menos articulados -diferenciados- por los de otra, con sus colores ahora azules o blancos... En el centro del lienzo renacentista, en el plano más principal de la obra, se observa ahora un pequeño tronco raído, o muerto, en el que florecerá aún una rama poderosa. Una rama aquí florecida ahora hacia la izquierda como recuerdo de lo que, una vez, llegaría a ser antes un árbol. A su vez, el tronco separará aquí, verticalmente, parte de la representación pictórica de la obra. Algunos símbolos materiales, ajenos a la escena natural, se sitúan ahora de forma alegórica en ese mismo tronco. Pero, ¿qué son esos signos?, ¿qué se quieren con ellos expresar? Porque la obra se titula Alegoría del Vicio y la Virtud, es decir, deseará el autor transmitirnos, subliminalmente, estas dos opuestas semblanzas tan humanas: la grandeza y la bondad de los hombres, por un lado; y la bajeza y la sinrazón de algunos de sus comportamientos, por otro.

Pero, esta sorprendente y sugestiva pintura fue una obra por encargo... Su mentor, Bernardino d'Rossi, fue el obispo de Treviso (Italia) en los años iniciales del siglo XVI y quiso que el pintor Lotto le retratara..., y acompañara a su retrato este cuadro tan curioso. El pintor podría plasmar lo que en el lienzo quisiera, pero debía dejar claro quién era el mentor de la obra y en qué lugar su propia alegoría -un mensaje personal y profético que acompañaba a los retratos- debía ahora situarse. El autor renacentista lo hizo dibujando claramente -a la izquierda del tronco, hacia la virtud- el escudo heráldico de d'Rossi. La imagen de la obra sorprenderá en cualquier caso, porque ¿qué es todo eso que aparece representado aquí tan desmadejadamente? La virtud, representada en ese lado izquierdo de la obra, situará a un niño -la inocente virtud- sobre, sin embargo, un suelo árido, infértil y desolador. A cambio, al otro lado, veremos un sátiro disfrutando alegre y satisfecho en su verde páramo... Un personaje mitológico éste, el sátiro, que simbolizará iconográficamente el vicio. Pero, sin embargo, el sátiro se encuentra ahora justo dentro de un maravilloso paisaje fértil, hermoso, verde y acogedor. Entonces, ¿cómo entender esa contradicción?

El obispo Bernardino d'Rossi se enfrentaría una vez a los poderes fácticos de la ciudad de Treviso, por entonces corrompidos en asuntos muy oscuros, deshonestos y criminales. En el año 1503 una de las más poderosas familias de Treviso, los Onigo, conspirarían contra el obispo hasta mandar asesinarle. Éste, providencialmente, pudo salvarse evitando ahora su crimen. Dos años después, el pintor terminaría tanto el Retrato como la Alegoría del atribulado obispo. El curioso artista italiano del Renacimiento quiso simbolizar -en homenaje a Bernardino- la fuerza poderosa de la virtud humana en su obra de Arte. Quiso reflejar así esa actitud extraordinaria del ser humano que, crecida desde la más polvorienta e infértil soledad, puede, a cambio, sembrar ahora los elementos que la llevarán a lo más alto. Y, así mismo, se observará ahora aquí, simbólicamente, al pequeño niño que es alzado hacia los cielos por la ladera amarillenta del fondo del cuadro.

En la otra parte de ese plano principal -la reverdecida y alegre- estará situado ahora el sátiro, esa figura grotesca que tocará aquí su lira y disfrutará de bebidas y manjares placenteros. Pero, nada bueno acabará por obtener luego, después de todo, ese sátiro. Hacia el fondo de su lado, se representa además un barco que naufraga ahora en la bahía. De este modo, se expresaría así que nada permanecerá nunca en la vida; nada, en ese lado maldecido, porque todo ahí sucumbirá a la mortífera plasmación de su simbólico vicio... Pero, en el tronco hueco -mortecino- del árbol central florecerá, sin embargo, ahora una rama verdecida, una que se dirigirá hacia el otro lado, hacia el lado opuesto, hacia el de la virtud, ese otro lugar donde no hay sino esperanza. Sujeto al tronco raído vemos un escudo transparente,  un elemento que representará aquí un antiguo instrumento especular, la coraza mitológica de espejo mágico usada por el héroe mítico Perseo. En él se reflejaba la imagen de horror de la Medusa mitológica, todo un símbolo heroico de la lucha virtuosa, del enfrentamiento generoso, altruista y benefactor.

Con el mensaje simbólico de esta obra renacentista se describía y se elogiaba la opción más dificultosa, la más desgarradora o la más solitaria, pero, también, la más heroica y más noble de las acciones humanas. Esta -la Virtud- se enfrentará aquí -como siempre en la vida- a la otra opción -la del sátiro vicioso-, la que representará en la obra lo más gratificante y terrenal, lo más pasajero, lo más demoledor, lo más engañoso, fútil, maléfico o detestable de la vida, lo que aquí demostrará así la falta de toda virtud elogiosa. Y de ese modo, los creadores del renacentista momento afanoso, supieron y pudieron resaltar así las dos caras de una misma realidad... Unas veces, sin la huella tangible de ningún personaje conocido o relevante; y otras, como en este caso concreto, a pesar de recordar particularmente la tan comprada y reivindicada -por un clérigo perseguido- representación elogiosa de una deseada y anhelada virtud.

(Óleo Alegoría del Vicio y la Virtud, 1505, del pintor veneciano Lorenzo Lotto, Galería Nacional de Arte de Washington D.C., EE.UU.)

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