6 de junio de 2013

El creador más espiritual compuso, sin embargo, su obra más terrenal y sensualista.



¿Cómo podría un artista como El Greco crear algo tan sobrenatural o sagrado desde presupuestos, sin embargo, tan sensitivos, mundanos o terrenales? Gracias al Manierismo y a su alarde misterioso, ese que desarrollaría el autor en unos niveles no antes, ni después, superados por nadie. Y, ¿cómo crear así toda una excelente obra de Arte, toda una sinfonía universal de lo incognocible compendiada ahora como si fuera una extraordinaria mitología general de la vida? El Greco fue uno de los más especiales pintores que hayan existido jamás. Dominaría su técnica manierista y expondría, con ella, el significado más primoroso de lo que es pintar verdaderamente. De lo que es crear -representar en una imagen iconográfica- con equilibrio geométrico y colorista la historia más inasequible que sea, contada ésta además con asombro, misterio y contraste mitológico. Cuando le encargaran en el año 1586 componer la leyenda del milagro del entierro del conde de Orgaz (siglo XIV), sólo sabría El Greco que dos santos habían bajado a ayudar a enterrar al dicho conde (San Agustín y San Esteban). Pero, ahora, ¿cómo expresarlo?, ¿cómo hacerlo magistralmente con algo más que soltura artística?, ¿cómo crear así una inspirada y genial obra, y no realizar un mero retrato hagiográfico más? Y, así, fue como el autor conseguiría ir con su Arte mucho más allá de lo que retratase...

Lo que es el Arte, finalmente. La obra -situada en una de las paredes de una capilla de la iglesia toledana de Santo Tomé- requerirá entender ahora dos milagros, el que fijará el autor en su escena -el propio entierro del conde-, y el que, verdaderamente, ocultará ahora su espléndido y mágico cosmos iconográfico. Dos mundos son aquí representados -el espiritual y el terrenal-, y se superponen los dos sin solución de continuidad además. No están juntos pero tampoco separados. El alma del conde recorrerá esa inexistente frontera como un neonato en brazos de un ángel que lo eleva hacia la Madre celestial, esa que, ahora, lo mira candorosa y acogedora. Porque no se cruzarán ahora, sin embargo, las miradas -humanas- desde el fondo terrenal hasta las otras -celestiales- que, más arriba, reinarán desdeñosas. Sólo que desde abajo, desde la lúgubre tierra mortecina, algunos rostros se atreverán y mirarán, tímidos, hacia arriba... Los demás no mirarán a nada. Tan sólo una figura -el modelo retratado como Alonso de Covarrubia, amigo íntimo del Greco- será aquí el único de los personajes terrenales que, ahora, mirará directo hacia la figura de un conde cadavérico -¿el verdadero protagonista de la obra?- en su postrado terrenal escenario.

Pero será otra la descripción, más peculiar y literaria, que de esa misteriosa obra de El Greco se escribiese alguna vez para enaltercerla sorprendente. La que, creo, sintetizará mejor aún el sentido auténtico de esta obra maestra de El Greco, y que relataría una vez el gran escritor español Pío Baroja en su novela Camino de Perfección (1902):

El no creía ni dejaba de creer. El hubiese querido que aquella religión tan grandiosa, tan artística, hubiese ocultado sus dogmas, sus creencias, y no se hubiese manifestado en el lenguaje vulgar y frío de los hombres, sino en perfumes de incienso, en murmullos de órgano, en soledad, en poesía, en silencio. Y así, los hombres, que no pueden comprender la divinidad, la sentirían en su alma, vaga, lejana, dulce, sin amenazas, brisa ligera de la tarde que refresca el día ardoroso y cálido. Y, después, pensaba que quizá esta idea era de un gran sensualismo, y que en el fondo de una religión así, como el señalaba, no había más que el culto de los sentidos. Pero, ¿por qué los sentidos habrían de considerarse algo bajo, siendo fuentes de la idea, medios de comunicación del alma del hombre con el alma del mundo? Pero, al salir de la iglesia a la calle, se encontraba sin un átomo de fe en la cabeza. La religión producía en él el mismo efecto que la música: le hacía llorar, le emocionaba con los altares espléndidamente iluminados, con los rumores del órgano, con el silencio lleno de misterio, con los borbotones de humo perfumado que sale de los incensarios.

Pero que no le explicaran, que no le dijeran que todo aquello se hacía para no ir al infierno y no quemarse en lagos de azufre líquido y calderas de pez derretida; que no le hablasen, que no le razonasen, porque la palabra es el enemigo del sentimiento; que no trataran de imbuirle un dogma; que no le dijeran que todo aquello era para sentarse en el paraíso al lado de Dios, porque él, en su fuero interno, se reía de los lagos de azufre y de las calderas de pez, tanto como de los sillones del paraíso. La única palabra posible era amar. ¿Amar qué? Amar lo desconocido, lo misterioso, lo arcano, sin definirlo, sin explicarlo. Balbucir como un niño las palabras inconscientes. En otras ocasiones, cuando estaba turbado, iba a Santo Tomé a contemplar el Enterramiento del Conde de Orgaz y le consultaba e interrogaba a todas las figuras.

(Obra maestra de El Greco, El Entierro del conde de Orgaz, 1587, Iglesia de Santo Tomé, Toledo, óleo completo y detalles del mismo.)

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