20 de agosto de 2014

Arte español desconocido o diversas maneras ahora de plasmar las manos en un lienzo.



Fue un periodo histórico convulso el Renacimiento. La historia, por ejemplo, tiene fronteras históricas de importancia. Pasos entre épocas distintas o entre tiempos muy diferentes... Y ese paso histórico-artístico, el Renacimiento, fue uno de ellos. Otros lo fueron la caída de Roma (siglo V); la revolución francesa (siglo XVIII); o el desmembramiento de los imperios europeos (siglo XX). Pero aquel no lo fue menos, representó el paso del medievo a la edad moderna. Cuando el Renacimiento impulsara un nuevo espíritu en el mundo -algo como jamás antes había llegado a suceder, y nunca más volvería a repetirse- todo cambiaría en la historia por entonces. En Europa y en el resto del mundo. A la caída de Constantinopla en el año 1453 a manos ahora de un nuevo poder turco en Oriente, se unió además el descubrimiento de nuevas rutas marítimas y del continente americano. A la revolucionaria imprenta -lo más significativo hasta el advenimiento de internet- se unió también el fortalecimiento de los estados y un ordenamiento jurídico más centralizado, por tanto mucho más justo frente al poder paternal y feudal medieval de antes

Y de pronto las cosas  cambiaron bruscamente. Ya no se volvería a vivir mirando hacia el interior, hacia los templos alargados o dirigidos sus altos campanarios hacia un cielo misterioso. El Gótico había acabado para siempre. Ahora las fronteras se habían ensanchado, los arcos arquitectónicos se habían ensanchado, las torres se habían ensanchado, los palacios se habían ensanchado y el mundo se había ensanchado. Cuando en el año 1881 el pintor malagueño José Moreno Carbonero (1860-1942) presentara su obra de Arte El príncipe Don Carlos de Viana, la crítica se sorprendería de ver una representación histórica tan peculiar ahora, una composición tan poco habitual para entonces. Las creaciones históricas siempre comprendían varios personajes retratados juntos, es decir, un conjunto de figuras históricas que representaran algún acontecimiento importante o una gesta heroica emotiva. Pero aquí, en este impresionante lienzo de la escuela española del siglo XIX, el pintor Moreno Carbonero fija en su obra la única figura humana del único personaje histórico que aparece en ella, justificando así, con esta singularidad individual, tanto su vida como su propia trayectoria histórica.

La Corona de Aragón en la España medieval había conquistado medio mundo a través del mediterráneo. Sus reyes habían luchado ávidamente hacia el este de sus fronteras, dejando el occidente a su vecina corona de Castilla. Así llegaría Aragón a ser dueña del sur de Italia, de Cerdeña, de Córcega, de Sicilia, de parte de Grecia y enclaves en el Levante mediterráneo hasta llegar en Asia, incluso, a algunas zonas aledañas al mar Negro. Pero, a comienzos del siglo XV, su dinastía aragonesa de siglos quedaría extinta de herederos directos. El medievo no fue un tiempo de paños calientes, de formas tranquilas y amables de heredar o de gobernar un reino, o, incluso, de administrar la propia sociedad para el mejoramiento de sus súbditos. Así que cuando el rey aragonés Martín I (1356-1410) falleciera sin descendencia los poderes feudales del momento, muy arraigados y poderosos en Aragón -mucho más que en Castilla-, tuvieron que sentarse a decidir quién sería ahora el nuevo rey que ellos -los de siempre, los condes y obispos- dejarían reinar en la Corona de Aragón. En la pequeña población aragonesa de Caspe se decidió entonces que lo fuera el infante Fernando de Castilla, un hijo de la hija de uno de los grandes reyes de Aragón -algo que ayudaría luego a la unión de ambos reinos peninsulares en España-, el rey aragonés Pedro IV

Fernando I de Aragón (1380-1416) tuvo dos hijos varones, Alfonso y Juan. El primero acabaría siendo el rey Alfonso V de Aragón; el segundo se casaría con una infanta del reino de Navarra, Blanca, con la cual tuvo Juan de Aragón un hijo, Carlos de Viana. Blanca heredaría aquel trono navarro, y Juan terminaría siendo rey consorte de Navarra. Pero a la vez Juan -el futuro rey aragonés Juan II- no quiso dejar su reino navarro a nadie y desheredaría en el año 1451 a su propio hijo Carlos, lo cual crearía una rebelión en los nobles de Cataluña, afines sus intereses feudales regionales con los propios del desheredado navarro. Este marcharía abatido a Nápoles con su tío Alfonso V -entonces la corte aragonesa tenía su sede en Nápoles-, y allí ahora, abandonado, triste y solitario, se dejaría el joven Carlos de Viana llevar por los recuerdos, los libros medievales de caballerías, las conquistas y los sueños de antes. De ese modo, en su pequeña estancia medieval, en su viejo sillar gótico propio de los tiempos de su abuelo y rodeado de libros que acompañaran su silencio, es como el pintor Moreno Carbonero lo pintaría en su emotiva e innovadora escena histórica. Un hecho artístico no realizado así hasta entonces, un alarde de creatividad que llevaría a destacar la despiadada y abandonada soledad del heredero. Pero, no sólo su soledad, también el final de una época y de un tiempo que, poco a poco, terminarían por sucumbir frente al poderoso impulso del Renacimiento y de los nuevos estados políticos, éstos más centralizados y que desmantelarían para siempre el anacrónico e injusto poder feudal de antes (aquel que representaba el nostálgico Carlos de Viana).

