22 de febrero de 2014

Un naufragio artístico salvado entonces por la impenitente ansia tan humana de copiar.



Cuando las cosas naufragan dejan de ser, aunque sigan existiendo... Entonces vagarán por el limbo jurídico de lo impreciso, de lo indelimitado, de lo imposible, de lo insensato o de lo desaparecido sin final. De ese modo las obras creadas antes del naufragio dejan de serlo después, dejan de haber sido incluso creadas alguna vez. Salvo que algún día las cosas hundidas dejen de estarlo. Porque hoy, en determinadas circunstancias, la tecnología nos permite recuperar del inframundo abisal de los naufragios gran parte de lo perecido en el pasado. Pero, ¿y antes, cuando los mares vencían con su magnitud la voluntad de los hombres de recuperar lo perdido? Por eso las obras de Arte -objetos que sólo existieron si existen aún- nunca se catalogarían después de los desastres irreversibles -no en el caso de los robos, que sí puede ser reversible- como objetos con sentido real, con pasado, entidad o con recuerdo. Sencillamente dejaron de existir, y, por lo tanto -en el Arte-, como si nunca hubiesen existido.

Uno de los períodos artísticos más exitosos en la Historia fue el comprendido en Holanda durante parte del siglo XVII, desde su inicio hasta la invasión francesa de 1672, momento conocido como Siglo de Oro de la pintura holandesa. En esos años el país conseguiría una sociedad tan próspera y liberal que los pintores proliferaron por doquier. Tanto la economía -fueron los más activos comerciantes- como la religión -el calvinismo cambiaría las costumbres- condicionaron un tipo de hacer pintura y Arte. Ahora las escenas dejaron de ser exclusivamente religiosas o mitológicas para transformarse en realistas escenas cotidianas, en un reflejo extraordinario de las costumbres ordinarias y de las vidas interiores -dentro de las casas- de los hombres.

Y así se llegaría a pintar todas las cosas imaginables de la vida rutinaria de las gentes. Estas obras abundaban por todos los rincones y eran adquiridas no solo por ricos o pudientes, sino por cualquier persona -artesana o comerciante- que quisiese adornar las paredes de su casa con ese maravilloso Arte. La calidad, sin embargo, desmerecería mucho los valores estéticos entre la abundancia de obras y la temática -cosas vulgares y simples- de sus creaciones. Así que algunos creadores -de la escuela de Leiden, por ejemplo- comenzaron a afinar más sus trazos de estilo para hacer de sus obras unas muy elaboradas composiciones, aunque se trataran de escenas cotidianas, realistas o de costumbres humanas tan vulgares y corrientes.

Y en esa escuela holandesa de Leiden proliferaron algunos artistas aunque sólo unos pocos llegaron a merecer el elogio de los años. Algunos muy conocidos -como el gran Rembrandt-, pero la mayoría no lo fueron tanto. Sin embargo, sí destacaron otros pintores que fueron algo valorados en su época, aunque fuera luego, en los siguientes años, cuando los grandes compradores de Arte -las cortes europeas del ilustrado siglo XVIII- volvieran ahora sus ojos a esas sencillas -por su temática- aunque magistrales obras maestras holandesas. Uno de aquellos creadores lo fue el pintor del Barroco Derrit Dou (1613-1675), también conocido como Gerard Dou en el resto de Europa .

Sobre el año 1648 compuso este pintor holandés un tríptico, una estructura más habitual en obras religiosas de otros artistas barrocos -de siglos y tendencias anteriores- o de países europeos mucho más devotos -Italia, España o Francia-. Pero él por entonces, más acorde con su realista, costumbrista y pagana forma de crearlos, llevaría ahora al gran Arte holandés, el mismo arte de aquellos alardes espectaculares y tridimensionales de otros estilos y épocas, a reflejar sus creaciones más intimistas, sugerentes y humanistas del momento. Y desarrolladas además no tanto para adoctrinar, extasiar o iluminar sino más bien para asombrar, estimular, maravillar o educar bellamente.

Y así fue como su obra Alegoría de la educación artística sorprendería mucho entonces tanto por una elaborada técnica del claroscuro y de escenas armoniosas y perfectas, como por la manera en que acompañaría aquí -con el tríptico- diferentes formas de desarrollar o educar un arte -en este caso artesanas actividades- con otras no menos carentes de habilidad. Pero, sin embargo, esta magnífica obra de Gerard Dou no la veremos nunca -al menos por ahora-. Porque la que ahora vemos aquí no la realizó él, aunque él sí que compuso la original antes. Esta que vemos ahora fue copiada de la suya por un pintor alemán afincado en Amsterdam, Willem Joseph Laquy (1738-1798), que la pintaría con toda seguridad antes del fatídico verano de 1771.

El tríptico de Dou adquiriría tanta fama entonces, mediados del siglo XVIII, que los más poderosos compradores europeos se quisieron hacer con la obra. La amante del rey francés Luis XV, la marquesa de Pompadour, quiso regalárselo al monarca galo febrilmente, pero ignoraba ella que, todavía, había otra gran mujer -mucho más grande- que la deseaba apasionadamente. La emperatriz de Rusia Catalina II anhelaría el tríptico de Gerard Dou quizá con mayor ahínco. Esta zarina rusa se caracterizó por ser una de las mujeres más ilustradas de ese siglo y no podría dejar pasar la oportunidad de poseer una de las obras más emblemáticas del rasgo ilustrativo de la época.

