19 de febrero de 2015

El Arte no desea saber nada de la realidad ni de la verdad, tan solo de la emoción, de la melodía, su leitmotiv...



En España el Realismo y el Impresionismo no fueron estilos que se desarrollaron tanto ni al mismo tiempo que en el resto de Europa. Así que desde mediados del siglo XIX la Pintura en España no acabaría de encontrar acomodo en ningún estilo. Los grandes modelos estéticos, Goya entre ellos, ya habían pasado. ¿Qué hacer ahora sin ellos? Dos conceptos vinieron ayudar a salir de esa atonía, de esa confusión artística tan desoladora. Por un lado, cuando no se tiene claro qué estilo utilizar, se hallará que la mezcla de ellos es la solución: el eclecticismo. Por otro lado, ¿a qué mayor temática se podría recurrir en España?: a la historia. Desde una perspectiva exclusivamente artística, de Arte en el sentido más arrebatador y auténtico del término -lo que fue Goya por ejemplo-, la Pintura española de la segunda mitad del siglo XIX fue deslucida, sin perfil, sin fuerza o sin originalidad. Y es por esto que el Eclecticismo español de esa época, realmente el único eclecticismo que hubo en el Arte entonces, combinaría varias tendencias en una sola: un Realismo (en el sentido de que la figuración lo fuera no que fuera real lo que representara), también un Academicismo hispanizado, luego un pseudo-Impresionismo, paisajista o no, y, por fin, un Romanticismo exagerado, pero no tanto en los trazos pictóricos como en la esencia de lo buscado para ser expresado en un lienzo.

Eugenio Álvarez Dumont (1864-1927), como todos los pintores españoles destacados de entonces, se formaría en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de San Fernando. Más tarde lo haría en Roma y acabaría viajando hasta a Marruecos, para interesarse aquí por un cierto espíritu orientalista que lograse aunar estilo e inspiración. Se especializó en temas históricos, especialmente el periodo alrededor de la Guerra de la Independencia de 1808. En el año 1887 se decide a crear una escena histórica de una profunda emotividad histórica. La guerra de la Independencia española tenía muchas, grandiosas batallas, momentos estelares del levantamiento contra los franceses, como lo había pintado Goya antes. Pero Dumont elige ahora una leyenda con muy poco rigor histórico pero de una gran sensibilidad popular, y sobre todo de muchísimo fervor estético: la muerte de una hermosa joven madrileña vengada por su decidido padre. La leyenda popular fue recogida por las crónicas románticas de la ciudad y luego llevada a ser plasmada en la historia para reivindicar así, muy emotivamente, unos hechos tan sangrientos ocurridos en Madrid. 

La reseña que describe la pintura en el Museo del Prado, donde está la obra de Dumont, dice algo así: El cuadro rinde homenaje a dos de los héroes que alcanzaron más legendaria gloria en la lucha del pueblo de Madrid contra las tropas francesas. El guerrillero Juan Malasaña da muerte al dragón francés que acaba de asesinar a su hija Manuela, quien suministraba munición a las tropas españolas del cuartel de Monteleón. El panadero madrileño Juan Manuel Malasaña era descendiente -curiosamente- de un artesano francés, Jean Malesange, que se había instalado en Madrid tiempo atrás para ofrecer los maravillosos panes elaborados en Francia. Como muchos otros madrileños se enfrentaría con las bárbaras acciones que las tropas napoleónicas infringían a Madrid. Su hija, Manuela Malasaña, humilde adolescente por entonces, trabajaba en una casa de costura cuando aquel dos de mayo de 1808 la sorprendiera desolada. La realidad, al parecer de los datos, es que nada de lo reseñado o de lo registrado en la leyenda sucedió en verdad. Sí que Manuela murió aquella jornada, pero como muchos madrileños anónimos también lo hicieron. Tal vez influyó su belleza, tal vez su inocencia, tal vez su juventud, tal vez que murieron ambos, padre e hija, en aquellos terribles momentos.

