15 de mayo de 2013

El apego, algo lacerante y lastrante en la vida que el Arte ni nos pide, ni nos da.



Podemos tener, por ejemplo, una bella reproducción maravillosamente enmarcada de Rembrandt en nuestra casa. Podemos admirarla y desearla ver. Terminará, incluso, siendo una forma decorativa de identificación artística, nada más. Descubriremos, más tarde, que hay centenares de miles de obras de Arte que, al igual que esa, hubiesen podido ser la elegida también, sin menoscabar ahora el mismo sentimiento. Al entender ésto, poco a poco conseguirá el Arte enseñarnos una cosa muy importante: que nada es imprescindible ni necesario para desarrollar una vida. 

El apego es un mecanismo biólogico de protección y supervivencia. Necesario en los inicios de la vida, cuando ésta es precaria y requiere entonces cuidados para el nuevo ser, que no surge a la vida completo ni autosuficiente. Sin embargo cuando, finalmente, el ser se configura y se desarrolla pierde sentido todo apego. Aquí, en este proceso existencial, es cuando algo falla ahora sin saberse, cuando confundiremos preferencia con necesidad y deseo con desesperación. La misma libertad que ejercemos al elegir una obra de Arte, una que pueda sernos gratificante en un momento, es la misma libertad que nos hará entender por qué nos gustará tanto y qué tendrá de creatividad genial, o de otros elementos -algo no único de por sí-, y que, finalmente, harán al Arte un medio extraordinario de transmitir emociones y belleza.

Por eso el Arte nos ayudará a comprender que todas las tendencias nos pueden servir para lo mismo... Que ni una sola obra de Arte, ni un solo autor, nos seducirán tanto que ensombrezcan otras obras u otros creadores. Incluso nos enseñará también que el mismo autor favorito, ese creador que nos fascinara tanto ver y apreciar, con el que nos identificaremos tanto, puede haber creado además otras obras que no nos digan nada, que nos gusten tan poco como aquellos otros artistas que para nada quisieramos ver. Y, también, un día descubriremos que éste, aquél que no queríamos ver, creó una vez una obra que ignorábamos y que admiraremos ahora, sorprendidos, entendiendo así que sólo es el Arte de todos y no el apego de alguno lo que, verdaderamente, nos ayude en algo a comprender y sobrellevar la vida.

(Lienzos de Gustav Klimt: La maternidad, 1905; y El Beso, 1908, Galería Belvedere, Viena; Óleo extraordinario de Rembrandt, El molino, 1648; Obra de Cézanne, Jugadores de cartas, 1895, una de las obras más cotizadas de la Historia, alcanzando los 250 millones de dólares.)

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