7 de octubre de 2014

Los trabajos hercúleos más extraordinarios y originales realizados en el Arte.



Como una metáfora de la gran historia cultural de España, la estatua radicada en Sevilla -ciudad que le acogiera y formara en sus comienzos- del gran pintor extremeño Francisco de Zurbarán (1598-1664) se sitúa en una pequeña plaza tangencial a una calle transitada, y que no es necesario cruzarla ni para ir ni para venir por la ciudad, sino solo vislumbrarla... Y este curioso hecho hace del lugar un poco apropiado espacio para el adecuado visionado, pausado, del monumento escultórico que se levanta en su céntrico pedestal. Pocos nacidos en la ciudad andaluza tal vez hayan tenido siquiera ocasión de verlo claramente, o de admirar la extraordinaria figura artística que supuso, y supone, su representado en la historia del Arte. Porque no se ha reconocido, ni valorado lo bastante, a ese creador español que supo, ante todo, ser fiel a sí mismo y a su Arte. Claro que vivir cuando los más grandes pintores de entonces -Velázquez, Murillo, El Greco- hace difícil destacar, más todavía cuando no tienes intención de hacer lo que ellos hacen, ni de ceñirte a normas o a reglas establecidas. Es decir, de realizar creaciones artísticas con la libertad e independencia que, por entonces, no se lograra hacer tanto ni se permitiera hacer con tanta comodidad artística, sea entendido esto como elogios, aplausos, encargos o reseñas.

Pero, ¿es que Zurbarán no fue reconocido por entonces? Hoy sí lo es, aunque el público seguirá asignándole un excesivo gusto religioso o parroquial, un claroscuro demasiado tétrico o un ferviente entusiasmo por una temática excesivamente santoral. Pero es que era eso lo que por entonces se requería a los artistas, y mucho más en la levítica ciudad de Sevilla. Pero no fue sólo eso... El naturalismo del gran pintor Velázquez, por ejemplo, impregnaría más el gusto general de aquella época. Desde luego, este gran pintor español -Velázquez- supo combinar su realismo, originalidad y misterio con su genialidad y su cosmopolitismo. Pero siempre pintaría Velázquez -a diferencia de Zurbarán- de un modo excepcionalmente realista todo, tanto en los detalles como en el resto de las cosas. Velázquez consiguió genialidad y cosmopolitismo gracias, entre otras cosas, a ser nombrado pintor de la Corte. De haberse quedado en Sevilla, ¿hubiese él llegado a tanto? Velázquez obtuvo todo aquello que anhelase en la vida, hasta llegar a ser caballero de la orden prestigiosa de Santiago. Para ello, para pertenecer a esa orden de caballería española, le ayudaría Zurbarán, su amigo de juventud en Sevilla, gracias al apoyo que le ofrece como testigo, uno más de los que se requerían para consolidar la candidatura a tan importante orden de caballería.

El caso fue que se acordaría Velázquez de él, de su amigo Zurbarán, cuando el Conde-Duque de Olivares -otro sevillano-, entonces primer ministro del gobierno del rey Felipe IV, emprendiera la construcción del primer museo de España -y casi del mundo-: el Palacio del Buen Retiro en Madrid. No era un museo para todos, claro está, en aquellos años era sólo para el decorado y la visión palaciega de la corte, pero, sin embargo, con todas las características ya de un muy completo y magistral museo. Era un lugar de recreo para la corte del rey Felipe IV en Madrid, un sitio alejado del Alcázar, o Palacio Real de entonces -destruido por el fuego a principios del siglo XVIII-, y que serviría de descanso al monarca y un lugar de esparcimiento a la corte. Debía disponer el palacio de obras maestras del Arte en todas sus paredes, cerca de ochocientas por entonces. Y en uno de sus salones, El Salón de los Reinos, todas sus paredes incorporarían obras de Arte representando las conquistas heroicas de los ejércitos españoles o de las gestas habidas en todos los lugares del imperio hispano. Pero las prisas condicionarían la construcción del Palacio del Buen Retiro. Fue construido en menos de cuatro años. Y en el último, el año 1634, se debían tener todos esos cuadros terminados, los cuadros que decorarían el Salón, fuesen los grandiosos lienzos del imperio o los decorativos de Hércules. Era ese un museo muy curioso, se completaban las obras desde la misma fábrica de cuadros... Otras obras expuestas, sin embargo, llevaban realizadas pocos años, como algunos grandes lienzos de Velázquez.

