5 de noviembre de 2014

La manera en que los elementos formarán un conjunto armonioso, o la composición artística.



¿Por qué surgió el Arte renacentista precisamente en Florencia? ¿Qué cantidad de cosas tuvieron que darse en Florencia, en la misma medida y en el mismo tiempo, para que naciera el Arte más brillante, el renacentista? Para todo fenómeno histórico y cultural existe una explicación, por lo tanto, también para éste. Coincidieron más de un elemento racional y espiritual como para que una armonía de seres, riquezas, intereses, emociones, creatividades, y algo impreciso e indefinible, hicieran que el Arte naciera en ese lugar. Un lugar céntrico en Europa por entonces, porque todo el mundo medieval pasaría por allí de la mano de un fluido comercio intercontinental, el de Asia-Europa. Un lugar vibrante además, porque la participación de una sociedad menos feudal -más burguesa o comerciante- hizo que las ideas que fluyeran fueran recogidas libremente por lo único que puede ser representado o expresado sin demasiadas explicaciones: por el Arte. Cuando los ingleses ilustrados del siglo XVIII descubrieran el viaje cultural como medio para comprender mejor la historia clásica más allá de sus fronteras, visitaron entonces Italia y su núcleo artístico más principal: Florencia. Allí, años después de esos viajes -llamados el Grand Tour-, un pintor prerrafaelita británico quiso retratar la maravillosa ciudad renacentista en un lienzo de tamaño descomunal.

La tendencia prerrafaelita no se caracterizaba por ser muy naturalista, es decir por reflejar la naturaleza tal como es, sino por utilizar a cambio más la fantasía, la imagen sesgada, la imagen medieval incluso, o también el efluvio de ensoñación de unos antiguos ideales decadentes frente a lo meramente material, insulsamente constructivo o más moderno de la civilización. Aun así, uno de los pintores adscritos a esa tendencia, John Brett (1831-1902), compuso en el año 1863 su obra Vista de la ciudad de Florencia con los montes Apeninos al fondo. Es una obra donde ahora los detalles y la minuciosidad detallista determinarán más que, sin embargo, la poética o la alegórica forma de plasmar imágenes soberbias en un lienzo prerrafaelita. La obra de Arte, dividida horizontalmente entre un apenas nuboso cielo azul y una tierra serpenteada de edificios, nos presenta la visión objetiva y real de la villa toscana de Florencia a mediados del siglo XIX. Cuando por entonces la bóveda de su hermosa catedral, diseñada por el artista renancentista Brunelleschi, destacase orgullosa del resto de las cosas. La obra de Arte es sobre todo la muestra de ese magnífico lugar, de la ciudad más artística de la historia. Por eso fue pintada. No hay otra cosa más reflejada ahí que entonces lo causara. La belleza de la obra no estará ahora en sus colores, porque éstos reflejarán, verosímilmente, una naturaleza ya conocida. Tampoco estará en una composición muy brillante; ahora si acaso demasiado simple al enfrentar un paisaje confundido por lo natural  de unas montañas alejadas y lo meramente artificial construido por el hombre. Todo compuesto de una manera tan distante y panorámica que no podremos más que leer -para los desconocedores de la ciudad- la leyenda de su título para identificar lugar con sentido de la obra

Pero, sin embargo, otro pintor, Edward Poynter (1836-1919), sí sería especialmente original con su obra prerrafaelita expuesta en esta entrada. Un lienzo ahora con dos rasgos que diferenciarán al pintor del resto de sus correligionarios: lo clásico y lo académico. En el año 1880 crearía Poynter su obra Una visita a Esculapio. El tema elegido versaría sobre la mitología griega, pero, sin embargo, es el pintor quien ahora diseña la temática de qué quiere y cómo quiere pintar, exactamente, la escena mitológica. Porque la escena representada no es tan clásica, no lo es en el sentido que fuese una leyenda relatada así por los autores griegos antiguos. No está basada en ninguna leyenda conocida de la antigüedad grecolatina, sino que fue recogida por el propio pintor de un verso renacentista del poeta inglés Thomas Watson (1555-1592), el cual recreaba literariamente una escena donde la diosa Venus, herida en un pie, visitaba al dios de la medicina, Esculapio, para que la curase. Pero todo eso escenografiado ahora, sin embargo, en una estancia muy clásica, donde las grandiosas columnas griegas lo dominarán todo. Incluso detrás de las hojas de unos árboles vislumbraremos ahora el talle grueso de los fustes acanalados de una de las columnas helenas de un templo.

