5 de febrero de 2016

El Manierismo, la única tendencia artística que comprendió lo que, realmente, es el Arte.



Sólo con la perspectiva del tiempo se llegará a entender la historia, la vida, la sociedad...y el Arte. Han tenido que relevarse tendencias, estilos, técnicas y modos para que ahora, desde una sociedad totalmente conquistada y dominada por la imagen, podamos evaluar con sosiego, fríamente, desapasionadamente, sin interés ya de ningún tipo, el verdadero sentido del Arte. Porque -entendido aquí solo el Arte Pictórico-, ¿para qué y por qué comenzó el Arte? Probablemente no hayamos valorado bien el hecho de que la Edad Media en Europa subestimó el Arte, es decir, no voy a decir que lo ignorara o rehuyera, pero sí que lo marginó como una manifestación iconográfica cultural. La religión cristiana en Europa, Roma concretamente, determinó la cultura y, por tanto, determinó sus medios para transmitirla. Sin embargo luego, cuando el Renacimiento revolucionara toda cultura y toda manifestación artística, la Iglesia católica fomentó, admiró y transformó el sentido iconológico de la imagen. Es a partir de entonces cuando se acelera el proceso; no es que naciera entonces el Arte, no, sino que se aceleró y, en consecuencia, evolucionaría extraordinariamente. La evolución es la matriz de todo engendro en nuestro mundo, sea éste natural, artificial o imaginado. 

El Arte tuvo una utilidad social y evangélica, aristocrática luego, y, finalmente, burguesa. Al principio de su evolución, en el siglo XIII, los artistas se dejaron llevar por la iconografía bizantina, adaptándola entonces a sus propios gustos regionales o locales. Hasta entonces la única cultura transfronteriza fue la arquitectura y el decorado. Las grandes rutas europeas, como el camino de Santiago, contribuyeron a prodigar ese arte en toda Europa. Pero, entonces, toda esa decoración tan maravillosa, románica, mudéjar y medieval de los siglos IX, X, XI..., ¿qué pasó con ella? ¿Por qué no progresó? Porque fue una tendencia religiosa monacal, el Cister, el que acabaría radicalmente con esa evolución artística. El Arte cisterciense fomentó, sin embargo, ahora la austeridad, el minimalismo decorativo, los muros vacios de imágenes, los arcos desnudos, altos y bellos, pero sin adornos... Y eso contribuyó a que la sociedad, y la propia Iglesia, mantuviesen sin evolucionar, sin desarrollar, el Arte. Porque el Arte existía entonces, pero tímidamente, sin experimentar y sin encontrar un gran público que lo demandara. Cuando después en el siglo XIV empieza a evolucionar poco a poco, el Arte descubre en su sentido piadoso el único sentido de existir, y pinta entonces solo seres sagrados, entes demasiado alejados de nosotros... Y se pintan figuras planas, sin perspectiva, como se habían hecho siempre en las paredes medievales... También, con las mismas formas poco naturales, esas que acabarían, sin embargo, justificándose ahora en un cuadro. Pero el Renacimiento acabaría pronto con toda esa lentitud de siglos en el desarrollo pictórico de su evolución.

Y los pintores proliferaron tanto como el propio desarrollo que tuvo el Arte. Y las demandas de obras se ampliaron a otros estamentos. Entonces la aristocracia superó o igualó a la Iglesia en utilizar las imágenes de Arte para satisfacer otras cosas: el gusto, el placer, la vanidad o el prestigio. La Iglesia lo había hecho para evangelizar, para comunicar la doctrina y lo sagrado. Pero los magnates italianos, los primeros aristócratas en hacerlo, lo hicieron ahora para demostrar lo importante que ellos eran, decorando sus palacios o sus hogares con la bella y diferente estética, menos sagrada, o nada sagrada, que los pintores comenzaron a llevar con sus pinceles al lienzo. Y, entonces, ¿qué pintar ahora? Pues, retratos o grandes hazañas, historias o leyendas atrevidas donde pudiera ya divisarse, por ejemplo, el cuerpo desnudo de una dama... Entonces, solo entonces, cuando lo creado en un lienzo empezaba a ser más cercano a nosotros, a ser personajes más humanos, no tan sagrados, seres que, como nosotros, vivían y sentían y reflejaban lo que éramos, el Arte quiso verdaderamente hacerlo todo cada vez más natural, más como era todo lo que la vida real les mostraba a sus ojos tantas veces.