Velázquez pensó entonces en su amigo Zurbarán para decorar el Salón de Reinos. Zurbarán era un pintor reconocido en Sevilla, donde había realizado grandes obras para iglesias y conventos, con una técnica grandiosa, colores magníficos y una correcta composición. Pero realizar ahora doce cuadros, y alguno más, como La Defensa de Cádiz -también expuesto en el Salón real-, en solo un año era un regalo un poco envenenado. ¿Por qué doce los lienzos? Había que enaltecer la Monarquía española con mitología ya que la religiosidad estaba bien para monasterios, aunque fuese la monarquía de muy Católica Majestad, pero no para un Salón real majestuoso. Así que se decidió recurrir a la mitología. Es seguro que Velázquez, como pintor oficial de la Corte, tuvo que ver en la decisión de elogiar la monarquía hispánica acudiendo a Hércules. La mitología contaba cómo el gran semidiós griego había realizado doce trabajos durísimos, casi imposibles, tanto como lo fuera construir ahora ese Palacio, la grandeza del reino y todas sus heroicas gestas. Este debía ser el motivo, lo demás era problema del artista. Y el más grande de todos fue tener finalizado los doce cuadros antes del final del año 1634. El mérito de Zurbarán -además de hacerlo- fue aceptarlo. Es cierto que acudir a la corte siempre era motivo de promoción artística, pero, ¿merecía la pena? El pintor Murillo nunca acudió y fue un gran artista y vivió feliz toda su vida en Sevilla. Pero Zurbarán marcharía en el año 1634 a Madrid y realizaría once cuadros en ese tiempo al menos.

¿Por qué no los doce? Porque el lugar no permitía incluir más que diez obras de las decorativas mitológicas. Los cuadros de los trabajos de Hércules debían situarse entre los grandes lienzos del reino -representaciones de las grandes gestas del reino como la Rendición de Breda de Velázquez-, situados encima de las puertas que separaban cada obra grandiosa y de un tamaño más reducido que los grandes óleos heroicos. Zurbarán tuvo que documentarse y adaptar diez de los trabajos mitológicos de Hércules a la majestuosidad e idiosincrasia hispánicas. Es por ello que no todos coinciden exactamente con los legendarios trabajos realizados por Hércules en su mitología. La leyenda mitológica cuenta que todo comenzaría cuando Hércules fuese envenenado, no mortalmente, por la celosa diosa Hera. Esta diosa era la esposa de Zeus, una mujer que no olvidaría nunca la afrenta de su esposo al tener un hijo -Hércules- con la hermosa mortal Alcmena. Tanto odiaría Hera al semidiós nacido de ese adulterio, que le daría a beber una pócima trastornadora al héroe hijo del dios. Hércules entonces se volvería tan loco que mataría a toda su familia, hijos incluidos. Para tratar de redimirse, Hercules acudió a Euristeo, un tío suyo rey de la Argólida griega que lo quería tener muy lejos ahora, y que para mantenerlo tan lejos y ocupado lo enviaría a realizar doce trabajos de los más arriesgados, extraños, difíciles e imposibles del mundo.

Y todo ese relato mitológico vino muy bien, iconográficamente, para elogiar a una Monarquía que decía proceder del héroe -por los Habsburgo, por los reyes godos o por los romanos en Hispania- así como representar además la figura luchadora de un reino que había hecho lo mismo que el héroe griego, luchando ahora contra todos sus enemigos europeos o contra otros pueblos conquistados, tal como hizo Hércules. El héroe mitológico viajaría incluso por el occidente europeo, por donde sus columnas hercúleas separaban el mundo conocido del océano tenebroso. Muchos de sus trabajos se identificaban con España, así que el sentido heroico, noble, virtuoso, sacrificado y victorioso del personaje, hacían de su figura un referente apropiado para decorar las grandiosas obras de Arte del Salón: las obras maestras de Velázquez y de otros pintores que se exponían en aquel nuevo Palacio. Zurbarán no saldría muy bien parado, artísticamente, por haber realizado ese trabajo. Tan solo algún que otro reconocimiento en la corte -se volvió a Sevilla pronto- y los 1.200 ducados que recibió por todo ese ingente trabajo. Pero, ¿cómo se pueden pintar tantas obras en poco menos de doce meses y esperar que sean todas ellas obras maestras del Arte? Zurbarán es criticado por no ser como Velázquez, es decir, por ser Zurbarán. No dedicaba -decían los críticos- detalles al paisaje o al decorado que rodeaban las figuras de sus obras. No pintaba bien las proporciones ni algunos elementos anatómicos, algo que debía ser realizado correctamente según la figura perfecta y real que de las representaciones por entonces, pleno Barroco, la escuela española debía perseguir en sus obras. Eso es lo que decían, y dicen algunos críticos...

