28 de enero de 2014

Y una golondrina posada ahora sin saber por qué lo está...



Cuando el gran pintor español Federico de Madrazo (1815-1894) viese La Anunciación del pintor italiano Fra Angélico en el convento de las Descalzas Reales de Madrid, no dejaría de pensar que esa extraordinaria obra debería estar en el Museo del Prado. Director del museo madrileño desde el año 1860, dos años después conseguiría por fin convencer a las monjas del convento para que les cediera la maravillosa pintura en tabla del creador florentino. Pero, eso sí, tuvo que realizar el maestro español una copia de la misma Anunciación a cambio. En cualquier caso, Madrazo seguro sentiría un doble placer: poder admirar en su museo la perfección, brillantez, equilibrio y belleza de esta magnífica obra del gótico-renacentista italiano, y, por otro lado, emular al gran Fra Angélico llevando a cabo la recreación de tan inspirada y extraordinaria obra.

Y, a la vez, admirar los colores, la armonía del espacio, las bóvedas de los arcos interiores..., ahora con un profundo azul celestial, con la correcta delineación además de todas sus curvas. También el contraste entre el escenario exterior selvático del Paraíso perdido -paraíso perdido por la primera pareja humana que, cabizbaja, abandona su idílico paisaje- con el artificial recinto humano del mundo material que es realzado aquí ante la anunciada redención de lo divino. Todo muy elaboradamente conseguido además, tanto el tono dorado propio del momento pictórico como el temple de alguna que otra grasa animal con la que, por entonces -principios del siglo XV-, los pintores desarrollarían todavía sus obras de arte góticas.

Las alas serán aquí glosadas por el autor. Y desde muy diferentes representaciones simbólicas. En los ángeles y en el Espíritu santo -éste ahora aquí a través del rayo de luz-, pero, también, en una pequeña golondrina parada ahí... Una golondrina que, posada indolente en una guía o tirante de los arcos, sorprende aquí por su inédita y curiosa forma de aparecer así ahora en una obra de Arte. Un muy poco seguro histórico personaje bizantino del siglo IV d.C., Horápolo de Alejandría, fue de los primeros escritores de la Antigüedad que tratarían sobre la golondrina en los jeroglíficos egipcios. Al parecer fue él quien compuso la obra Hieroglyphica, un tratado oscuro y misterioso que ofrecía explicaciones sobre los símbolos y caracteres del antiguo Egipto. Descubierto el manuscrito en el año 1416 en una isla griega, sería luego llevado a Florencia donde humanistas de entonces lo acogieron con interés, curiosidad y anhelo. 

En una de las entradas de la misteriosa obra jeroglífica aparecía la explicación simbólica de la golondrina. El autor comentaba que cuando los antiguos egipcios querían indicar los bienes dejados a sus hijos, lo representarían siempre con la imagen de una golondrina. Pues esta ave cuando se sentía morir se arrastraría ahora por el barro, y, con él, construiría así un nido para sus polluelos. Y en esa relación paterno-filial sacrificada vieron los florentinos del inicio del Renacimiento una reminiscencia de la Pasión y Redención cristianas. Y el nido entonces sería el personaje sagrado de María, sobre el que se encarnaría ahora un Dios que salvaría la herencia de aquellos seres perdidos de antes, esos que aparecen aquí a la izquierda del lienzo ahora condenados, humillados, desolados... y avergonzadamente vestidos. 

Pero la grandeza de la obra La Anunciación del pintor Juan de Fiésole (1390-1455), verdadero nombre de Fra Angélico en su convento dominico, supo verla por entonces Federico de Madrazo cuando llegara éste a realizar una copia del cuadro para poder gozar luego del original en el Museo del Prado: su Belleza creativa tan anticipada de lo que sería el Renacimiento artístico posterior. Porque ya todo estará ahí... Estará la composición en diferentes espacios, estará la perspectiva más hermosa entre sus arcos; estarán también los colores, los suaves pero también los inusuales de un suelo ahora entremezclado, más fantasiosos tal vez que reales -en un extraño entramado aquí de colores claros, amarillos, azules, verdes-, y que contrastarán todos ellos con el agreste tono más oscuro del vislumbrado apenas suelo de la estancia interior.

Y de ese mismo modo están también aquí los verdes y los marrones, los cálidos y los fríos... La naturaleza feraz y la arquitectura clásica. La fragancia natural y la elaborada simetría de los rasgos construidos por el hombre. Lo humano y lo divino... Y el rayo de luz..., un poderoso símbolo divino éste guiado ahora aquí por el trazo perfecto que marcará un sobrevenido punto de fuga celestial. Y los rosetones en grisalla, y el friso superior, y los capiteles, y las columnas, y los pliegues de los vestidos. Y las estrellas artificiosas de las bóvedas azules. Y sus arcos. Y la luz. Y una golondrina posada ahora... sin saber por qué lo está.

(Fragmento de La Anunciación de Fra Angélico; Temple sobre tabla de Fra Angélico, La Anunciación, 1426, Museo del Prado, Madrid.)

2 comentarios:

Spaghetti dijo...

Me he tomado la libertad, sin su permiso, de publicar la dirección de este blog en la página de facebook "Taller de lecturas compartidas".
https://www.facebook.com/groups/592801140796006/
porque me parece de una calidad cultural y belleza extraordinaria, tanto de las imágenes como en los contenidos y merece más difusión y enriquece el conocimiento de los que visitamos este blog.
Gracias por el esfuerzo de mantenerlo.
Spaghetti.

Arteparnasomanía dijo...

Tienes todo el permiso que quieras. Gracias a ti, Spaghetti, por tu comentario. En estos momentos, no fáciles ni especialmente motivadores, estos gestos ayudan mucho. Gestos, por otra parte, que dicen más del que los hace que del que los recibe.

Un abrazo.

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