17 de junio de 2017

Cuando el Arte no es más que belleza, pura belleza, nada más que belleza...



La belleza no es algo demasiado definible. ¿Qué es exactamente? El concepto se difumina aun más cuando nos adentramos en sus orígenes filosóficos. Porque la Belleza fue sinónimo de bien, de ser encumbrado, de bondad manifiesta... Un sinónimo, una analogía, pero no exactamente lo mismo. Porque las cosas por el hecho de ser, de existir, no significan que sean bellas, que posean belleza. En el Arte, desde sus inicios, la belleza había sido un elemento necesario en su sentido final más estético, fuese éste el que fuese, ético, social, mítico o religioso. En ocasiones solo la belleza en el Arte como un elemento más, como una parte decorativa o representativa más de lo especialmente querido expresar en la obra. Pero en otras era lo fundamental, lo exclusivo, lo único, lo expresamente creado. Cuando la belleza es lo único que subyace o evidencia en una obra de Arte la percibimos de inmediato. Nada mediatizará entonces la belleza. Porque es una percepción directa esa semblaza estética tan modeladora de equilibrio. En ella no interviene ahora ni la reflexión ni el pensamiento ni la metafísica. Son obras de Arte donde lo representado es Belleza nada más..., y nada menos. Pero sólo belleza. En esas obras de Arte, a diferencia de las que precisan una reflexión o encierran un mensaje, la percepción de la Belleza nos llegará pronto y, del mismo modo, nos abandonará pronto también. La belleza no durará más que la misma efímera percepción abrumadora del momento. La belleza entonces nos cansa o nos aturde. El famoso síndrome de Stendhal tiene algo que ver con eso. 

Sin embargo, necesitaremos esa Belleza... aunque solo dure un momento. Precisamente, la Belleza estará relacionada más con el tiempo que con el espacio. Debe durar poco para serlo manifiesta. De hecho, la duración de esa percepción estética, su magnitud temporal, es inversamente proporcional a la Belleza: cuanto más duración menos belleza. Sólo la obra de Arte que extiende sus representaciones a motivos intelectuales trascendentes, filosóficos, sociales, históricos, antropológicos, etc..., y además dispone de belleza, pueden entonces hacer durar más ésta, pero tan solo aparentemente. Porque la belleza estará subsumida siempre en el sentido reflexivo de la obra. No dura más la belleza -dura lo mismo-, lo que sucede es que tardaremos más tiempo en comprenderla. Porque pensaremos ahora, reflexionaremos, dedicaremos así más tiempo a entenderla: tanto la obra como la belleza. Se tardará más tiempo porque ahora la belleza está intrincada dentro de la obra representativa de Arte, porque estaremos apreciando ahora otras cosas a la vez, estaremos asimilando o pensando en las diversas cosas que, iconográficamente, nos absorberán ahora nuestros sentidos perceptores, todos ellos, los psicológicos y los intelectuales, pero también los de belleza. 

Pero cuando la belleza no es más que lo que vemos representado ahora, cuando la belleza es en sí misma lo único que vemos representado en una obra, entonces la sensación placentera nos aturdirá incluso. Nos llegará muy pronto y nos abrumará de tal modo ella que la querremos atrapar de inmediato -esa sensación de placer-, ahora con todas las relaciones de miradas que la propia obra nos ofrezca despiadadamente ante nosotros. Pero acabará muy pronto todo eso. No terminará porque se agote la belleza, ésta no se agota nunca en sí misma. Terminará porque vemos belleza y estamos acostumbrados a la belleza: ésta no nos descubrirá nada nuevo, tan sólo admiraremos ahora lo que ya sabíamos antes de su existencia. Es una admiración continuada no un descubrimiento. Por eso mismo no interviene el intelecto ahora aquí. El intelecto interviene solo cuando la belleza está relacionada con otras cosas. Pero cuando es única, cuando sólo la belleza está ahora ante los perceptores primitivos de nuestra sensación más original, entonces es cuando la identificaremos de inmediato. Y el trasvase o movimiento de energía -como la dinámica de los procesos físicos- es ahora directo y rápido en el ser receptor de belleza, no padeciendo éste más que el tiempo preciso para recordarla. ¿Recordar el qué? La belleza consustancial a nuestro mundo, a nuestros primigenios principios más intrincados de nuestra esencia vital representada. Algo que nos es familiar y necesario, que poseemos en nuestro cerebro desde siempre, que no necesitaremos tiempo para acostumbrarnos o para asimilarlo pronto. Sí para admirarlo; pero la admiración durará tan poco como la poca distancia que existe entre nuestro sentido visual más primitivo y el motivo radical o principal de cualquier belleza presenciada.

(Óleo del pintor neoclásico alemán Jacob Philipp Hackert, Paisaje con el palacio de Caserta y el Vesubio, 1793, Museo Thyssen, Madrid; Lienzo Joven desnuda de espaldas, 1831, del pintor neoclásico francés Alexandre-Jean Dubois-Drahonet, Colección Privada.)

2 comentarios:

Joaquinitopez dijo...

Realemente ni siquiera habría intentado definir la belleza. En parte por que tiene un aspecto tan subjetivo que casi me resulta imposible entrar. El otro aspecto es la fugacidad, algo que a cocidente le ha costado mucho entender, cuando lo ha hecho, pero que ss básico en las artes japonesas, por ejemplo. Persoalmente me cuesta mucho.
"Somos belleza", discrepor, pero si lo somos es tan sólo por la capacidad y necesidad de ella, racional o irracionalmente. Sib embargo, hay bellezas que ni son fugaces ni del todo subjetivas. En cierta ocasión fui al Prado creyendo que determinada exposición se había acabado.No era así, y al entrar en una sala buscando lo que había ido a ver, me encontre, de golpe con "Muchacho con cesto de frutas" de Caravaggio. Fue casi como una bofetada o un empujón. Tareé bastante en reaccionar, pero recordándolo ahora me pregunto si la belleza no posee una forma de "nergía" o fuerza o como qurramos llamarlo propia y que todavía el hombre ni reconoce ni controla por completo.
Gracias a Dios.
Como siempre tu entrada interesantisima y estimulante.

Alejandro Labat dijo...

Es subjetiva en la medida que nos identificamos en su anhelo por ella, por eso lo somos, porque provenimos de ella; es objetiva en el sentido que todas las cosas objetivas lo son: perecederas...

Gracias por tu colaboración. Un abrazo.

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