18 de octubre de 2016

El simbolismo y el naturalismo como reflejo de la contradicción de la vida... y del Arte.



El final del siglo XIX fue en el Arte y en el pensamiento tan convulso como contradictorio. Y es precisamente por eso por lo que el Simbolismo prosperó entonces ante la indefinición de la época, ante su desvaída forma de expresar las cosas, todas las cosas -las simbólicas y las no tanto- que el mundo tuviese en ese momento histórico -mayor acercamiento científico-técnico de la sociedad- para comprender la vida y sus misterios. Y los creadores son los primeros contradictorios, forma parte de su esencia: crear es diseñar una forma diferente a lo conocido, y, como se crea mucho para descubrir el verdadero sentido de lo creado, el autor no será fiel a la causa de las cosas sólo a sus efectos, sean éstos iguales, contrarios o diferentes. Luego estará el pensamiento, la manera racional en que nos acercaremos a lo que sentimos. Y, ¿qué sentimos? Aquí la vida y el Arte van unidos. Una es reflejo del otro, y al revés. ¿Qué lleva a componer una obra musical tan inmensa, profunda, estimulante y grandiosa como la que crease el compositor Wagner? ¿Bastará una vida para eso? Aquí es el Arte -el gran Arte, el musical, el poético, el pictórico...-, el que solo puede contestarlo. 

Rogelio de Egusquiza (1845-1915) fue un pintor español de extraordinaria factura plástica, cromática y compositiva. Un academicista inicialmente, guiado por las maneras clásicas y correctas de la mejor forma de pintar. También un músico, además. Su formación artística y cultural le llevaría a recorrer Europa hasta encontrar la pasión creadora que su pensamiento -y su Arte- no pudo rehuir, entusiasmado. Porque aquí ahora -en el descubrimiento de la música de Wagner- habría vida, pensamiento y Arte. Descubre el pintor asombrado la música de Richard Wagner en París a los treinta y un años. Y ahora habrá que entender lo que un creador, Wagner, fue capaz de componer musicalmente. Imposible. Se puede escuchar su música, pero, ¿basta para ello? No. Porque aquí, en Wagner, hay romanticismo y misticismo, hay funambulismo social y dramatismo lírico, hay música y pensamiento, hay creación y contradicción. El filósofo alemán Nietzsche (1844-1900) llegaría tanto a amar como a odiar al compositor. Porque, para el filósofo alemán, Wagner es el salvador de la cultura y la alegría más dramática de la modernidad. Con sus obras operísticas y su música genial, habría llegado a justificar todo el pensamiento que Nietzsche concebía como la fuerza redentora del propio hombre -lejos de tradiciones, dogmas y mitologías levíticas- para entender el mundo y su destino en él.

Pero cuando Wagner decide finalizar en 1882 un proyecto diferente, más cercano al refugio sobrenatural del mito cristiano y sagrado del Grial, el filósofo Nietzsche se apartará de su fascinación wagneriana por recordar aquél ahora al mundo la redención victoriosa -falsa para el filósofo- del bien sobre el mal gracias a un héroe cristiano -Parsifal- que apostará más por la austeridad y la compasión frente a la confianza y fortaleza nietzscheanas. Y entonces el pintor español Egusquiza, absorbido por el mágico acontecer de combinar mito, símbolo, tradición, búsqueda y sacrificio, compondrá a principios del siglo siguiente su serie sobre la ópera Parsifal del compositor alemán Wagner. En el año 1906 pinta su óleo Kundry, un personaje femenino que, junto a Parsifal y otros, intervienen en la extraordinaria obra musical del gran compositor alemán.

En la ópera, Kundry representará el deseo, el engaño, el sueño, el sentimiento y el arraigo. Pero también, finalmente, la redención, el cambio y la transformación luminosa de un espíritu sinuoso ante la verdad aparecida de repente. Y es así ahora como el pintor español representará al personaje femenino wagneriano Kundry en su obra. Vemos aquí la magnífica visión de una mujer que, a la vez, deberá simbolizar todo eso: deseo y sentimiento, engaño y sueño, arrepentimiento pero, también, arraigo. Es como la vida, y el Arte... Al final, no veremos sus pies ya -los de Kundry-, están aquí desvanecidos, desvaídos por la luz que le llega de arriba..., ¿cómo es posible eso, cómo es posible que ilumine aquí una luz de arriba tanto algo de abajo? Por la contradicción. Por la misma que, en el fondo, llevaría al compositor Wagner a cambiar su pensamiento. Por la misma que, tal vez, llevaría también al filósofo alemán Nietzsche a recorrer -¿aliviado?- por entonces su locura. Pero, ahora, en este óleo, es aquí un simbolismo y también un naturalismo lo que veamos. Otra contradicción. Porque el gesto, el sentimiento y el aturdimiento están aquí compuestos bella y naturalmente; la silueta, su erotismo y su belleza lo estarán también. Pero, ya está. El resto es fascinación por la simbología de lo misterioso, de lo más subyugador todavía. Y el pintor español lo llevará a su mayor culminación, esa misma que supone, para quienes la oigan así, la maravillosa y sobrecogedora música de Wagner.

(Detalle del cuadro Kundry, de la serie Parsifal, 1906, del pintor español Rogelio de Egusquiza, Museo del Prado; Óleo Kundry, 1906, del pintor Rogelio de Egusquiza, Museo Nacional del Prado, Madrid.)

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