2 de noviembre de 2012

La capacidad de tolerancia más grande ante la vida y el mundo la produce el Arte.



El Arte nos educará en la tolerancia mucho más que nada en este mundo. Porque la capacidad crítica se desenvolverá suave en el aspecto valorable de lo que atraiga o repele sobre aquello que tiene que ver con el modo de hacer Arte, con la composición o con el resultado -subjetivo- de lo que acabaremos apreciando en una obra. ¿Hay algo más universal y transversal -nos guste o no- que el Arte? Cuando un ateo observa el cuadro de la Sagrada Familia del pintor Rafael, ¿pensará acaso que lo que mira ahora, la belleza de lo que tiene delante, es algo rechazable, objetable o alienante para un espíritu materialista, agnóstico o anticlerical? Del mismo modo, cuando los herederos de aquellos enemigos de la Francia imperial de principios del siglo XIX vean el magnífico lienzo del pintor David sobre el dictador Napoleón, ¿pensaran que nada de belleza puede deducirse de un alarde tan belicista, imperialista o descorazonador? No. No es ese el sentido propio o verdadero del Arte. Porque el Arte es -junto a la literatura, aunque ésta menos manifiesta- la única representación cultural que no irrumpe negativa con motivos propagandísticos, torticeros o parciales de una expresión interesada -siempre que sea verdaderamente Arte y no otra cosa-. Por eso mismo no existe otra cosa como el Arte para enseñar la tolerancia en el mundo.

Es como la Belleza, nunca se cuestiona nadie si lo es o no lo es realmente, venga ésta de donde venga, proceda de una cloaca o de una elegante fragancia, de una cuna inferior o de una alta cumbre social, de una basta y desollada llanura o de un maravilloso e idílico vergel: la belleza asombrará gratamente siempre venga de donde venga. Si no hubiese sido por la iglesia católica y su decidida defensa de la imagen como vehículo de fe, probablemente hoy no estaríamos viviendo en la actual civilización de la imagen, de tanta influencia en nuestras vidas. Como es bien sabido de las grandes religiones monoteístas, el Judaísmo y el Islam rechazan el uso de las imágenes en lo religioso, e incluso el propio cristianismo estuvo en peligro de suprimirlas durante el famoso episodio de los iconoclastas (destructores de imágenes), que tuvo lugar en Bizancio allá por el siglo VIII. Tras la querella de los iconoclastas hubo otro momento delicado que hizo peligrar la utilización de imágenes en la Cristiandad occidental. Fue el cisma de Lutero en el siglo XVI, cuando rechazó el uso de imágenes en los templos por su manifiesta exhibición de lujo e idolatría. (Profesor Pablo López Raso, El triunfo de la imagen, de las catacumbas a los jesuitas.)

Podremos estar o no de acuerdo con el país donde haya nacido un pintor, con la cultura regional de donde proceda éste, y hasta con la filosofía que ilumine su mente, pero, sin embargo, su obra artística siempre será el resultado, absolutamente independiente, del imparcial objetivo misterioso del Arte. De algo que es autónomo en sí mismo, que no pertenece a nada ni a nadie, ni siquiera al propio creador que lo origine inconsciente... Tan sólo a la grandiosidad artística de su acabado, a la maravillosa expresión de sus colores o a la perfecta composición plasmada de su encuadre. Y estas ahora serán las únicas cosas que se adueñen del motivo real -independiente- de todo sentido artístico expresado en una obra de Arte. Luego, incluso, llegaremos a admirar o no su virtuosismo en el alarde comunicador o simbólico que posean algunas obras. El Arte servirá entonces para comprender y para relativizar las cosas del mundo, aceptando así la belleza como un elemento unificador de posiciones o de delirios. Y todo esto, contenido y continente, desarrollará en el Arte, sin embargo, las definitivas formas de enjuiciar una creación artística sublime. En algún caso como exhaltación genial de expresar alguna de las grandes cosas que abruman a los hombres; en otros como la manifestación más bella que de una emoción sea capaz de expresarse en una imagen.

(Óleo del pintor Rafael Sanzio, La Sagrada Familia del Roble, 1518, Museo del Prado, Madrid; Cuadro Napoleón cruzando los Alpes, 1801, del pintor neoclásico David, Alemania; Óleo Isaac bendiciendo a Jacob, 1638, del pintor flamenco Govert Flinck, Museo de Amsterdam; Pintura del pintor postimpresionista Gauguin, Jacob en lucha con el Ángel, 1888, Galería Nacional de Escocia; Óleo Sheherazade, 1913, del pintor austro-húngaro Franz Helbing.)

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