28 de septiembre de 2012

La autoría de una emoción, de la mejor y más gloriosa emoción encerrada ahora entre los cuadros.



Cuando en el año 1880 un coleccionista estadounidense adquiriese en España la obra sin firmar Ciudad sobre una roca, pensaría sin dudar que la misma tendría que ser, por fuerza, del genial pintor español Goya. Y así se la llevaría él a su país, y la mantendría durante años entre las paredes de su mansión con el lujo de poseer ahora un lienzo tan fascinantemente original del maestro español. Pero a finales del año 1929 la colección de la señora Havemeyer donaría luego esa obra al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Y en su ficha técnica el Metropolitan catalogó la obra como: Una ciudad sobre una roca, siglo XIX, Goya. Y así continuaría la obra hasta el año 1970 cuando, por entonces, se comenzaría a dudar de la autoría de Goya. Se dedujo que la creación debía haber sido confeccionada entre los años 1850 y 1870, pero no antes. Si el genial pintor aragonés falleció en 1828, ¿de quién fue entonces...?

Eugenio Lucas Velázquez nació en Madrid en el año 1817 y se educaría en la eximia Academia de Arte de San Fernando. Para cuando él comenzó a pintar, el Romanticismo había dejado ya su lugar al Realismo, y éste, a su vez, lo dejaría luego a un Academicismo clasicista que regresaría a las hieráticas creaciones de estudio, tan frías y alejadas del vibrante universo cálido, onírico y natural de los maestros españoles de antes, como lo fueron Velázquez o Goya. Así que ahora Lucas Velázquez lo tuvo muy claro desde entonces: seguiría a su admirado Goya a pesar de que las tendencias artísticas de su época fuesen por otro lado.

Y así lo haría el creador madrileño. Y tanto lo hizo así que hasta esa obra, Ciudad sobre una roca, llegaría a ser atribuida al pintor Goya por la mayoría de los expertos. Porque en ella veremos el mejor homenaje que un autor pueda hacer a otro: imitarlo tan bien que pareciera ser del imitado en vez del imitador. Pero, sin embargo, aquí no hay falsificación, ni copia. El artista, además, no firmaría el cuadro..., y Goya nunca pintó una obra parecida. Sólo que aquí habían ahora algunos elementos de Goya pintados, como en otras tantas obras de Eugenio Lucas -su discípulo fervoroso- lo hubieran, pequeños o grandes elementos inspirados de los grabados o pinturas del maestro Goya y que, por eso, fueron reconocidos en esta peculiar, hermosa y desconocida obra de Eugenio Lucas Velázquez. Por ejemplo con los seres voladores de Goya, esos seres extraños y propios del estilo goyesco más peculiar de sus Caprichos... Se llegaría a considerar esta obra hasta como un pastiche, es decir, como una composición de cosas existentes de otro autor y combinadas ahora en una obra supuestamente original. Pero no, no creo que sea ni justa ni precisa esta valoración de la obra.

La idea iconográfica de lo que representa la obra es una ciudad o baluarte inexpugnable situado ahora en lo alto de un gran montículo rocoso. Una ubicación idónea para salvar así cualquier asedio violento de los otros... Se observa en el cuadro un grupo de personas abajo de la roca, que tratarán, con el fuego de unos cañones, intentar doblegar a los del enclave rocoso de lo alto. En el cielo de la obra surgen ahora seres voladores, esos mismos que Goya pintara en sus misteriosos Caprichos... Fue un magnífico homenaje a Goya, una maravillosa forma de homenajear al gran maestro, pero, también, una grandiosa creación del todo original del pintor español Eugenio Lucas Velázquez. Un ser humano que pasaría luego sin reconocimiento por el Arte porque tuvo la mala suerte de nacer poco después de un gran genio... Obtuvo en su vida, a cambio, todo lo que un artista en su época pudiera desear. Pintaría el techo -hoy desaparecido- del Palacio del Teatro Real de Madrid, y sería nombrado por la reina Isabel II pintor honorario de cámara y caballero de la real orden de Carlos III

