1 de agosto de 2016

La comparativa más imposible: dos obras maestras y dos grandes artistas, Tiziano y Rubens.



Cuando en septiembre del año 1628 el pintor flamenco Rubens viaja a España, por segunda ocasión desde el año 1603, para informar al rey Felipe IV de las consideraciones de un posible tratado de paz con Inglaterra -Rubens fue un diplomático flamenco además de pintor-, se le hospedaría entonces en el Palacio Real del antiguo Alcázar madrileño (desaparecido por el fuego un siglo después). Allí conocería a Velázquez y contribuiría a orientar artísticamente al gran pintor español. Pero también compuso muchas obras de Arte en la corte española, retratos de algunos personajes, como el marqués de Leganés y otros. Sin embargo, algo atraería extraordinariamente el deseo artístico del gran creador flamenco entonces. En España se encontraba una de las mejores colecciones de pintura de Tiziano, y todas estaban en ese Alcázar real. La tentación fue irresistible y Rubens copiaría casi todas las obras que la corte española disponía del gran Tiziano. Pero, no exactamente copiaría todas las obras con rigurosidad fidedigna. De una de ellas, Adán y Eva, pintada por el pintor veneciano en el año 1550, Rubens llega en el año 1629 -casi un siglo después- a realizar una obra maestra que supondría dos alardes artísticos en una sola realización pictórica: componer una maravillosa versión de la caída del hombre de otro genio, en este caso de Tiziano, y algo más: ofrecernos la posibilidad de comparar dos grandes obras maestras. De poder comparar así ahora las vestiduras estilísticas, compositivas, emotivas, narrativas, estéticas o creativas de dos genios del Arte universal.

De otras obras de Tiziano tuvo el pintor flamenco mayor fidelidad al original, pero en esta obra -Adán y Eva, del año 1629- Rubens hace una recreación propia de otra pintura. Es decir, hace lo mismo que el pintor veneciano, pero ahora con otras cosas, obteniendo algo diferente de lo mismo. Se atrevió el maestro Rubens a incorporar elementos o matices distintos a Tiziano en su obra, lo que llevará inevitablemente a una genial y odiosa comparación forzosa. Es de pensar que la madurez del artista flamenco, su sabiduría artística de años, le llevaría a realizarlo sin ningún pudor, ni duda. A atreverse a realizar una obra donde copiaría el mismo tema, la misma composición, gran parte de la posición, inclinación, paisaje, formas y gestos, de la obra manierista de Tiziano, pero, a cambio, introduciría, variaría, incorporaría, añadiría y esbozaría Rubens algunas otras cosas, algunos otros elementos los suficientemente importantes y relevantes estéticamente como para determinar las significativas diferencias de dos geniales formas de crear y entender Arte. Abriría con ello Rubens la caja de pandora de la creación artística, y, al mismo tiempo, a quien quiera y sepa verlo, desataría los truenos y rayos de la comparación artística más sublime. ¿A qué gran creador se le hubiese ocurrido hacer lo mismo que otro gran creador hiciese un siglo antes, pero ahora variando aspectos esenciales que determinarán la mejor forma de poder evidenciar el especial sentido artístico de expresar comparativamente la más conseguida composición de una misma -una anterior y otra posterior, y copiada ésta de aquélla- obra maestra en el Arte más sublime? 

Hacer las cosas con posterioridad dará alguna ventaja. Porque ahora sabemos lo que se hizo antes y cómo se hizo, y mejoraremos así -¿lo mejoraremos realmente?- el sentido de lo que se pueda representar luego de algo que se representó antes. Porque la obsesión de Rubens con Tiziano debió haber sido casi patológica. Tuvo el pintor barroco que buscar su sentido propio en esta obra para justificarlo como algo más conseguido en el Arte... Y la verdad es que lo consiguió. La obra de Rubens es absolutamente genial frente a la otra. Y aunque el manierismo bellamente renacentista de Tiziano nos subyugará al pronto, nada puede igualar en su obra la grandeza de una realidad mucho más cercana a lo humano, o a lo más emocionalmente conseguido, que alcanzará, sin embargo, la obra maestra de Rubens. Es decir, que nos sirve para comprender el Arte no tanto para valorarlo. La obra de Tiziano es de una belleza sin igual, es una maravillosa composición renacentista de equilibrio, estilización y sutileza artísticas. Pero, a cambio, el lienzo barroco de Rubens nos llevará a un universo muchísimo más armonioso con lo emotivo. La credibilidad de Adán, su conjunción con Eva desde un sentido ético y estético, en el caso de Rubens está mucho más alcanzada, si no obtenida totalmente, frente a la obra maestra de Tiziano.