Así que cuando se celebró una subasta en Holanda en julio de 1771, el tríptico de Dou se llegaría a cotizar por unos 14.000 florines de entonces, cantidad que abonaría Catalina II de Rusia por su deseada obra del maestro Dou. Los holandeses organizaron hábilmente el traslado de la obra hacia Rusia. El cargamento del buque fletado incluía además otras creaciones y otros muchos objetos artísticos de gran valor. Así que la carga, al parecer muy bien embalada y protegida, embarcaría en Amsterdam con destino a San Petersburgo en septiembre de ese mismo año. Pero, sin embargo, nunca nada de su contenido llegaría a Rusia ni a ninguna otra parte... El buque holandés, el Lady María -Frau Maria o Vrouw Maria-, naufragaría a unos doce kilómetros al sudeste de la isla de Jurmo, en el mar Báltico, hoy una isla de Finlandia pero entonces aún territorio de Suecia.

Y el Museo Nacional de Amsterdam, el Rijksmuseum -aperturado a comienzos del siglo XIX-, quiso poseer el recuerdo de aquel tríptico así como de otras obras del pintor de Leiden y de otros creadores holandeses de entonces... Pero, todas ellas copias de obras originales desaparecidas en aquel naufragio. Y así es como hoy aparecen expuestas -las imágenes copiadas de aquellas barrocas obras- en este importante museo holandés . Pero con la leyenda titulada del famoso apelativo que suele añadirse a las obras que han sido copiadas: después de. La obra holandesa aquí mostrada es: Alegoría de la educación artística después de Gerard Dou, del autor Willen Joseph Laquy. Existe una obra en este museo de otro cuadro que naufragara también en aquel barco, en este caso de otro famoso pintor holandés, Gerard Ter Borch (1617-1681), el cual se copiaría sobre 1728 por un autor desconocido y que se titula en el museo de Amsterdam como Joven con perro después de Gerard Ter Borch (aunque en algunos lugares ni siquiera se especificará el después de, lo que llevará a una confusión histórica).

De aquel naufragio -y de esas obras originales- no se volvió a saber nunca nada hasta el año 1999, cuando el buzo y buscador de pecios finlandés Rauno Koivusaari hallara los restos hundidos de aquel famoso velero. Así que ahora la inexistencia, de pronto, acabará por devolver a la realidad de lo inesperado aquellos objetos maravillosos, aquellas grandes obras de Arte que un día dejaron de ser. Ahora los holandeses, los fineses, los suecos y, por supuesto, los rusos desearán eliminar más de doscientos años de golpe... para volver a aquellos años finales de 1771 (aunque menos a Finlandia le interese atrasar el tiempo, hay que tener en cuenta que no hace ni cien años que Finlandia existe como país). Al parecer los cuadros fueron envueltos en estuches de piel de arce, para luego colocarlos además en vasijas de plomo cubiertas con cera. De ser todo esto así es muy posible que el tiempo y el agua no hayan deteriorado mucho más todas aquellas maravillosas -y ahora reexistentes- obras maestras del Arte.

(Tríptico Alegoría de la educación artística, después de Gerard Dou, realizado entre 1760-1771 por Willem Joseph Laquy, -sin embargo, la obra original fue realizada ya por el pintor del barroco holandés -de la escuela de Leiden- Gerard Dou sobre 1648, desaparecida en el naufragio del Frau Maria en octubre de 1771-, Rijksmuseum, Amsterdam; Óleo La villa a orillas del río después de Jan van Goyen -pintor holandés del barroco, 1596-1656-, obra realizada por su compatriota y coetáneo Jan van der Heyden, 1637-1712, antes de 1712, aunque el original relacionado en la aduana holandesa de 1771 aparece esta obra como del maestro Jan van Goyen, perdida en el naufragio del Frau Maria en 1771, Rijksmuseum, Amsterdam; Pintura desaparecida también en este naufragio, Joven con perro después de Gerard Ter Borch -pintor holandés del barroco, 1617-1681-, realizada por autor desconocido antes de 1771, Rijksmuseum de Amsterdam, Holanda.)



4 comentarios:

Spaghetti dijo...

Resulta curioso todo el esplendor de ese tiempo en la pintura holandesa...quizás lo fuera porque los cuadros (y todo lo demás), se pagaban con flores. En bulbos de tulipanes exóticos.

Arteparnasomanía dijo...

Que estaban sobrevalorados, además. Uno de los comerciantes se arruinó y debió dedicarse a la pintura (van Goyen), http://arteparnasomania.blogspot.com.es/2013/04/el-matiz-diferente-de-una-historia.html

Saludos.

lur jo dijo...

La avaricia de los humanos, como en tantas otras ocasiones, salpicará al arte si consiguen extraer dichas obras.

Aunque desde mi humilde opinión, el exceso de tiempo bajo el mar, aún estando perfectamente embaladas, habrá hecho mella en las pinturas. Claro que si así fuera, siempre les quedará otro tipo de objetos valiosos que supongo fueron embarcados en el buque.

Curiosa la noticia, relacionada con el arte, que hoy compartes para nuestro disfrute.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Cuando las obras artísticas se descubren después de muchos años escondidas multiplican su valor, independientemente de su apreciación estética. Es el valor añadido arqueológico, algo que seduce tanto por haber sido quizás, -como Moisés- recuperadas ahora de las aguas...

Un abrazo.

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