5 de enero de 2015

Todas eran ella..., o cuando la impresión artística nos hace rememorar la ausencia.



Un veinticinco de febrero del año 1872 nacía en Portsmouth, Inglaterra, la joven modelo de arte Rose Amy Pettigrew. Sus padres eran humildes trabajadores de entonces, esa época difícil de finales del siglo XIX industrial. Habían tenido trece hijos. Rose y sus hermanas Hetty y Lily destacaban por su belleza, y dedicarían su juventud a ser modelos de pintores, algo bien pagado en el Londres finisecular de entonces. Muy pronto marcha Rose Amy y sus hermanas a Londres. Y en el año 1884, con solo doce años de edad, comienza a posar para destacados artistas, como el pintor prerrafaelita John Everett Millais. Pero en el año 1891, siete años después, acabaría siendo la modelo artística de un impresionista británico muy particular. Un pintor que, a pesar de haber sido educado en el París más impresionista del momento, terminaría creando su propio estilo particular, uno que no le haría llegar a ser famoso en la tendencia impresionista de aquel fin de siglo. Consiguió demostrar Philip Wilson Steer que el Arte es algo más que una tendencia conocida y estereotipada: es, sobre todo, una emoción particular llena de inspiraciones para todo aquel que alcance a descubrirlas.

Pero lo que consiguió este pintor británico una vez fue, cuando compusiera una obra en la cual Rose posaba como modelo, llevar su Arte a la más completa y universal sensación de impresión eternizada. Para nada necesitaría entonces él de la extraordinaria belleza de la joven Pettigrew, para nada de sus facciones hermosas, esas facciones que habían llevado a ella y sus hermanas a modelar en el Londres más despiadado de aquel tiempo. En su obra Joven con vestido azul, apreciamos ahora a una joven mujer sentada en una pose permanente, una que refleja así todas las posibles poses de todas las posibles modelos imaginadas. Porque no es ahora ella nadie, y son todas... En este sublime y peculiar cuadro impresionista, el creador busca ahora el momento que su tendencia más le propiciaba. Pero en ese momento estaremos viendo ahora todos los rostros, todos los momentos y todas las posibles jóvenes de todas las posibles historias habidas antes, luego o por haber después en el mundo.

Por eso mismo buscaría el pintor crear escenas desnudas de identidad, es decir, sin los rasgos personales que delimitarán una vida, una identidad o una persona concreta. El Impresionismo vino extraordinariamente para ayudarle al pintor en esto. Es uno de los sentidos, el paradigma emotivo más general, que el pintor mejor conseguiría entender de su indefinida tendencia impresionista. Como en la poesía, asociamos siempre las emociones inspiradas de un verso general a los rostros particulares recordados por nosotros. ¿Quién fue realmente aquella joven de azul? Sabemos que fue Rose Pettigrew, una modelo inglesa de Portsmouth nacida en el año 1872, pero, ¿es ella ahora, en verdad, la que estaremos viendo alguno de nosotros? No. Son todas... y ninguna. Todas las que alguna vez inclinaran así su rostro, o fuera cubierto por un cabello poderoso, o un sombrero rutilante, o una perspectiva diferente... En otra creación suya del año 1888, El puente, el pintor Wilson Steer irá mucho más lejos aún. Aquí no necesitó, posiblemente, modelo alguna para hacerlo. Porque no es posible aquí más que imaginar las inmensas mujeres que puedan ser ella ahora, esa misma que está ahora aquí mirando el fondo descubierto y profundo del cuadro.

Y es que el Impresionismo fue una oportunidad maravillosa para glosar lo imaginado existente, es decir, no ya solo lo imaginado, como lo harían luego el simbolismo o el surrealismo, no, sino una imaginación de algo que existe, que ha existido, o que puede existir en todos y cada uno de nosotros. Que tiene la vida tan real como parece tener ahora, detrás de esos colores o esos trazos -artificios pictóricos que lo ocultan virtualmente-, la figura paradigmática ideada por nosotros, esos mismos que, ahora, miraremos, nostálgicos, el cuadro. Este es el regalo que nos hizo el Impresionismo y que creadores como Philip Wilson Steer (1860-1942) supieron llevar al lienzo en algunas de sus obras. Las miraremos ahora... y serán ya para nosotros, los verdaderos creadores de la identidad de aquel rostro sin matices... No nos serán ellas ajenas, no tendremos siquiera que saber la historia del cuadro. Nada de eso es necesario aquí, cosas que sí pueden alcanzar a veces, en otras obras, a llevar la Belleza realmente a la imagen representada en un cuadro. Pero, aquí no. Aquí no es preciso eso, ni deseado, para llegar a apreciar la belleza en el cuadro. Ésta sólo la veremos nosotros, sólo nosotros, ni el autor, ni la modelo, ni la obra. Porque la vemos ahora con nuestra nostalgia fingida, o con nuestro recuerdo ideado, o con nuestra vívida imagen pensada, deseada y sentida. Todas ellas atrapadas entonces entre una impresión rememorada de antes o la ausencia buscada en el cuadro.

(Óleo del pintor impresionista Philip Wilson Steer, Joven con vestido azul, 1891, Tate Gallery, Londres; Autorretrato de Philip Wilson Steer; Lienzo de Wilson Steer, La playa de Walberswick, 1889, Tate Gallery; Óleo de Wilson Steer, El puente, 1888, Tate Gallery; Retrato de Rose Pettigrew, 1892, Philip Wilson Steer; Retrato de Philip Wilson Steer, 1890, del pintor impresionista británico de origen alemán Walter Richard Sickert, National Gallery, Londres, el cual retratará a su colega pintor delante de un cuadro donde se vislumbrará difícilmente el retrato y la identidad de una mujer pintada.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Philip Wilson Steer, un nuevo descubrimiento, adquirido gracias a ti.
Me atrae especialmente la atención, la luz que consigue el autor en las dos obras, La playa de Walberswick y el puente.

En cuanto a los rasgos, que mejor regalo nos puede dar el impresionismo, que el de la fantasía individual.

Un fuerte e ilusionado abrazo!

Arteparnasomanía dijo...

Muchas veces me pregunto para qué diablos sirve todo esto... Pero es suficiente razón dar a conocer algo, lo que sea, basta con eso ya.

Otro abrazo!!

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