30 de julio de 2014

Y, entonces, el mundo perdió la inocencia para siempre...



Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Así comienza su famosa novela Historia de dos ciudades el escritor inglés Charles Dickens. Así quiso retratar el novelista una época que iniciaría el mayor cambio producido en la Humanidad... al menos hasta la Segunda Guerra Mundial. Porque el mundo no volvería ya a ser como antes, con su inocente mirada o con sus estrictos límites trazados en la vida, costumbres o formas con las que los seres humanos habrían organizado ya su mundo. El siglo XVIII tuvo algunos conflictos bélicos, enfrentamientos entre países y territorios pero donde las guerras eran entre guerreros y en el campo del honor, donde entonces las batallas -sangrientas, sin duda - se ganaban o perdían sin dañar tanto al resto de la población. Antes de eso, incluso, Europa había vivido años de gran dolor -la guerra de los treinta años del siglo anterior-, pero nunca la vida habría tenido un alarde de tanta crueldad gratuita, tan despiadada, forzada y desgarrada -probablemente a causa de nuevas armas, cantidad de personas dispuestas a la lucha y el cainismo- como la que sucumbió en Europa a partir de la Revolución francesa y, luego, con el impulso devastador que los ejércitos napoleónicos hicieron de modo desalmado e indiscriminado contra una sufrida y desvalida población. 

Y fue particularmente trágico en España, donde se perdió pronto la inocencia, un país que sufrió como ninguno -quizá por resistirse tanto- la fuerza poderosa de aquel Napoleón. Tal fue su impronta en la gente que, años después de acabar el conflicto -la guerra de la independencia de 1808-, algunos pintores españoles seguían creando escenas muy dramáticas que nunca, antes de aquellos años, se hubiesen siquiera atrevido a pintar. Goya, el maestro de todos entonces, fue el primero que lo hiciera, el único, el primordial, el más genial, el más anticipado, el mejor. Pero después hubo seguidores suyos que, admirados de él, quisieron emularle... Tanto que, hasta hace poco, algunas obras de Arte habrían sido asignadas a Goya sin serlo de él realmente. El Museo del Prado dispone desde el año 1912 de dos obras, La hoguera y La degollación, dos lienzos que fueron donados al museo y desde siempre atribuidos a Goya... Pero desde hace unos años, sin embargo, se mantiene que es seguro que fueron obras creadas por discípulos o seguidores de él. Pero, se ignora quiénes. El maestro español fue tan poderoso que ensombreció a todos sus seguidores o ellos ni se atrevieron a sobresalir... no firmando remedos artísticos de sus obras.

Pero, da igual, el anonimato aquí es lo de menos. Lo importante es la cronología, y ésta es incuestionable: primera mitad del siglo XIX. Y es significativo esto porque la época, primera mitad del XIX, es el momento pleno del Romanticismo, de la pasión más irreal y ensoñadora, de la épica más gloriosa y de los destellos emocionales más subyugantes por bellos, sensibles, altruistas o sosegadores... Y, sin embargo, hubo aún hombres que decidieron seguir mostrando por entonces su impresión de lo que era la cruel humanidad, o de lo que podría llegar a ser... De que, a pesar de los encantamientos esporádicos o coyunturales de lo que aconteció después del año 1815 -cuando Napoleón y su despiadada desolación acabase-, el hombre y su mundo seguirían portando aún el terrible gen de su desconcierto más aterrador, de su profundo y cruel impulso criminal o de su ceguera mortal contra los otros..., sus iguales. En definitiva de su irracional -a pesar de los años que pasen- forma de encarar el destino de los demás seres humanos en el mundo.

Y así pintaron -uno o varios seguidores de Goya, no se sabe bien- esas dos magníficas y extraordinarias pinturas hoy expuestas en el Prado. Extraordinarias porque supieron sus autores -en tan temprano momento- plasmar ya el oculto sentido de las acciones más violentas que encierra el espíritu humano. ¿El espíritu humano? ¡Qué contradicción! Pero, así es. Es el mismo espíritu -humano- que hará sentir otras cosas humanas... Porque, a veces, trataremos de bárbaros, monstruosos o terroríficos a esos seres violentos, cuando son iguales a nosotros... Somos humanos todos y todos llevaremos el mismo potencial entramado de vísceras, emociones, pensamientos, desesperación o maldad. Por eso el pintor -o los pintores- crearía así esas obras, a pesar de mostrar aquí con el sesgo del color o del semblante una sutil diferencia entre víctima y verdugo... Pero es el misterio, además, el misterio que rodeará ahora, sobre todo, a la impactante pintura La hoguera. En ella veremos solazar junto al fuego a unos humanos con rostros aterradores, ¿qué buscarán ellos ahí, en ese fuego? Porque son seres que degradarán ahora su condición de humanos acercándose a un fuego que ellos mismos han alentado con el único deseo de destrucción... Es la hoguera asesina no el fuego benéfico o alentador de vida lo que adoran ahora con sus gestos crueles y amenazadores.

¿Qué ha cambiado en el mundo de hoy...? Lo peor es que no habrá llama ni gesto cruel que nos conmocione ya de tanto verlos... Porque llevamos ya doscientos años de inocencia perdida y las mismas cosas suceden cada día histórico que pasa. Algo que unos creadores supieron adelantar, genialmente, con la pincelada aprendida del mayor de los pintores de entonces. Por eso dará igual que sea o no de Goya la autoría de estas obras. Son obras importantes en sí mismas. Son sensaciones que ya un pintor -un ser humano- supo fijar ahora en un óleo desgarrador para el futuro. Porque no es el reflejo aquí de una acción histórica concreta o producida y retratada en un acontecimiento real vivido por entonces. No. Es ahora la representación simbólica de lo más inevitablemente cruel que el ser humano tiene y seguirá teniendo mientras exista. Y que el creador quiso dejar ya muy claro con esas obras, así, anticipadamente; así, expresionistamente también. ¿Hay mayor Arte que aquel que el propio hombre hace para criticarse a sí mismo?

(Óleo sobre hojalata, La degollación, de autor desconocido, seguidor de la escuela de Goya, primera mitad del siglo XIX; Misma técnica y soporte, La hoguera, autor anónimo, seguidor de Goya, primera mitad del siglo XIX, ambas obras en el Museo del Prado, Madrid.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

La humanidad y sus temerarios actos consecuencia de la avaricia de los hombres y sus guerras.
Y el arte como instrumento de crítica y advertencia ante la barbarie.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Una muestra de la expresión anticipada del Arte ante la barbarie, aun a riesgo de no gustar entonces, principios del XIX, por unos pintores que no buscaban vender así sus obras, pero transmitir un profundo sentimiento.

Un abrazo.

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