2 de septiembre de 2012

La inmortalidad desconocida y su contraria, o quizá has vivido una vez un instante infinito...



Para cuando la vida se impone maravillosa, y nos obliga devocionalmente a enamorarla, a desearla, a mantenerla o a glorificarla, entonces, de pronto, desconsideradamente, algo contrario nos lleva ahora a sentirnos aturdidos, indecisos, con una serena, pasmosa y sobrecogedora intranquilidad. Para ese momento o tenemos algo que nos venga de fuera... y nos ayude interesado; o tenemos más vida ahorrada y poderosa, resguardada ya de antes para protegerla fuerte y dominarlo... O, también, tendremos que aprender a sublimar esa vaga sospecha con nosotros, es decir, con algo que sólo provenga de nosotros mismos, de nuestro interior, de nuestra más sincera, única y honesta manera de asumirlo.

¿Qué pasaría si no continuaramos -tan bien, tan eufóricos, tan vivos- al amanecer de un nuevo día? ¿Qué hace ahora que esa sensación nos condicione -al sospecharla incluso- todo el día anterior de ese momento? ¿Qué hacer para calmar esa sospecha, ahora incomprendida, inevitable o lastimosa? Los creadores y artistas habrían tratado de sublimar con su Arte esa sospecha... Pero, ¿se conseguirá en verdad alcanzar la salvación de no tratar de calmar esa sospecha? Cuando el pintor Paul Gauguin se marchara a su paraíso tahitiano para encontrar ese lugar perdido por el hombre, ese confort espiritual que le permitiese crear ahora la más maravillosa inspiración que alguien tuviera, descubrió el pintor entonces la pasión racial más lejana -terrenal- y, a la vez, más cercana -espiritual- que existiera.

Pintaría una vez a su amante polinesia -Tehura- como él recordara de su admirado colega Manet cuando hiciera igual con su Olympia recostada años antes. Pero ahora lo hace el pintor modernista de otra forma. La pinta de espaldas y desnuda por completo, voluptuosa con su figura impúber e inocente, pero abandonada absolutamente aquí a un temor..., para nada ahora a ningún deseo humano... Y es por eso que el lienzo fue también -como la Olympia de Manet- desestimado por el público timorato parisino de entonces. Pero es que nadie entendería entonces el verdadero mensaje de esa obra. No tiene nada que ver con el sexo ni con la pasión, ni con la efervescencia de la vida y sus efectos. No, el sentido de esa creación de Gauguin es todo lo contrario. Es ahora la muerte la que aparece visible en la figura enhiesta, oscurecida y quieta del fondo del lienzo. Y ella, la joven modelo acostada -su joven amante polinesia-, no sabe hacer ahora ya otra cosa que calmarse, que mantenerse así, inmóvil, sin deseos, sin mirar a otra cosa que a su miedo...

El pintor posimpresionista francés la descubrió así una noche, tan quieta y asustada, tan paciente, tan entregada a sí misma, tan indolente, que le sorprendiera al creador aquel alarde frío, personal, tan inocente. Desde entonces sólo quiso Gauguin plasmar ese momento... Y lo pinta en 1892 en su idílico paraíso tahitiano. Tanto le agradó su cuadro al pintor que, un año después, cuando quiso autorretratarse en otro lienzo suyo lo cuelga pintado ahora al fondo del mismo como un recuerdo indeleble de aquel fugaz y misterioso gesto. Y en ese cuadro dentro de su cuadro aparece Tehura ahora invertida, como el mismo rostro del propio autor pintado así tras el espejo.

El pensador y filósofo alemán Nietzsche se obsesionaría tanto con la muerte como con la vida. ¿Qué sentido podría tener para él algo tan desesperante, tan desolador, tan eliminador o tan permanente...? En una ocasión quiso exorcizarla con una narración clarividente y misteriosa, tanto como él mismo lo fuera o como su metafísica recompuesta, original, contradictoria, ingente y desasosegadora lo expresara en su obra filosófica. En su libro La gaya ciencia nos deja el gran filósofo alemán el siguiente texto para siempre:

¿Qué ocurriría si un día o una noche un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijese: "Esta vida, como tú la vives y la has vivido, deberás vivirla todavía otra vez e innumerables veces y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer y cada pensamiento y cada suspiro y cada cosa indeciblemente grande o pequeña de tu vida, deberá retornar siempre a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión. Así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas, y así también este instante y hasta yo mismo. ¡La eterna clepsidra de la existencia se invierte siempre de nuevo, y tú con ella, granito de polvo!"? 

¿No te arrojarías entonces al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que te habría hablado de esta forma? ¿O quizás has vivido una vez un instante infinito, en que tu respuesta habría sido la siguiente: "Tú eres un dios, y jamás oí nada más divino"? 

Si este pensamiento se apoderase de ti te haría experimentar, tal como eres ahora, una gran transformación y tal vez te trituraría. ¡La pregunta sobre cualquier cosa: "¿Quieres esto otra vez e innumerables veces más?" pesaría sobre tu obrar como el peso más grande! O, también, ¿cuánto deberías amarte a ti mismo y a la vida para no desear ya otra cosa que esta última, eterna sanción, este sello?

(Óleo del pintor francés Henri Michel-Lévi, La niña y la muerte, siglo XIX, Museo de Bellas Artes de Nancy, Francia; Cuadro La muerte y la doncella, 1916, del pintor expresionista Egon Schiele; Óleo El espíritu de los muertos vela, 1892, Paul Gauguin, Nueva York, EEUU; Autorretrato de Paul Gauguin, 1893, Museo de Orsay, París; Pintura de la autora prerrafaelita Evelyng de Morgan, Ángel de la muerte, 1881; Detalle de la obra Triunfo de la Muerte, 1562, de Pieter Brueghel el viejo, Museo del Prado, Madrid; Fotografía de un antiguo cementerio celta en Irlanda.)

2 comentarios:

lur dijo...

El triunfo de la muerte.
Cuando estuve en el Prado fue ésta una de las obras que al observar y escuchar su explicación me impactó.
Y es que como desde hace tantos años, la muerte en cierto modo, continua inquietándonos.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Entonces, en el Renacimiento, era un pavor espantoso; una lucha, una salida más. Se ve en esa gran obra. Ahora, es otra cosa. Pero, sigue siendo igual. El enigma no es ella, es cómo la enfrentamos.

Un abrazo.

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