12 de octubre de 2014

Ternura y color, devoción, belleza, armonía y audacia en un desconocido eslabón decisivo en el Arte.



En la Italia del Renacimiento surgiría un nuevo feudo en los dominios vaticanos, Urbino, y así el papa Eugenio IV nombraría a Oddantonio de Montefeltro señor de Urbino en el año 1443. Este pequeño estado alcanzaría una gran relevancia cultural durante el Renacimiento ya que un hermanastro de Oddantonio, Federico III de Montefeltro (1422-1482), llegaría a gobernar con gran esplendor artístico y cultural el señorío -tuvo la más grande biblioteca después del Vaticano y fue un gran mecenas en el Arte- hasta que le sucediera su hijo Guidobaldo. Pero en el año 1474 una hermana de Guidobaldo, Giovanna, se había casado con un sobrino del papa Sixto IV -Giovanni de la Rovere- y acabaría siendo elevado el señorío de Urbino a ducado. Al fallecer Guidobaldo sin descendencia el ducado de Urbino pasaría entonces a Francesco Maria de la Rovere. Así hasta llegar a Francesco Maria II de la Rovere (1549-1631), el último duque de Urbino de la historia. A finales del siglo XVI colaboraría el ducado de Urbino con los intereses españoles en Italia así como en las luchas del imperio español contra el sultán otomano. A cambio Felipe II protegería el frágil ducado frente a las ambiciones expansionistas del Vaticano. Cuando el rey Felipe II muere en el año 1598 su hijo, Felipe III, el nuevo monarca del inmenso imperio hispano, se casaba ese mismo año con la archiduquesa de Austria, Margarita de Estiria (1584-1611), una gran aficionada al Arte.

La reina Margarita había oído hablar de un pintor de Urbino que usaba los colores de una forma muy especial en sus composiciones tan novedosas y atrevidas.  En el año 1604 le insinuaría Margarita al embajador de Urbino, Bernardo Maschi, su deseo de poseer una obra de ese pintor tan extraordinario para entonces. El embajador se lo comunicaría al duque, que trataría de satisfacer el deseo de la reina como fuese. Ese pintor era Federico Barocci (1535-1612), que se había formado con el artista veneciano Battista Franco. Este pintor veneciano le aportaría dos cosas a Barocci: el dominio del color -Venecia descubrió el poder de los colores- y el estilo manierista y atrevido de Miguel Ángel. Pero luego marcharía el pintor de Urbino a Roma en el año 1548, donde terminaría por adquirir dos cosas más que determinaron su Arte y su vida.

Una de ellas fue descubrir las obras de Correggio, un creador renacentista que utilizaba la técnica al pastel con la que Barocci conseguiría crear atmósferas tan bellas como etéreas en sus lienzos. Sin embargo, acabaría adquiriendo otra cosa en Roma que le condicionaría por completo. En Roma vino a sospechar que otros artistas querían matarle por la envidia que despertaba su novedosa técnica artística. No se sabe cuál fue la causa, si un veneno o una enfermedad intestinal, lo cierto es que su salud se resentiría y no conseguiría Barocci pintar más de dos horas diarias en su estudio. Se marcharía de Roma y crearía desde entonces solo sus obras en Urbino, aunque siempre sin fijar el tiempo para la finalización de sus especiales obras tardomanieristas.

El duque de la Rovere no podía arriesgar perder las simpatías de la corte española esperando que el pintor terminara una obra. ¿Cómo resolverlo? El duque tenía una pintura del artista que guardaba desde hacía tiempo como una joya inapreciable. La obra se titulaba El Nacimiento y era un lienzo de innovación compositiva lleno de emoción y color, de luces y sombras, de ternura y devoción, de inspiración y perfección manieristas. Llegaría la obra a la ciudad de Valladolid en el año 1605 y entonces hicieron lo posible para impresionar a la reina con el maravilloso lienzo de Barocci. Sabía el embajador que la corte española era muy crítica con obras de Arte extranjeras, así que al presentarla ante la reina desenrollaría él mismo el delicado lienzo y mostraría la obra ante un foco de luz muy precisa para poder verla bien. Fue todo un éxito y la reina Margarita quedaría fascinada por completo con la obra.

El Nacimiento tenía una composición muy novedosa y una audaz forma de representar ahora una escena tan conocida. La Virgen, por ejemplo, aparece semi-erguida en una inclinación sesgada desde un ángulo ligeramente alto en la escena sorprendente. Los otros personajes conocidos del evangelio no están ahora en el plano principal. Los pastores detrás de una puerta y San José muy retirado además. La estancia está iluminada por una fuente celestial de luz que parece provenir ahora de la cuna de Jesús. El pintor consigue mezclar así un sentido sagrado con otro profano en su obra tan diferente, es decir, una devoción espiritual con unos rasgos ahora muy humanos. Todas estas formas muestras incipientes de lo que sería muy pronto el estilo Barroco posterior. Utilizaría además los mismos colores tan sensuales que eran precisos para poder componer escenas profanas o mitológicas. Pero también los gestos de los personajes son diferentes por la manera como las figuras se comportan o sitúan de un modo ahora menos sagrado, tan humano y natural que no parecerán seres divinos sino apenas simples humanos personajes.

(Óleos todos del genial y desconocido pintor manierista Federico Barocci, excepto el retrato de la reina de España, Margarita de Austria, realizado por el pintor español -aún más desconocido- Bartolomé González y Serrano, 1609, Museo del Prado, : Detalle de la cabeza de San Juan de la obra Entierro de Cristo, 1582; Pintura El Nacimiento, 1595, Museo del Prado; Obra Descanso de la huida a Egipto, 1570, Pinacoteca Vaticana; Lienzo La Madonna del gatto, 1575, National Gallery de Londres; Extraordinario lienzo de Barocci, Eneas huyendo de Troya con Anquises, su mujer y su hijo, 1598, donde aquí el pintor nos muestra el bagaje que el héroe latino, el que fundaría Roma, se llevaría ya de aquella Troya ahora destruida, su decisión, su herencia, con su padre Anquises en brazos, la sabiduría y los dioses -los que transporta ahora Anquises aquí dificilmente-, su mujer y su hijo Ascanio, su descendencia, Galería Borghese, Roma; Retablo Entierro de Cristo, 1582, iglesia de Sanigallia, Italia; Detalle del mismo cuadro, donde se aprecia la figura tan humana de San Juan ayudando a portar el cuerpo de Cristo, Sanigallia, Italia; Retrato de Francesco Maria II de la Rovere, 1573, Galería de los Uffizi, Florencia; Retrato barroco de Margarita de Austria, reina de España de 1599 a 1611, del pintor Bartolomé González y Serrano, 1609, Prado; Detalle de Eneas transportando a su padre Anquises huyendo de una Troya destruida, 1598, Roma; Autorretrato con rasgos barrocos del pintor manierista, ca. 1600, Salzburgo, Austria.)

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