Ignoran esos eruditos que el Arte se hace más de ingenio innovador o de mensaje que de perfección, de composición que de perspectiva, o de detalles significativos que de elementos complementarios. Y todo esto lo realizó además Zurbarán en el tiempo requerido, a pesar de esos supuestos errores pictóricos y de obtener una de las series iconográficas más representativas de un momento artístico concreto, el Barroco. También de describir un determinado escenario histórico, como fue la grandiosidad -finalizada pronto- del inmenso imperio que entonces -juntamente con Portugal- disponía la Monarquía hispánica del rey Felipe IV. Y expresó además Zurbarán en su serie de Hércules a un héroe mitológico más hispanizado, es decir, una figura más robusta, morena, un personaje sencillo, representando un hidalgo más que a un caballero (lo que Cervantes haría con el Quijote). Forzando en la lucha más que abatiendo sangrienta o cruelmente; enfrentándose al mal y nunca a favor de ningún interés particular. Y todo esto fue lo que consiguió el pintor extremeño con esas diez obras para decorar un Salón de Reinos que albergara lienzos grandiosos de las gestas españolas.

En una reseña crítica de uno de sus cuadros de la serie Los Trabajos de Hércules, he encontrado un comentario sobre la imperfección de Zurbarán en una de las figuras dibujadas. En su obra Hércules luchando con Anteo, creación que no corresponde a ninguno de los doce trabajos que realizara el héroe mitológico -sino añadido por el pintor de otra leyenda del personaje-, se observa en el brazo izquierdo de Anteo -personaje que eleva Hércules- cómo parece no estar bien dibujado, casi su mano no se verá apenas, como si no estuviese bien terminada de pintar. Pero es que, pienso, no es así; pienso que está bien hecha, que el pintor dibujó el brazo y la mano de Anteo en escorzo, o en perspectiva asimétrica, algo totalmente extraordinario en el Arte. Se puede comprender el esfuerzo que está haciendo ahora Anteo para zafarse de las manos hercúleas, y que en uno de esos esfuerzos girará su mano así, como haciendo presión en el aire, como un gesto de apoyo involuntario llevado a cabo por Anteo para coger impulso, para abatirse en un movimiento poco embellecido pero poderoso, aunque totalmente inútil frente a la fuerza del gran héroe mitológico.

Toda una metáfora del inútil -por entonces, que no ahora ya- esfuerzo que tuvo que realizar Zurbarán para finalizar sus obras y asumir inevitablemente las críticas que, probablemente, sabría él que iría a sufrir por ello. Pero no le importó nada. Lo hizo Zurbarán así, como los pies engrandecidos y separados del héroe, algo que dibujaba del mismo modo en los Cristos crucificados de sus obras. Todo lo hizo así porque así lo quiso hacer. Con la genialidad que sólo reconocerán los años o los observadores que saben mirar ahora con una visión global del Arte que con otra cosa. Esa visión global que no tratará tanto de hacer una cirugía anatómica, sino de apreciar la construcción completa del extraordinario organismo que es el Arte:  algo complejo, diverso, original, brillante y misterioso. Ese mismo Arte que, a veces, nos expone la historia con estos grandiosos personajes artísticos, seres que una vez llegaron, con sus cualidades tan humanas y artísticas, a rozar el universo más trascendental y emotivo del hombre.

