10 de mayo de 2017

La sabiduría premonitoria no es sabiduría, es evitar ésta cuando llega el momento de tenerla.



La mitología griega siempre encumbraría a los adivinos. Es así como sus autores -los poetas griegos- glosarían mejor sus fantásticas historias: antecediendo los hechos para poder luego contarlos con credibilidad... La profecía, ¿qué sentido tiene?, ¿acabaremos creyendo porque vaya a suceder...?, ¿o acabaremos viviendo lo creído, a pesar de que, realmente, no suceda nunca? El caso es que las leyendas griegas ejercieron luego un fascinante modo de representar iconos premonitorios. Uno de ellos fue un personaje que, en principio, nada de sabiduría vetusta y experimentada -como si lo fuera Tiresias- tendría para acreditarse en el consagrado poder de la adivinación. Casandra fue una bella joven sacerdotisa del dios Apolo en la malograda ciudad de Troya. Una hermosa troyana -hija del rey Príamo- que, cuando llegase al templo de Apolo por vez primera, este dios griego quiso entonces poseerla serenamente. Pero ella le propuso algo a cambio: el don de la profecía, algo extraordinario para una sacerdotisa que se preciase. Pero los dioses eran un poco ingenuos, ofreció el don antes de que Casandra se le entregase. Ella se arrepintió luego, y el dios no pudo deshacer lo hecho. Los dioses no podían desdecirse, aunque sí decidir luego otra cosa diferente. Apolo ahora, despechado, la condenaría a que todo lo que ella supiese antes -lo que es la premonición- nadie nunca terminase por creerlo.

El Neoclasicismo fue la tendencia pictórica más elaborada. Cuando surgió, a mediados del siglo XVIII, lo que hizo fue retomar las consagradas virtudes del clasicismo grecorromano y las de los grandes pintores del primer Renacimiento. Pero lo hizo apoyado en una teoría sustentada de filosofía, de geometría, de belleza, de culminación absoluta de todos los elementos que el hombre dispusiera en su sabiduría -entonces la Ilustración- para glosar la imagen más conseguida, la más perfecta, la más completa, o la mejor. Es decir, que disponía esta tendencia artística de más de dos mil años de conocimientos donde el ser humano había perseguido la idealización de la expresión plástica, y, luego -durante el Renacimiento-, había llevado esa misma idealización al encuadre pictórico más sublime; y con todo eso había determinado así que el equilibrio, la armonía, la medida, el ritmo o la sobriedad eran valores ineludibles para fijar una idea en un lienzo. Y Francia fue el país donde ese anhelo más pudo fomentarse porque ya llevaban un siglo elogiando ese clasicismo consagrado. Y el sumo sacerdote de ese templo iconográfico clásico lo fue el gran pintor Jacques-Louis David. Uno de sus muchos discípulos fue Jérôme-Martin Langlois (1779-1838), un pintor francés que aprendió y colaboró con David en grandes obras neoclásicas. En el año 1810, compone Langlois su obra de Arte Casandra implora la venganza de Minerva contra Áyax.

Y en esta obra neoclásica podemos observar ahora la sublimidad de la narración que todo Arte pictórico debiera tener, algo que, además, el Neoclasicismo hiciera especialmente brillar en sus creaciones artísticas. La leyenda narrada pictóricamente nos sitúa en la Troya invadida por los griegos. Casandra está en su sagrado templo de Apolo desolada ahora, luego de haber sido asaltada por el fiero guerrero griego Áyax. ¿Es eso lo que ahora vemos? Si ella era una adivina, ¿no pudo haberlo sabido antes de implorar su venganza y, así, salvarse? Pero aquí la narración lo deja claro: ella está ahora desnuda, vejada, atada, atormentada mirando a la diosa Minerva -Atenea- para rogarle la venganza de su terrible infamia. Al fondo vemos a un griego -¿es o no es Áyax?- que la mira -eso parece ahora, que mira a Casandra- mientras trata también de violentar a otras jóvenes troyanas. Esa mirada es ahora el Arte mismo retratado aquí, es una curiosa sublimidad hacia el propio Arte dentro de una obra. Y es, además, la propia sublimidad de la narración: porque es así como es la mirada anhelante que todo Arte debe glosar en su realidad artística... Pero también podría ser el alarde premonitorio -por tanto dos momentos diferentes de tiempo en una única obra- de la imagen de ella antes de que su asalto se hubiese producido. Pero, sin embargo, él la está mirando ahora, la mira ahora mismo -eso parece-, cuando Casandra ya ha sido asaltada -está atada y desnuda-, algo que, sin embargo, nos hace confundir aquí el momento temporal y al propio personaje griego. Pero eso mismo -lo confuso de todo- es el sentido metafísico que, en esta extraordinaria obra, se sublima para conciliar ahora anticipación y hecho, las dos cosas que determinarán la incierta sabiduría premonitoria.

¿Pudo hacer algo Casandra antes para evitarlo? ¿La adivinación, la premonición, el presentimiento, pueden hacer algo más que agotar los sentidos de la energía vital improductiva de los seres anticipados? Por que de esa sabiduría que no es aceptada por los otros, como fue el caso de Casandra, ¿qué sucede ahora cuando el objeto de esa premonición es uno mismo? El pintor, como el autor de esta leyenda mitológica, nos ofrece aquí una sabiduría fundamental: la premonición personal -no la que atañe a terceros sino la que atañe a uno mismo- es en cualquier caso inútil y contraproducente. La infausta Casandra sufrió dos veces: antes y durante de su experiencia. Su suplicio es doble. ¿No pudo ella enfrentarse mejor, como la figura femenina del fondo representa, dedicando entonces todo su esfuerzo a tratar de minimizar o evitar o superar los graves momentos del infortunio? No, no lo hizo así sino que, además de eso, ella debería saber antes lo que su enemigo la obligaría a padecer luego. De no haberlo sabido ella antes, eso se hubiese evitado sufrir anticipadamente... Un incisivo filósofo rumano, Emil Cioran (1911-1995), dejaría escrito lo siguiente sobre la mítica Casandra: Bien mirado, es más agradable verse sorprendido por los acontecimientos que haberlos previsto. Cuando uno agota sus fuerzas en la visión de la desdicha, ¿cómo afrontar la desdicha misma? Casandra se atormenta doblemente: antes y durante el desastre, mientras que al optimista se le ahorran los tormentos de la presciencia.

(Óleo del pintor neoclásico Jérôme-Martin Langlois, Casandra implora la venganza de Minerva contra Ayax, 1810, Museo de Bellas Artes de Chambéry, Francia.)

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