9 de julio de 2017

La luz más poderosa del desierto, esa recordada en el atávico inconsciente de la evolución humana.



La acuarela en el Arte no ha sido una técnica pictórica muy utilizada o elegida para eternizar, con ella, los encuadres más prósperos de permanecer fijada su belleza en una imagen sostenida para siempre. Y esto es así porque la técnica de la acuarela, a diferencia de otras -especialmente el óleo-, no conseguiría favorecer mucho ni tanto los contrastes de tonalidades diferentes y mantener, a la vez, vivos los colores ante la exposición rabiosa de una luz solar muy poderosa. No, no ganaría la elección de los pintores esa técnica en la gran mayoría de sus obras. Salvo en un pintor inglés, uno muy desconocido, alguien que, en los años de la búsqueda oriental más compulsiva -finales del siglo XIX y comienzos del XX-, recorriese los paisajes más áridos del norte de África y oriente medio para fijar la obsesiva luz deslumbradora más sobrecogedora de un escenario lleno de tanta belleza desértica. De una belleza reflejo de luz solar fuertemente mono-luminosa donde ahora los ojos no tuvieran lugar más que para maravillarse así, el poco tiempo que las pupilas pudieran soportar entornadas, con los incisivos matices poderosos de un decolorado y, sin embargo, ferviente amarillo vitalista.

¿Qué llamada interior fuerte y extraña no acusaría ya en los europeos la sensación de un paisaje tan familiar e íntimo entre los atávicos recuerdos filogenéticos de un pasado tan emocionante? Porque el pasado de la humanidad europea está muy relacionado con dos de las civilizaciones más grandiosas de la historia: la mesopotámica y la egipcia. Y estas influencias se encuentran en el ADN inspirador más oculto de los europeos que llevará cargado luego, en la memoria pre-inconsciente, sus esencias artísticas más creativas o espontáneas. Además de enardecer con ese recuerdo parte de la propia emoción de reencontrar ahora las raíces tan luminosas de un lejano pasado originario. Es ahora así como está reflejada aquí -en esta acuarela de un desierto ardientemente desolado- la luz más poderosa que el sol pudiera dispersar por una geografía tropical llena de llanuras arenosas, o de rocas aisladas invisibles o de montañas apenas superadas por un viento superficial que, desapasionado, buscará refugiarse así de su sentido terrenal más displicente o lastimoso. Porque es aquí ahora como el viento del desierto huirá, descolocado, de un calor tan sofocante, de una luz tan deslumbrante o del poder tan arrebatador de un mediodía tan luminoso. Y buscará entonces el viento, como los seres que acompaña, la noche bajo cuya capa nocturna descansará, silencioso, en un prolongado momento ahora ya sin luz aterradora. Porque para entonces ya no habrá luz, al menos la solar favorecedora de vida tenebrosa, un reflejo tan indecoroso para no hacer con él otra cosa más que desplazar la vida bajo una oscura sombra poderosa. Es en la noche del desierto cuando el reflejo lunar representará luego, sin color ni fulgor solar o tonalidad definida o luminosa, el momento deseado para sentir el descanso visual necesitado bajo la égida salvífica del refugio de una sombra.

A comienzos del siglo XX, aproximadamente sobre el año 1909, un pintor inglés desconocido, Augustus Osborne Lamplough (1877-1930), compuso su acuarela artística Caravana de camellos beduina. Con su acuarela representaría la imagen absoluta del poder del espacio sobre cualquier otra consideración universal, sea ésta temporal, metafísica o antropológica. Porque ahora está aquí representada la luz más poderosa del desierto en el momento más intenso del reflejo de su mayor radiación solar, cuando el sol estará en el cenit más incisivo y perpendicular casi de su extravío astral. Entonces la luz se difuminará en el espacio, sin capacidad ya de albergar ningún contraste merecido, sin destacar siquiera así el celeste atenuado ahora de un cielo cómplice o rendido. La tonalidad se obrará aquí única, de un único amarillo atenuado ya sin vida casi, pero absolutamente tenebroso. El viento y los seres se vuelven aquí uno solo ante la inflexible radiación ultravioleta. Pero, sin embargo, la iconografía encierra ahora una sensación emotiva aquí que se emancipará así de la obtusa o lastimera consideración hostil tan espantosa. Esta sensación serán aquí los seres humanos, los hombres que habitan, recorren, viven o se enfrentan ahora a la dura irritación de un escenario sofocante. En la imagen sosegada de la caravana beduina el pintor expresaría el sentido antropológico de una bendición inteligente ante las crueles contingencias de una radiación tan poderosa. Porque ahora el hombre se enfrenta aquí a la luz infame con el paso y las defensas calculadas para encarar así la dureza de un espacio.

Hay lugares inhóspitos en la Tierra, helados, selváticos, montañosos..., pero, sin embargo, solo el paisaje luminoso, desolado y desértico marcará en el inconsciente de algunos seres humanos, en este caso de los europeos vagabundos que marcharon de África, el sentido poderoso de un emotivo atávico recuerdo ancestral. De aquel paso por el desierto en la evolución que su sentido vital errabundo tuviese en las latitudes anteriores al advenimiento final de su destino en el continente europeo. ¿Qué si no es el afán que esos pintores decadentistas o modernistas europeos buscaron y fijaron ya en el reflejo solar más poderoso del hostil escenario de un paisaje desértico? Son las raíces más emotivas ahora, son los ancestrales orígenes inconscientes los que hacen anhelar el color, las formas, el sentimiento o la vaguedad más efímera que llevarían a desear plasmar, eternas, las imágenes concebidas así por su recuerdo vital más poderoso. Y el pintor inglés Augustus Osborne lo dejaría fijado para siempre. ¿Para siempre? ¿Para siempre en un soporte artístico tan poco favorecedor a lo permanente...? Sí, porque el sentido de permanencia lo consiguió el pintor inglés a pesar de su técnica. Porque era entonces reflejar la luz del desierto de una forma que solo la acuarela consiguiese expresar de este sutil modo, con el sentido brillante más evanescente... Porque el matiz de la luz solar de ese momento desértico no durará, no estará delimitada por una unidad de tiempo terrestre que llevase a visionarla lo bastante como para poder asirla con detenimiento. No, ahora la luz de ese instante terrestre desértico está difuminada ahí, está desentonada, errabunda..., ¡pero muy poderosa! No, no hay más que un instante difuminado de luz inasequible ante la radiación desolada más feroz y poderosa. Por eso mismo la acuarela fue la opción artística elegida más apropiada. Esa técnica artística fue la mejor elección para ese momento vibrante y, a la vez, tan poco colorido... Un momento vital así tan poderoso como fugaz, tan monocorde como definitivo, tan insoportable como ávidamente deseoso, o tan liviano como atroz, lúcido o impenitente.

(Acuarela del pintor inglés Augustus Osborne Lamploudhg, Caravana de camellos beduina, c.a. 1909, Colección Privada.)

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