4 de enero de 2014

El gran salto a la modernidad fue una alegoría primitivista, orientalista, rústica y natural.



Picasso no llegaba a titular sus obras justo al terminarlas, a veces tardaba hasta dos años en hacerlo. Cuando finalizó una de sus obras más emblemáticas del inicio cubista -esas mujeres desnudas y deformadas realizada en el año 1907-, no fue entonces sino un amigo y crítico -André Salmon- quien nombraría el cuadro como Las señoritas de Avinyó. Hacía referencia este título a unas putas de un prostíbulo de la calle Avinyó de la ciudad de Barcelona. Pero como fuese un lugar muy poco conocido, alguien empezaría a confundir el nombre de la calle barcelonesa con la palabra homófona más conocida de la ciudad francesa de Avignon. Pero, sin embargo, ¿qué llevaría a Picasso, verdaderamente, a crear esa pintura tan absolutamente extraña para entonces?

El Impresionismo había comulgado gratamente con las innovaciones técnicas y el progreso social e industrial de la sociedad urbana del siglo XIX. Así fue como los pintores Manet y Monet, por ejemplo, plasmaron ciudades modernas y orgullosos ferrocarriles en sus maravillosos y sublimes cuadros. Las grandes naciones europeas habían colonizado casi todo el mundo y trataron de influir -y explotar- en esos territorios así como en sus gentes y su historia. Europa celebraría en el año 1884 en Berlín una conferencia para repartirse todo el mundo colonial conocido y por conocer. Así se descubrirían las veladas intenciones egoístas de la sociedad occidental en todos esos remansos de naturaleza virgen, pura, natural, oriental y primitiva.

Pero también por entonces nuevos jóvenes creadores, artistas nacidos en la segunda mitad del siglo XIX, comenzaron a romper con sus maestros y con los convencionalismos -si no técnicos y académicos, sí conceptuales y morales- ofreciendo una nueva forma de expresión, una forma que ellos entendían como el mejor modo de representar las cosas del hombre y su mundo. Sin embargo no era todo eso nuevo del todo. El orientalismo, por ejemplo, fue una forma de expresar lo diferente y lo desconocido en Europa desde el siglo XVIII, resaltando las virtudes oníricas y fantasiosas de un mundo que, por su exotismo, conllevaría tanto una admiración como una afición -aunque más personal que social o institucional- en el mundo del Arte occidental.

Lo primitivo fue utilizado como un concepto contradictorio por entonces, es decir, como una forma tanto despectiva como positiva además de entenderlo, y ambas simultáneamente. Cuando en el año 1886 llega el pintor Paul Gauguin a la región de Pont-Aven, en la costa noroccidental francesa, descubre un lugar elegido treinta años antes por otros artistas y creadores. Un lugar donde vieron el paraíso pintoresco y alejado de la avasalladora sociedad industrial, un espacio que entonces -mediados el siglo XIX- podía aún representar aquellos valores tan puros que ellos anhelaran. En esa región francesa se desarrollaría una nueva forma de crear -La escuela de Pont Aven-, una tendencia artística que luego llevaría a otras diferentes -aunque parecidas- escuelas por toda Europa, y que tratarían de innovar con sus alardes primitivos una inspiración más natural, más cercana a las cosas simples y alejadas de toda sofisticación, industrialización o desarrollismo.

Y es por lo que el Arte Moderno surgió de una oposición a la cultura tradicional, industrializada y urbana de finales del siglo XIX. El creador francés Alphonse-Etienne Dinet (1861-1929) llegaría incluso hasta cambiar de creencia -se haría musulmán-, para identificarse mejor con el mundo que le arrebataría y seduciría de aquellas regiones norteafricanas de la Argelia francesa. En sus retratos de la belleza más racial de las mujeres argelinas trataría el pintor de conseguir describir la naturalidad y la pureza de esos rasgos como la más perfecta representación de lo ideal, de lo exquisitamente natural, sin los aspectos contaminados o abyectos de la hiriente sociedad occidental de la que él era originario.

En Las señoritas de Avignon el creador español Picasso rompe completamente con la forma de entender la perspectiva, los contornos, el perfil y los colores usados por sus maestros. Pero, ¿no dejaría también de traslucir él así además una expresión primitiva con esos semblantes tan tribales? No obstante, asociaría de este modo el pintor cubista una manera de crear innovadora a una interpretación reivindicada de esos mismos elementos. Esos elementos con los que otros antes que él habían comenzado a llevar a cabo -aunque de otra forma- sus creaciones artísticas. Gauguin fue un claro precedente de esto. Su extraordinaria producción polinesia muestra ya la inspirada manera de vincular, por oposición, naturaleza frente a sociedad urbana, por ejemplo. Es decir, poblaciones inocentes y todavía puras entregadas a su sentido natural frente a los seres depravados, obtusos y pretenciosos de la torturada y torturante sociedad industrial.

Pero, además, ¿no sería todo eso una forma de utilización de esas mismas culturas primitivas para realizar con ellas una manipulación de su devenir histórico? Porque todo Arte es una forma de poder subliminal, de subjetivismo para ser expresado luego siguiendo unas pautas propias que cada creador condicionará en su obra. Sin embargo, ¿se justificará el Arte para poder ser utilizado como un arte manipulador? El Arte es y debe ser libre en todas sus matizaciones. El Arte sólo es una expresión artística más, de todas las que existen. Y el Arte, más allá de una visión bella o marcadamente conceptual, no tratará nunca de conseguir cambiar nada, ni de condicionar nada, por mucho que el que lo exprese lo pretenda, o parezca que lo pretenda de la forma más condicional o manipuladora que quiera hacerlo o expresarlo. Pero, a pesar de todo eso, sin embargo, este fue el gran salto que diera el Arte clásico hacia la Modernidad...

(Óleo La siesta, 1933, del pintor Marius Buzon, Francia; Obra Las señoritas de Avignon, 1907, Picasso, Museo de Arte Moderno, Nueva York; Cuadro Escena en el jardín de un serrallo, 1743, Giovanni Antonio Guardi, Museo Thyssen Bornemisza, Madrid; Óleo En el borde de la Rambla, 1890, Alphonse-Etienne Dinet, Museo de Reims, Francia; Pintura de Paul Gauguin, Visión tras el sermón, 1888, Galería Nacional de Escocia; Obra Los dioses y sus fabricantes, 1878, Edwin Long, Inglaterra; Obra de Van Gogh, Retrato de Père Tanguy, 1887, Museo Rodín, París; Óleo Mata Mua -Érase una vez-, 1892, Paul Gauguin, Museo Thyssen Bornemisza, Madrid.)

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...