(Óleos de Francisco de Zurbarán, de su serie Los Trabajos de Hércules: Hércules lucha contra el león de Nemea; Hércules lucha contra la Hidra de Lerna; Hércules lucha contra el jabalí de Erimanto; Hércules desvía el curso del río Alfeo; Hércules y el toro de Creta; Hércules vence al rey Gerión; Hércules y Can Cerbero; Hércules separa los montes Calpe y Abyla -estrecho de Gibraltar, no incluido en la serie mitológica de los doce trabajos-; Muerte de Hércules abrazado por la túnica del centauro Neso -no incluido en la serie mitológica de los doce trabajos-; Hércules luchando contra Anteo; Fragmento de Hércules y Anteo, donde se aprecia el brazo y mano izquierdos de Anteo en escorzo; todas obras realizadas en el año 1634, Museo del Prado, Madrid; Faltaban de la serie mitológica de los doce trabajos de Hércules: Captura de la cierva de Cerinea, Matar a los pájaros del Estínfalo, Robar las yegüas de Diomedes, Robar el cinturón de Hipólita, cuatro trabajos considerados poco nobles, o con animales nada fieros, o trabajos poco serios, o esfuerzos nada heroicos; Fotografía de la plaza sevillana de Pilatos, donde se sitúa la estatua del pintor Zurbarán.)
 

4 comentarios:

Joaquinitopez dijo...

Desgraciadamente tienes razón, en parte, desde luego, no en tratar a Velázquez de "realista", perdona mi cordial desacuerdo, y sí en todo lo demás. En un siglo como el XVII había que ser mucho pintor para que hoy quede recuerdo de él, Coello es uno de los grandes olvidados por ejemplo. A Zurbarán se le recuerda por sus frailes y, los que tienen un poco más de cuadros vistos, sus santas. Los trabajos que tratas aquí, tienen su origen en el mítico origen de la dinastía real española en el héroe. Todos los fallos que se le quieran poner, sinceramente, los considero ignorancia de quien mira pues, conociendo la estructura del salón de reinos resulta que están perfectamente pensados para los espacios destinados a su ubicación. No sé yo si han sido alguna vez limpiados y restaurados, quizás guqarden sorpresas si les "pasamos la gamuza", repito que no lo sé.
Más cosas para que estas obras no sean recordadas: en España el desnudo no ha sido bien visto, por muy mitológico que sea, por eso se encargaban a pintores extranjeros. Mäs: por muy bien que haga todo lo demás esa maestría insuperable en sus hábitos y esa sobriedad escueta y magnífica de sus cuadros religioso, desnudos incluidos, como La aparición de S. Pedro a S. Pedro Nolasco, es tal que se abre paso a codazos desde el XVII a hoy, incluso diría que se ha pasado por alto ciertas influencias en por ejemplo Picasso, aunque es opinión personal.
Lo que siempre me ha llamado la atención de esta serie - casi cuadrada, formato que considero especialmente complejo y extático- es lo forzado de las posiciones de un Hércules que apenas destaca de los fondos en algunos de ellos. Esas posiciones forzadas crean tensión y movimiento en un espacio, el cuadrado, básicamente quieto. Quizás no sea lo mejor de Zurbarán pero desde luego merecen ser obras infinitamente mejor conocidas.
Magnífica entrada, como siempre

Arteparnasomanía dijo...

Gracias por tu extraordinario comentario. Aprendemos mucho de él. El objeto de la entrada, desde luego,lo consigo. Mostrar esos otros aspectos de un Arte demasiado enclaustrado... Puntualizar que puse los caracteres en cursiva del calificativo realista, para tratar así de matizar el término. Lo que quiere decir que Velázquez fue un pintor del más absoluto barroquismo, pero extraordinariamente verosímil en todos los aspectos de su iconografía. Lo demás, es comprender que Zurbarán no lo era tanto, pero esto no significa que su obra sea peor. Sólo distinta. Como el Arte...

Un abrazo agradecido.

Joaquinitopez dijo...

Confieso que pasé por alto la cursiva del "realismo", pido disculpas y de paso remacho en la idea de que nunca se acabará de valorar lo suficiente a pintores como Zurbarán, eclipsados.

Arteparnasomanía dijo...

Aceptadas. Totalmente de acuerdo, como muchos otros...

Un abrazo.

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