El clasicismo grecorromano, descubierto entonces entre las ruinas romanas de aquellos años -siglos XV y XVI-, y conservado en esculturas de mármol -lo más duradero- reflejaba la belleza realista más maravillosa y entusiasta que se hubiera conseguido ver nunca. Se podía conquistar la belleza ahora. Se podía amarla, también, admirando ahora esas obras inmortales. La escultura floreció en Italia en aquellos años, deseosa de recordar aquella belleza clásica. Pero, la Pintura pronto comprendió que había venido a hacer lo mismo. Reflejar o reproducir la belleza tal como era. Lo mejor posible. Con sus dimensiones, con su perspectiva natural, aun dentro de su bidimensionalidad limitada. Y los que mejor lo hicieran mejores pintores serían. Sin embargo, algo sucedió a partir de la tercera década del siglo XVI. ¿Fue la evolución del Arte? Pero, ¿cómo se podía evolucionar así volviendo a lo de antes, al alejamiento del modelo real, de lo más natural, de lo reproducido fielmente en un lienzo? ¿Por qué sucedió eso? El Manierismo es de las pocas tendencias que más misterio, si lo pensamos bien, encierran en el Arte. Consiguió llevar a cabo la mayor evolución a la que el Arte podría llegar, al mayor límite. Pero, lo hizo antes de tiempo. Se anticipó. Y por eso murió, detestado, atropellado e incomprendido. Porque el Arte, el útil, el icónico más funcional, no habría acabado aún de cumplir sus necesidades sociales, políticas o religiosas.

El Barroco fue luego la más completa justificación del Arte para ello, cumplió su función de comunicación social como ninguna otra tendencia o cosa lo hubiese cumplido mejor nunca. Porque duró, además, ciento cincuenta años... El Manierismo, a cambio, sólo duró cincuenta. Luego, siglos después, el Arte sería utilizado incluso como medio de comunicación por la sociedad burguesa y revolucionaria. Y para comunicar a todos..., hace falta que la imagen sea comprensible a todos. Así que, si lo pensamos bien, y salvo el Arte Moderno, la única tendencia artística de la Historia que nunca sirvió para transmitir otra cosa que Belleza fue el Manierismo. Sólo Belleza, nada más. Pero, únicamente. Es decir, no hay otra cosa, no hay mensaje verdaderamente, no hay salvación, no hay denuncia, no hay pasión, no hay leyenda incluso, no hay ahí nada más que Arte... y Belleza. Cuando Niccoló dell Abbate (1510-1571) se trasladase a Bolonia en el año 1547, desde su Módena natal, descubrió el gusto de esa ciudad por la mitología, el amor cortés y los paisajes sosegados. Pero luego se marcharía a Francia en 1552 para decorar palacios en Fontainebleau. Más belleza todavía, desconsagrada y sin demasiados alardes intelectuales. Y pintó él como el Arte habría evolucionado en esos años centrales del siglo XVI, cuando el Manierismo no era ni una tendencia siquiera, era sólo la única forma de pintar...

En el año 1555, aproximadamente, Abbate crea su obra La Contención de Escipión. La historia latina contaba ya, en parte leyenda y en parte verdad, cómo el gran general romano Escipión el Africano, el mayor estratega que tuviera Roma, se contuviera una vez ante la belleza de una hermosa cautiva enemiga de Hispania. Su grandeza y nobleza fue cantada ya por poetas, y llevada a la leyenda más heroica y excelsa de todas las ejemplarizantes de la antigüedad. En el Arte se ha pintado a lo largo de todas las tendencias y de toda su historia. Aquí incluyo, además de la obra manierista de Abbate, la pintada cien años después por el pintor barroco -y clasicista- Nicolas Poussin. En esta última, que nos permite verdaderamente visionar mejor la historia -o la leyenda-, observamos cómo Escipión es saludado con reconocimiento por el futuro esposo de la hermosa cautiva, aquella bella joven hispana que él rehusara tomar. Sabremos distinguir ahora, en la obra barroca, sin conocer mucho la historia, dónde están aquí todos los personajes, quiénes pueden ellos ser y qué escena elogiosa estamos viendo. Pero, ¿y en la obra de Niccolo dell Abbate? ¿Cómo podremos saberlo? ¿Pero, saber qué? Porque en el Manierismo no hará falta saber nada... ¿Hay Belleza ahí? Sí. Ya está, eso es todo.

(Lienzo Manierista del pintor italiano Niccolo dell Abbate, La Contención de Escipión, 1555, Museo del Louvre, París; Óleo clasicista del pintor barroco francés Nicolas Poussin, La Contención de Escipión, 1640, Museo Pushkin, Moscú.)

  

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