3 de junio de 2015

Lo Ideal no existe, es solo la emoción momentánea, el fugaz instante inacabado...



¿Qué hizo Leonardo da Vinci para componer una figura tan sublime y a la vez tan enigmáticamente incompleta? ¿Lo hizo él así queriendo, o simplemente dejaría su obra inacabada? Es conocida la peculiar frecuencia con la que el genial pintor renacentista dejaría sus obras sin terminar. Es cierto que, en el Arte, terminar es una palabra que no conjugará muy bien con el sentido creativo, pero en el caso de Leonardo se sabe -ahí están sus cuadros- que dejó muchas de sus obras sin acabar mínimamente. En La Gioconda (Museo del Louvre - 1519) nos deja, sin embargo, con la duda: pero la obra es perfecta, la obra nos emociona así, como está. El gran florentino no defrauda nunca ante ese extraordinario gesto inacabado, ante los trazos pictóricos de un Renacimiento ejemplar, ante la mirada o ante los rasgos faciales más indescifrables de la historia del Arte. Leonardo da Vinci consiguió con su técnica del esfumato (pintar sobre la pintura en finas capas creando unas veladuras magistrales) un realismo que no se había conocido hasta entonces. Esto y la enigmática renacentista hicieron de él un ejemplo para representar cosas que nunca hasta entonces se habrían representado en un lienzo: la sutileza, la ambigüedad, la inanidad, la fugacidad, la austeridad, la simplicidad, la indolencia, la impasibilidad...

¿Qué decir de La Gioconda? No es un cuadro muy grande. Recuerdo que, hace muchos años, cuando visité el museo parisino me sorprendió el pequeño tamaño de la obra, protegidísima tras gruesos cristales antivandálicos. Tampoco existen reproducciones en internet de una gran resolución. Sin observarla bien es difícil apreciar los detalles importantes. Por tanto sólo puede uno distanciarse ahora... y mirar así lo que los pintores realmente persiguen que veamos: la esencia momentánea, el instante fugaz. Y en este caso Leonardo da Vinci fue el primero -de muchos otros que vinieron después- en obtener eso mismo. Se habla de la perfección, de la idealidad de las obras renacentistas. Pero, no; da Vinci es posiblemente el primero que -queriéndolo o sin querer, seguro lo primero- expresaría otras cosas dejando en la mirada del observador más dudas o vacíos que las que refleje la propia mirada de la enigmática modelo de la obra. Con el Renacimiento, el período más clásico, la etapa artística más consagrada a la idealidad de la perfección, el genial creador italiano nos insiste bellamente: la vida no es un mundo, sin embargo, donde lo Ideal alcance a vislumbrarse...

Curiosamente, el Renacimiento se basaría en principios neoplatónicos que inspirase ya el filosofo Platón y sus teorías de las Ideas. No es ninguna contradicción. Las Ideas platónicas son la plasmación más elevada -por tanto fuera de este mundo- de todas las cosas que existen en la vida. Pero, el Arte es de este mundo. Esto es algo que Leonardo da Vinci defendió siempre. El gran pintor renacentista Rafael Sanzio -contemporáneo y amigo de Leonardo-, sin embargo, representaría siempre la idealidad más consagrada, el fervor artístico más perfecto -imitador sublime de la Naturaleza-, pero lo hizo con los rasgos icónicos representativos más alejados de la vida, de la auténtica vida terrenal, de la vida que emociona pero también maltrata, que estimula pero también fracasa; de la que embellece pero también fallece; de la que ennoblece pero, también, envilece. Leonardo da Vinci fue un creador genial porque supo plasmar en sus creaciones artísticas un sentido realista y, a la vez, ese tan emotivo, tan esperanzador.