El dios Esculapio observa pensativo el pie que ahora Venus le enseña sin dolor. Porque ella es toda una diosa aunque ahí no lo parezca tanto. Las palomas blancas volando representan parte de esa divinidad clásica oculta que ahora aquí se desvanece. Acompañan a Venus tres hermosas mujeres, tres ninfas desnudas como ella. El Arte clásico justificaba el desnudo gracias a las liberales leyendas mitológicas. Pero, ¿por qué hay tres mujeres desnudas ahí, además de la diosa? Porque ellas son las tres gracias. Son las tres clásicas mujeres desnudas que el Arte utilizaría siempre de una forma determinada en su iconografía. Dos de ellas miran hacia un mismo lugar -con pureza virginal-, la tercera -con impureza-  hacia el contrario. Esta es una forma de composición que los romanos se permitieron cambiar de los griegos. Estos últimos no distinguirían nada entre ellas, eran solo tres hermosas musas iguales -de puras o de impuras- para ellos. Pero los romanos, a cambio, hicieron que una de las tres no fuera ahora ni virgen ni esposa, no tuviese, así, ningún tipo de pureza. Una de ellas debería ser la amante, es decir, la vil o depravada. En toda la historia del Arte eso se respetaría siempre, es decir, que aparecía una mirando hacia el lado contrario adónde miraban las otras... Tanto las obras de Rubens como las de Rafael, y otros pintores, así habrían sido compuestas siempre.

Y aquí, por tanto, en esta obra prerrafaelita, no podría dejar de serlo también. ¿Pero cómo hacer ahora aquí -en una originalidad diferente- para no descompasar el conjunto artístico? Es decir, ¿cómo hacer aquí para que, algo tan importante como la forma clásica en que se disponen las figuras en un cuadro, pudiese hacerse del mismo modo de siempre pero, ahora, sin embargo, ajustada a una escena muy diferente a las clásicas de antes? El autor necesitaba hacer acompañar las tres gracias a la diosa Venus, pero, ahora una de ellas debía, necesariamente, mirar hacia el lado opuesto, por lo tanto disponer -expresar- su cuerpo ahora la parte anatómica diferente de las otras. Dos de ellas están aquí de frente al observador, la tercera de espaldas. Pero, ¿cómo conseguir que el equilibrio de todo, no solo de ellas sino de todo el cuadro, consiguiera mantener la armonía clásica precisa de una obra? Pues, con el maravilloso alarde original que el creador idease: hacer mirar y dirigir el brazo de la figura opuesta hacia la derecha de la obra, hacia una figura distante y situada ahora en la fuente, una mujer vestida que, a su vez, también señalará a aquélla claramente. Con este pequeño detalle -grande iconográficamente- el pintor conseguiría hacer, de su original obra de Arte, un conjunto bellamente equilibrado. Con ese curioso ardid artístico no hizo el pintor prerrafaelita más que obtener, así, la sagrada composición artística requerida, esa que los rigores clásicos y académicos exigieran, algo por entonces tan sutil como importante, tan necesario como representativo, o tan bello como inevitable.

(Óleo Una visita a Esculapio, 1880, del pintor británico Edward John Poynter, Museo Tate Gallery, Londres; Detalle de la misma obra, Una visita a Esculapio; Pintura Vista de Florencia desde el Bellosguardo, 1863, del pintor inglés John Brett, Tate Gallery, Londres.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Muy interesante el detalle que utiliza el pintor inglés para mantener el perfecto equilibrio en la obra.
Algo importante que sin tu explicación, hubiera pasado totalmente desapercibido, por lo menos en lo que a mí se refiere. Gracias por compartir arte y saber.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Es mucho lo que hace al arte pictórico uno de los mejores artes conocidos. Este detalle, por ejemplo, y muchos más. Hoy no se valora (salvo su valor histórico-artístico-suntuoso de subasta) tanto como en siglos pasados porque tenemos el cine y la fotografía. Pero, imagina cómo fue el Arte cuando nada de estas dos cosas, maravillosas también, existían...

Un abrazo.

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