Hasta el creador flamenco evita cubrir parte alguna del cuerpo desnudo del primer hombre bíblico, cosa que Tiziano equilibraría -ocultaría- junto con Eva en un recurso muy frecuente en el Renacimiento. El Barroco mantuvo este recurso en menos casos, aunque aquí -que en otros casos Rubens no hace- sí cubre ahora a Eva el lienzo barroco. Está claro que fue la posición de Adán la que obligaría a cubrir su sexo en Tiziano. Al inclinar o girar con respecto al plano mucho más el perfil de Adán hacia Eva, le permitió a Rubens ocultar con su perspectiva lo ocultado antes en Tiziano con unas hojas. ¿Fue ese realmente el motivo? No lo creo. El pintarlo así, más sesgado, hizo inútil ocultar nada. Porque la intención debía ser otra, debía ser mejor componer una figura masculina enfrentada a Eva de un modo diferente a antes, como lo hiciera Tiziano: ahora en Rubens más sentimental que temeroso. La sublimidad de Tiziano -también es una gran obra maestra la suya- consiguió otra cosa entonces: ser fiel al sentido críptico y aséptico del mensaje del Génesis bíblico. Porque Adán en Tiziano está algo más lejos de Eva, no hay amor ahí, hay más bien coincidencia o coparticipación inevitable de dos seres contingentes en una crítica situación sobrevenida. En Rubens, sin embargo, Adán trata de avisar o de evitar con ternura y compasión la decidida acción turbadora de Eva. Por eso está ahora él ahí más cercano a ella -en Tiziano Adán mira la manzana, en Rubens la mira a ella-, su gesto está en Rubens más identificado con ella, es más conciliador, es más contemporizador, sentimentalmente, con el deseo inequívoco de Eva que el expresado en la obra de Tiziano.  

Porque la figura de Eva no varía, formalmente, en ninguna de las dos excelsas creaciones. Su posición, su gesto, inclinación, semblante y acción es la misma en ambos casos. Sólo la textura y el color del barroco de Rubens la hace a Eva más propia de su autor, pero nada más. El resto de ella es igual en los dos lienzos. El paisaje dispone de una característica estilística que representa la tendencia de cada período artístico. Por ejemplo, el árbol principal, de donde Eva toma la manzana prohibida: en el caso de Tiziano su tronco es más vertical, es más derecho, como su tendencia artística renacentista presupone; en el caso de Rubens vemos una inclinación, propia de su tendencia barroca curvilínea. La incorporación del papagayo encarnado determina un cariz más esperanzador -más desenfadado- del mensaje tenebroso y definitivo de la caída bíblica del hombre. Rubens era un personaje mucho más vitalista, optimista y dichoso que Tiziano, gracias además a su afortunada vida personal. En fin, miremos bien las dos representaciones maestras, dediquemos el tiempo que sea preciso. Definitivamente, la obra maestra de Rubens acaba conquistando el sentido más sublime del Arte. Lo que el Arte deberá transmitirnos, además de belleza estética o de equilibrio estilístico: que los elementos representados en una obra sean capaces de comunicarnos algo con emoción. Es de suponer que, al pintar estas obras no en su taller sino directamente frente a las obras maestras del Palacio Real de Madrid, fue una obra realizada sólo por Rubens, sin ayuda de ningún colaborador o alumno suyo. Y es por eso mismo que, además, consigue aquí el gran pintor flamenco exponer su pasión, en cada trazo inteligente y genial, de su emotiva y maravillosa obra maestra.

(Óleo del pintor del Renacimiento manierista Tiziano, Adán y Eva, 1550, Museo del Prado; Óleo del pintor barroco Rubens, Adán y Eva (copia de Tiziano), 1629, Museo del Prado, Madrid.)

2 comentarios:

Anarkasis dijo...

¡ El loro de Rubens ! Ese loro me inspiró y me dio para mucho, hace tiempo. ¡juas.

Un saludo


Alejandro Labat dijo...

Interesante tu artículo. Es cierto, pensé también que Tiziano entonces no supiera de la existencia de papagayos, pero luego comprendí que en 1550 sí se podrían conocer. Pero no es su conocimiento o no lo que llevó a no ponerlo ahí en el Renacimiento... Pero sí en el Barroco de Rubens, el más interesante creador y personaje del Arte.

Saludos y gracias por tu comentario.

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