21 de abril de 2016

El valor de la imagen universal, de la más completa e intemporal, o del sentido más auténtico de Arte.



Pocas obras de Arte pueden hacer detenernos y mirar, mirar y volver a mirar, y comprender así ahora que en ellas está la obra más completa y eterna. No ya la más perfecta, que es otra cosa distinta, no, sino la más completa, la que lo contiene todo, la que, mirándola, nos llevará a sentir que no es necesario mirar ya nada más creado por el hombre, ni antes ni después, para acabar entendiendo el Arte. Y esta sensación tan espiritual se siente ahora observando una de las tres obras del tríptico La batalla de San Romano, del pintor gótico-renacentista italiano Paolo Uccello (1397-1475). Llega a tanto ese sentimiento etéreo, porque es un sentimiento y es etéreo, casi una emoción primitiva, que no hará falta saber verdaderamente nada de esa batalla, ni la fecha, ni de los protagonistas de esa historia, para entenderla ahora por completo. ¿Entender exactamente el qué? Porque cuando un cuadro haya que explicarlo mucho, poco será el mérito artístico de su creador. Es más, si no sabemos nada de la historia que describe el cuadro, aún más sabremos -entenderemos- de la propia obra de Arte reflejada. 

Fijémonos bien en la obra de Uccello, en el impactante gesto ahora, por ejemplo, del enfrentamiento entre los dos caballeros medievales. En concreto en el de la imagen del bello caballo blanco y la silla azul, cuyo personaje protagonista es descabalgado por la lanza decidida del otro caballero, el vencedor ahora de la batalla. Pero, sin embargo, ¡qué maravilloso plano el de su caballo blanco, o qué momento más glorioso eternizado de él ahora en el lienzo! Por su gesto tan elegante y tan bellamente plástico que su personaje -Bernardino della Ciarda, jefe del ejército sienés- muestra aquí ante el desafortunado empuje de la lanza enemiga. Y a pesar incluso de que el tríptico fuera encargado por los vencedores, por los florentinos. El pintor Uccello era también florentino, pero no un propagandista sino un artista universal. Incluso la cabeza de un soldado sienés, situada detrás del hermoso caballo blanco vencido, confunde al pronto su imagen superpuesta, parece ahora la del jinete lanceado antes de ser derribado. Tal es la irrealidad plástica de la obra. Pero no es lo único extraordinario aquí, no ya por la genialidad artística, que lo es, sino por ser una obra de Arte fuera de todo lo ordinario para describir una batalla real tan decisiva.

Para este pintor prerrenacentista -es decir que se sitúa poco antes del Renacimiento, que es precursor de este periodo artístico fundamental- lo más importante en una obra de Arte es la perspectiva. Por entonces era lo más novedoso, lo técnicamente decisivo para afrontar un Arte pictórico que comenzaba a latir con fuerza en Italia. Pero, sin embargo, no la utiliza ahora -la perspectiva- como era habitual por entonces usarla: para establecer varios escenarios temporales diferentes en un mismo lienzo; no, para Uccello la perspectiva es necesaria -como lo será siempre luego- para dar ahora profundidad a un único momento temporal. Y en un único momento temporal pueden pasar muchas más cosas de las que, objetivamente, precisen mostrarse de una historia o de un tema o de una batalla en un cuadro. Y aquí, en el más maravilloso universo de los tres momentos temporales pintados en su tríptico, El descabalgamiento de Bernardino della Ciarda en la batalla de San Romano -expuesto en la Galería de los Uffizi-, el pintor florentino nos presenta en la mitad superior de la obra cosas que para nada tienen que ver ahora con una batalla cruenta, por muy importante que esta haya sido incluso.