Cuando el pintor preimpresionista Manet quiso pintar una fuerte escena dramática se inspiraría en uno de los creadores pictóricos españoles más interesantes del siglo de Oro español, y más injustamente desconocido: Antonio de Puga. Este pintor gallego, nacido en Orense en el año 1602, se adelantaría sobremanera a los pintores impresionistas del siglo XIX. Original y atrevido, crea en 1630 una obra que sigue estando sólo atribuida a él, es decir, que no se sabe con certeza su verdadera autoría. Como otros creadores, de Puga no firmaría sus obras nunca -salvo una conservada en Inglaterra, un San Jerónimo-. Pero sus pinturas, al igual que Lucas Velázquez, están influidas ahora por otro gran maestro, en este caso por el genial pintor barroco Diego Velázquez. Muchas de sus obras fueron asignadas antes al maestro sevillano pero, sin embargo, han sido finalmente atribuidas al genial y desconocido pintor gallego que fuera Antonio de Puga

Manet, el más genial y primordial impresionista francés, admiraría la forma en que esos pintores españoles habían sido capaces ya, hacía más de doscientos años casi, de fijar entonces tan originalmente la figura, por ejmplo, de un cuerpo humano tendido entre los ángulos sombreados de una obra... En el lienzo Soldado muerto, Antonio de Puga sólo muestra aquí el cuerpo yacente y escorzado de un soldado muerto, no hay nada más representado ahí, en este lienzo del año 1630. Tan solo unos restos óseos aparecen en el cuadro, propios de la futilidad y evanescencia de la vida, pero, genialmente, no hay nada más... La autoría sigue siendo incierta, aunque el museo londinense de la National Gallery lo sigue catalogando aún como Anónimo napolitano... Sin embargo, Antonio de Puga es uno de los posibles candidatos a ser el creador de esa curiosa y misteriosa obra de Arte

Asignar una autoría sólo hace que alguien se relacione históricamente con una obra de Arte, las autorías son mera especulación a veces, elucubraciones cuasi arqueológicas para encontrar, ufano, al autor que la compuso. Nos dejamos así en ocasiones condicionar por ese académico y divino magisterio sagrado. Pero la obra de Arte, si es original, si está compuesta en su momento y en su tendencia, si es una hermosa imagen acreedora de emociones, sensaciones, ideaciones o congojas, sólo necesitará ahora de nuestro aliento admirativo, nada más. De nuestro ver, ahora, cómo hacen ya que unas líneas, unas cosas dibujadas, un color, un reflejo o unos trazos sean la única autoría material, la más perfecta de todas, la admirada. Aunque pueda con su pincel anónimo llegar a componer ahora una especial emoción transfigurada... La catalogada también, sin embargo, enteramente sólo en nuestro más personal, sincero y único afecto: el que nos hace ahora sentir con lo que vemos...

(Óleo Ciudad sobre una roca, 1860?, Eugenio Lucas Velázquez -influido por Goya-, Museo Metropolitan de Art, Nueva York, EEUU;  Obra del pintor italiano Giovanni Francesco Grimaldi, Paisaje con Río y Barcas, 1640?, pintura conservada en el Museo del Prado, y que pudo ser la inspiración para la Ciudad sobre una Roca; Lienzo Soldado muerto, 1630, atribuida al pintor español Antonio de Puga, catalogada su autoría como Anónimo napolitano por el National Gallery de Londres; Obra Maja con perrito, 1865, del pintor Eugenio Lucas Velázquez, Museo Carmen Thyssen, Málaga; Obras de Goya, Caprichos, 1810-1820, Modos de volar y Todos caerán, Museo del Prado, Madrid; Óleo La muerte del torero, 1864, Manet, Museo Galería Nacional, Washington, EEUU.)

2 comentarios:

lur dijo...

Es lo que hemos comentado en varias ocasiones, se trata de que la obra consiga transmitir ciertas emociones al contemplarla.
Luego claro está, los entendidos del arte, quizás necesitáis saber de dichas autorías, para futuros estudios o comparaciones.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Claro, eso es lo que trato de decir: lo importante es la recepción de la emoción, sea el que sea el origen de su causa. Luego, aprenderemos más de lo humano y de sus formas. Ya quisiera ser lo que dices..., aprendo cada día al ver y mirar...; el resto, curiosidad. Muchas gracias como siempre.
Un abrazo.

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