Pero esos detalles es que no importaban nada, para el pintor -como para el Arte- la verdad sencillamente no interesa, no interesa nada en absoluto. La leyenda es la única fuente necesaria para expresar un sentimiento artístico. Si no, ¿cómo hacerlo entonces? La emotividad en el Arte exige que una muerte joven, bella, zaherida incluso, caiga ahora delante de los ojos del espectador. Y luego que una reacción violenta de venganza de esa belleza caída surja poderosa contra la ofensa vil y opresora de esa belleza zaherida. Algo esto, la ofensa vil y opresora, que debe ser grandiosa además, que debe estar adornada con los elementos encumbrados de su poder: el casco y el peto napoleónicos. A la vez que, sorprendida, se enfrente ahora sin razón contra la fuerza, ridícula pero auténtica, de lo más invencible, de lo más persistentemente invencible: el dolor por la pérdida más querida, la más espiritual, la más sentida, la más emotiva, la más eterna. Esto es tan sólo lo que el Arte requiere. Que su padre hubiese muerto antes, que ella -Manuela- fuese fusilada en grupo, que ningún dragón de las fuerzas napoleónicas fuese -justamente- sentenciado en ese asalto, poco o nada relevante será para esta historia artística.

Sin embargo, el pintor español Álvarez Dumont consigue todo eso en su obra. Lo consigue desde la composición más emotiva del hecho descrito. Porque la acción violenta es motivada por algo personal casi. Aquí ahora, alejado de las fuerzas que recorren las calles, el dragón coracero francés está arrinconado por el guerrillero madrileño. La patria está abatida ahora aquí, en el suelo, y su belleza -la de la joven madrileña- se percibirá desolada junto a su inocencia y valor. Pero pronto esa misma belleza es vengada, y lo es como sólo las ofensas más sentimentales pueden serlo. Un balcón florecido -primaveralmente florecido- y un farol solitario y deslucido son los únicos testigos iconográficos del terrible hecho. Y el pintor utiliza aquí el Romanticismo más genuino, ese que terminase hace cincuenta años antes pero que, ahora, lo lleva el creador a su más histórico y apasionado momento más emotivo. Por la misma época -cinco años después- otro pintor decimonónico español, Francisco Pradilla Ortiz (1848-1921), llevaría a cabo otra semblanza de la historia de España a un lienzo. Según contaban las leyendas, cuando Granada fuera tomada en el año 1492 el emir árabe Boabdil tuvo que marcharse de la ciudad andaluza camino de Motril hacia el sur, para embarcarse y marchar afuera de España para siempre. Sin embargo, poco antes de dejar de ver su hermoso paisaje granadino, en lo alto de una loma -el suspiro del Moro- de ese mismo camino sureño, se volvería ahora el rey árabe a mirar a la Alhambra, por última vez, y pronunciar su madre allí las poéticas palabras ("llora como mujer ya que no has luchado como un hombre")... que nunca pronunciase.  

(Óleo Malasaña y su hija se baten contra los franceses en una de las calles que bajan del parque a la de San Bernardo. Dos de mayo de 1808, del año 1887, Eugenio Álvarez Dumont, Museo del Prado, Madrid; Óleo de un representante del Eclecticismo español, Desnudo de mujer, 1902, del pintor español Ignacio Pinazo Camarlench, un impresionismo academicista hispano, Museo del Prado; Detalle del mismo cuadro de Pinazo Camarlench; Cuadro del pintor español, representante también de ese Eclecticismo hispano, Francisco Pradilla, El suspiro del Moro, 1892, Colección particular; Obra extraordinaria de un pintor extraordinario, seguidor de Goya, y que aquí no recreará nada conocido, sino un lugar de fantasía, un paisaje tan extraño como su pintura, Puerto fluvial junto a un Castillo, 1850, Eugenio Lucas Velázquez, Museo del Prado, Madrid.)

(Dedicado a Lourdes, una bloguera madrileña)

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