En esa parte de la obra, Uccello nos muestra ahora un paisaje labrado, unas frutas apetitosas y colgadas de un árbol, unos cazadores con sus galgos, o unas liebres o conejos corriendo por los campos aun labrados. Pero no hay límites ahí, todo está ahora mezclado con todo porque nada hace que las cosas no se puedan mezclar azarosas, que no sean compartidas ya por el universo limitado del cuadro épico. Las lanzas, las alabardas, las armaduras de los jinetes escorados o los plumajes de sus yelmos, todo eso confundido está ahora con los árboles, con el paisaje profundo, o con las inexistentes flores del campo. La irrealidad está vestida ahora de realidad gracias a la perspectiva o a la dinámica de los gestos gloriosos, heroicos y gallardos. La lanza vinculadora y poderosa es en la obra lo expresado más real de todo lo expuesto. El resto es infantil, es ridículo incluso, grotesco o extremadamente fantasioso. Pero, sin embargo, hay ahora ahí más cosas todavía, cosas muy visuales, modernas incluso, para un lienzo tan arcaico todavía, cosas que le dan, además, un estudiado diseño gráfico y artístico novedoso. Las lanzas rotas y partidas en el suelo dibujan ahora una perfecta silueta ortogonal: son líneas paralelas que se cruzan rectangularmente, algo imposible de ser visto así, o de quedar así de regular o de real, en la propia vida o en los lienzos de batallas alarmadas.

En este lienzo gótico-renacentista están además todas las tendencias y todos los periodos artísticos de la historia. Es como si a un ordenador le hubiesemos introducido todos los datos iconográficos de todas las tendencias artísticas y le hubieramos hecho componer luego un compendio de todos los estilos juntos en un lienzo: del Renacimiento, del Barroco, del Rococó, del Neoclasicismo, del Romanticismo, del Realismo, del Impresionismo, del Cubismo, del Simbolismo, del Surrealismo... Están todos ahí, en algunos casos mostrados en pequeñas cosas, en otros en más definidas o en algunos más por otras grandes cosas. Como, por ejemplo, las lanzas guerreras, propias aquí del barroco velazqueño posterior; o como los caballos y las imágenes dinámicas del Rubens glorioso; o como el oscuro paisaje incongruente -parece de noche y es de día- tan propio del Romanticismo; o como los paisajes lejanos e importantes de los descriptibles lienzos Realistas; o como los árboles, sus frutos y el momento temporal retratado luego por los Impresionistas; o como las metáforas visuales de las obras decimonónicas Simbolistas; o como los objetos regulares y geométricos del contemporáneo Cubismo; o también como el Surrealismo de los gestos contrastados, ahora, de unas imágenes con otras...

El poeta español José María Álvarez (1942) compuso para su obra El botín del mundo del año 1994, un verso inspirado en este tríptico prerrenacentista de La Batalla de San Romano del pintor Uccello:  


"No estás aquí", dijiste,
con esa desmedida pretensión
tan femenina (¡Que no escape, que no se me escape!), y

encendiste con rabia
un cigarrillo, y te apartaste como
para mostrar disgusto (pero
tampoco mucho, no
vaya a
recelar; lo suficiente para
que sepa lo importante
que es que yo me abra
de piernas). Y, bueno, sí, llevabas
razón: No estaba
allí. Escuché tus suspiros, notaba
tus piernas enredadas como lianas en mis lomos,
el golpear de nuestros cuerpos en la cama, la uña inmensa
de la lujuria arañando
dentro de mi vientre, y tus besos en mi garganta, y,
sí, sin
duda, oí
el crujido del vacío al helarse. Pero
lo siento, querida, yo no estaba
allí. Yo estaba
contemplando una pintura
de Uccello, recreándome en mi memoria, y
cuando volví a aquel lecho
y te besé -"¿Y dónde voy a estar?" te
dije-, de la fogosidad de mis abrazos
-y esto no es poner en duda tus encantos-
un cincuenta por ciento, me imagino,
era de Uccello, de la plenitud
que me había invadido recordando
la belleza sin par de esa batalla.

Del poeta español José María Álvarez, (Cartagena, 1942).

(Tabla de temple al huevo del pintor Paolo Uccello, Niccoló Mauruzi da Tolentino desmonta a Bernardino della Ciarda en la Batalla de San Romano, del Tríptico de La Batalla de San Romano, 1440-60, Galería de los Uffizi, Florencia; Detalle del mismo cuadro, Paolo Uccello, 1440-60, Galería de los Uffizi.)

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