5 de mayo de 2016

Las distancias y sus paradojas en el espíritu humano: a más de aquellas... menos distancia.



Para describir paisajes reales, el Arte fue un instrumento imprescindible antes de la fotografía. Los países imperialistas, como Gran Bretaña, utilizaron a pintores aventureros y exploradores para retratar las imágenes más exóticas y grandiosas de su imperio. Uno de ellos lo fue William Hodges (1744-1797). Embarcado en el segundo viaje del marino-explorador británico James Cook, recorrería todo el océano Pacífico durante 1772 a 1775, llegando a visitar incluso desde Ciudad del Cabo hasta la Antártida. Los paisajes exóticos de Hodges entonces consiguieron todo lo que se requería para una ilustración de la vida, costumbres y etnografía de los distantes lugares visitados, pero, también, otra cosa que sorprendió por entonces: su novedosa forma de pintarlos. Alcanzaban sus obras a describir escenas palpitantes, llenas de fuerza y de una extraordinaria capacidad para el contraste y la luz, algo que los románticos inmediatamente posteriores, pero no sólo ellos, llevarían luego a su máximo esplendor. 

Sin embargo, él, un pintor de género, de paisajes contratados, de descriptivos escenarios imperiales, llegaría a humanizar el encargo. Consiguió que el observador, además de admirar el lejano paisaje explorado, amara el lugar, sintiera la fuerza interior de una atmósfera rutilante y poderosa en cada  claroscuro ilustrado, en cada color señalado de un paisaje lejano, exótico, distante y puro. Tres años después del regreso del viaje al Pacífico con el capitán Cook, Hodges fue contratado por el inventor de la India británica, el gobernador Warren Hastings (1732-1818), para viajar al subcontinente asiático y recorrer sus paisajes y pueblos desconocidos. De aquella experiencia, el pintor William Hodges llevaría a cabo muchas obras de Arte que embelesaron el imaginario y la pasión por conocer y descubrir la India.

De uno de aquellos viajes al noreste de la India, donde el clima es más suave y menos duro, el pintor inglés acabaría inmortalizando, en un lienzo maravilloso, el paisaje sublime de las colinas de Rajmahal. En el Tate Gallery de Londres se encuentra el cuadro, una obra -como el autor-, y como tantas otras, que sin mucha divulgación pasarían sin ofrecer gran parte de lo que, sin ellas, el mundo se perdería. Es de esa clase de obras de Arte que uno no puede pasar sin detenerse. Extraordinaria es la composición que reflejan sus contornos abiertos y grandiosos. Una obra donde, ahora, una vista real de un paisaje real es otra cosa diferente gracias al encuadre que el pintor desarrollará en su obra. Otra cosa diferente porque parece un espacio idealizado, un espacio creado de la nada para poder componer ahora una escena sugestiva, exótica, estimulante. Porque para ver la vista poderosa del lejano relieve de las colinas de Rajmahal no es necesario elevar ahora tanto el encuadre... Pero, sin embargo, el perfil elegante, tan esbelto y majestuoso de la palmera india, obligará así a elevar la distancia del cielo haciendo aquí de éste una justificación muy poderosa. 

La obra se titula Tumba y vista distante de las colinas de Rajmahal, del año 1782. En ella, todo eso que dice reflejar será lo que menos veamos... Tal vez porque seamos occidentales, y no entendamos nada de la India, o tal vez porque el pintor también lo fuera. Pero, aquí, en esta extraordinaria vista de un paisaje hindú, lo que percibiremos ahora más serán las dimensiones, las distancias entre las cosas, el distanciamiento entre ellas físicamente. El pastor solitario, sentado ahora lejos de su ganado, está distante aquí de todo... De la tumba de la izquierda, de la palmera necesaria, de la construcción ruinosa de su espalda, de la lejanía de un horizonte infinito, de sí mismo, incluso. Nada aquí estará cerca de nada pero, sin embargo, nada de toda esa lejanía aparente traspasará la sensación interior de la mirada. Hasta la posición desde la que el propio pintor observa su escenario pictórico es una posición que posibilitará el dimensionado lejano de las cosas. Desde ahí, que será el mismo lugar de los observadores -de nosotros-, se verán ahora todas las cosas alejadas. Todo estará aquí distante, todo se adimensionará, lejano y silencioso, inmensamente pacífico, y sensible. 

Sólo el espíritu es aquí el destinatario de las formas, de las distancias, de las cosas que están y no están. El pintor, un ilustrado británico, un ser aséptico y explorador que viaja queriendo descubrir las cosas más exóticas del mundo, acabaría simulando en esta obra ese espíritu que, en sus últimos años de vida, el Arte comenzaría a latir luego con el Romanticismo. Pero, sin embargo, él no lo fue, ni lo dejaron, ni él lo quiso. Describió las cosas que pasaban, retrató el mundo que él solo viese en sus viajes, mostraría la vida y sus efectos. Nada más. Sin nada más. Y así hasta que expusiese en Londres, a finales del año 1794, unas obras diferentes...: Los efectos de la paz y Los efectos de la guerra. A comienzos del año siguiente, 1795, cuando Inglaterra declarase entonces la guerra a la Francia napoleónica, esas obras le comprometieron al pintor y a su carrera fatídicamente. Ordenaron que la exposición se cerrara, y la fama de Hodges comenzaría a declinar.

Años después, a principios de 1797, retirado ahora en el suroeste de Inglaterra, una crisis bancaria de ese mismo año arruinaría al pintor de paisajes imperiales y lejanos. Pocos meses después, moriría de alguna terrible enfermedad desconocida. Aunque, también, los rumores entonces denunciaron que, tal vez, el láudano tuviera algo que ver en ese distanciamiento voluntario... Como sus paisajes explorados, como sus inmensos encuadres alejados pero sin distancias interiores, sin necesidad de ocultar nada bajo la confusión de las cosas, de esas cosas que se anteponen a otras, que se oposicionan a otras, que se trastocan por las aristas tangenciales de algo que no dejará ver lo que son, lo que verdaderamente son. Lo que, únicamente, desde un espíritu sosegado y distante podrá ya participar ahora de todo, de lo suyo y de lo ajeno, de lo grande y lo pequeño, de lo acabado... y de lo eterno.

(Óleo Tumba y vista distante de las colinas de Rajmahal, 1782, del pintor británico William Hodges, Tate Gallery, Londres.)

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...