El Clasicismo -la perfección, la idealidad, la belleza más consagrada en sus perfectas formas- se mantuvo después de Leonardo durante casi tres siglos. Luego comenzaría a debilitarse lentamente. Primero con el Romanticismo, una fuerza de la vida, de la Naturaleza y del hombre, algo extraordinario que sucedió a finales del siglo XVIII y que hizo saltar por los aires la historia, el Arte, al hombre y la manera de entender el mundo. Pero el Romanticismo no fue exactamente lo que Leonardo da Vinci intuyese por entonces, cuando pintase La Gioconda sobre el año 1516. El Romanticismo nunca había tenido precedentes en la historia. Esta tendencia rompió el Clasicismo para componer las cosas de otra forma, acentuando la emoción y la fugacidad. La fugacidad, es cierto, pero también la idealidad. Para el Romanticismo lo Ideal es un concepto reemplazable con el término psicológico objeto a, es decir, es un destino obsesivo a perseguir casi siempre. Leonardo da Vinci, a diferencia del Romanticismo, no nos expresa nada parecido que insinuara esa obsesión..., sino todo lo contrario. Él demostraría que la belleza de la vida es representada solo en un momento. Pero no porque -como en el Romanticismo- esa belleza fuera ideal, única, existente, terrenal; no, sino porque no lo es, porque no existe, porque solo será una representación (pictórica, mental, poética, impasible...) que los seres humanos llevarán a cabo para justificar así las emociones anheladas..., esas mismas emociones que ellos no serán capaces, sin embargo, de sostener entre los dedos confundidos de su vida demasiado tiempo.

Fue a mediados del siglo XIX cuando el mundo volvió de nuevo, con uno de los creadores más sutiles del realismo-impresionismo emergente, a encontrar aquella sensación que el gran Leonardo fijase siglos antes en un lienzo. Jean-Baptiste Camille Corot (1796-1875) fue el primer pintor que consiguió aunar emoción y realismo. Es decir, que alcanzaría a comprender él, antes que nadie, que la vida se compone de ambas cosas, de felicidad y de torpeza, de agonía y belleza, de sublimidad estética -y ética- y de una vaga sensación demoledora y decepcionante. Escribiría una vez el pintor francés Corot: No hay que perder nunca la primera impresión que nos ha conmovido. Esta, la primera impresión, es la única que existe, todo lo demás es confusión, sorpresa, demolición, fenecimiento o una serena sensación de inanidad, de efímera materialización de lo inacabado. En sus obras, Corot retrata siempre la emoción. Pero no una emoción romántica, no, plasma una emoción que no dura pero que no representa ninguna idealidad, ninguna exultante forma de virtud perenne, humana o sobrehumana. Corot, que siempre prefería pintar paisajes a otra cosa, crearía una vez un retrato humano sobrecogedor. En el año 1868 pinta su Mujer de la perla, una reminiscencia de aquella Mona-Lisa leonardiana. ¿Sospechó entonces el pintor francés la fragancia sutil de una enigmática vaga sensación que el genio florentino anticipase?

En este retrato de Corot ¿qué vemos de pronto? ¿Hay realismo, romanticismo, clasicismo o impresionismo? Da igual. Todo eso junto. Pero, sobre todo, inspiraría el creador francés en este retrato la experiencia de la vida, de una vida que es humana no divina, terrenal no idealizada, emotiva en un instante, no permanente en sus anhelos serviles a los dioses del deseo por querer atrapar las cosas inatrapables. Nada durará. Nada se elevará por encima de nada. Nada será un objeto idealizado de otra cosa. Nada conseguirá sublimar la propia vida porque esta es pasajera, inconstante, sorpresiva, fugaz, incompleta, insatisfecha, demoledora o aniquiladora. Y en el retrato de Corot la mujer aparece aquí sin un fondo incluso -a diferencia de La Gioconda-, sin otra luz que la de ella misma, sin ninguna otra sensación que nos lleve a pensar, realmente, qué emoción está sintiendo ella ahora, o ha sentido antes, o sentirá luego... Nada, no hay nada aquí, solo su luz y su sosiego; solo su efímera mirada hacia nosotros. Esa mirada de ella ahora que, sin gritar, parece decirnos: nada podrá elevarse sobre nada, todo acabará, la idealización de las cosas no es más que la huida de uno mismo para tratar de afrontar la incapacidad de comprender la vida. Pero Corot, a cambio, sí que la comprendería una vez... Nos dejaría entonces el gran pintor francés escrito esto: Mientras busco la imitación concienzuda no pierdo ni un instante la emoción. Lo real es una parte del Arte, pero el sentimiento lo completa. Si estamos verdaderamente conmovidos la sinceridad de nuestra emoción se transmitirá a los demás. Como él lo hiciera...

(Óleo de Leonardo da Vinci, La Gioconda, 1503-1519, Museo del Louvre, París; Lienzo del pintor francés Jean-Baptiste Camille Corot, Mujer de la perla, 1868, Museo de Orsay, París.)

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