Pintores españoles desconocidos hay muchos, demasiados; otros fueron menos desconocidos, aunque no lo suficiente, y siempre necesitados de divulgar sus obras. Aquí selecciono cinco obras de cinco pintores españoles. Todas ellas con las manos de sus figuras representadas de un modo particular. Por ejemplo: manos entregadas, como las de la Piedad del pintor manierista Luis de Morales (1509-1586); manos separadas como las de Carlos de Viana del pintor Moreno Carbonero; mano solitaria, como la de la Magdalena penitente de Juan Carreño de Miranda (1614-1685); manos entrecruzadas, como las pintadas por el pintor Vicente Palmaroli (1834-1896); o manos ocupadas, como las de las figuras del sorprendente lienzo compuesto por Luis Jiménez Aranda (1845-1928). Destacar en todos el maravilloso color y el gran realismo conseguido con sus trazos, la emoción que todos son capaces de transmitirnos. Desde una novedosa creación para entonces, Modelo en el estudio del pintor del año 1881, donde el pintor Palmaroli consigue reflejar su admiración por el arte oriental con los originales estampados en la pared o la concentración de la modelo, una mirada que fija el creador en la cual plasma así una obra dentro de su obra. Y la maravillosa composición del renacentista pintor español Luis de Morales, un pintor manierista solo superado en el siglo XVI por el insigne El Greco. ¿Existe una más tierna representación de una Piedad en un lienzo? 

Con su obra Magdalena penitente, el pintor Juan Carreño consigue infinitud y cercanía, mundo celestial y mundo terrenal, ambas cosas sintetizadas en ese curioso sagrado personaje femenino. Por último, el sorprendente cuadro de Luis Jiménez Aranda, En el estudio del pintor del año 1882. Todo está aquí: el Arte representando al Arte, pero también el mundo que habría cambiado por completo entonces, era de la Ilustración. En el decorado ilustrado de un pintor del dieciocho -siglo de la razón, de la revolución y del avance-, el artista representado trata ahora de inspirarse frente a una modelo diferente y caprichosa. Ella está aquí también tumbada como antaño -como las obras maestras de las musas y las diosas renacentistas-, pero ahora ella con una actitud muy desenfadada e inquieta, impropia así la postura y el gesto de una modelo retratada... Un gesto que, con su figura escorzada, hace de ella aquí el pintor aún más a una modelo curiosa y sorprendente. Pero, sin embargo, la dejan a ella libre aquí para tocar así su pandereta, la dejan a ella posar así, a su manera. Y el pintor es aquí ahora el mago artista, el artífice que reflejará así, en el lienzo, los inevitables y avanzados cambios sociales del siglo XVIII, de aquella nueva vida que, pronto, ya viniera a quedarse para siempre...

(Óleo El príncipe Carlos de Viana, 1881, del pintor José Moreno Carbonero, Museo del Prado, Madrid; Óleo Modelo en el estudio del pintor, 1880, de Vicente Palmaroli, Museo del Prado; Óleo Magdalena penitente, 1654, Juan Carreño de Miranda, Museo de Bellas Artes de San Fernando, Madrid; Óleo En el estudio del pintor, 1882, de Luis Jiménez Aranda, Museo del Prado; Óleo La Piedad, Luis de Morales, 1560, Museo de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Ahora que conozco en profundidad la historia de esta obra de Carbonero, reconozco que el autor, consiguió plasmar con esplendida habilidad y emoción, el trance vivido por su protagonista.

En ocasiones admiramos obras que nos agradan, pero si a ello sumamos el conocimiento de lo que quiso en su día transmitirnos su autor, quizás obtendremos perspectivas más amplias, tanto del trabajo realizado como de su creador.

Un fuerte abrazo.


Arteparnasomanía dijo...

Eso es lo que encierra, maravillosamente, el Arte. Imagina que en tan solo un cuadrilátero de imagen se pueda transmitir tanto. ¿Hay mayor Arte que éste?

Un abrazo!

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