12 de abril de 2010

La imitación de la vida, el arte como modelo y dos creadores.




Cuando por el año 1891 el escritor británico Oscar Wilde (Irlanda, 1854 - París, 1900) publicase La decadencia de la mentira, dejaría claramente plasmado en su ensayo su lucha contra el movimiento Realista, una tendencia que desarrollaría una fuerte influencia en toda la segunda mitad del siglo XIX. En este ensayo literario Wilde expone sus principios artísticos, si esto es posible en Oscar Wilde, con una dialéctica maravillosamente escrita. En uno de esos principios nos dice el escritor: El Arte no es imitación de la realidad sino una creación; el Arte no imita a la vida sino al revés, la vida imita al Arte. En el Arte no interesa la simple verdad, tan sólo la compleja belleza.

Benvenuto Cellini (Florencia, 1500-1571) fue un escultor y orfebre del Renacimiento italiano, discípulo incluso de Miguel Ángel, y un artista muy contratado por los grandes personajes de la época. El rey Francisco I de Francia le invita una vez a su corte y crea allí Cellini para él un maravilloso salero en oro y esmalte, el reconocido objeto artístico denominado como Saliero. Un extraordinario objeto de arte de gran maestría, modelado y fundido en oro y que representa al dios Neptuno y a la diosa Ceres (el Mar y la Tierra), una metáfora mitológica de la producción de la preciada especia alimenticia. La vida de Cellini fue, además, toda una gran aventura existencial, experiencias que él mismo redactaría en unas memorias, autobiografía que el propio Oscar Wilde calificaría como uno de los pocos libros que merecían la pena leerse.

En la obra de Wilde uno de sus personajes expresará lo siguiente: Dicen las gentes que el arte nos hace amar aún más la naturaleza... A mi juicio, cuanto más estudiamos el arte menos nos preocupa la naturaleza. Realmente, lo que el arte nos revela es la falta de plan de la naturaleza, su extraña tosquedad, su monotonía, su carácter inacabado. Cuando contemplo un paisaje me es imposible dejar de ver todos sus defectos. A pesar de lo cual, es una suerte para nosotros que la naturaleza sea tan imperfecta ya que en otro caso no existiría el arte... El arte encuentra su perfección en sí mismo y no fuera de él. No hay que juzgarlo conforme a un modelo interior. Es velo más bien que espejo. Suyas son las formas, más reales que un ser viviente, suyos son los grandes arquetipos de que son copias imperfectas las cosas existentes. La revelación final es que la mentira, es decir, un relato de bellas cosas falsas, es el fin mismo del Arte...

En esta nueva, y discontinua, entrada he querido homenajear la recreación artística como el verdadero sentido de la vida. Lo único que la hace interesante propiamente, ya que el resto de cosas que pudieran también hacerla fenecen pronto después de ejecutarlas, justo luego apenas de crearse... El Arte es lo único que permanece, magnificientemente eterno; que uno puede repetir, o releer, o revisualizar, o revivir tantas veces como su ánimo le permita valorarlo de nuevo... Cualquier otra cosa se agotará rápidamente una vez que se haya descubierto o se haya elaborado. Salvo que sea Arte, lo cual nos trasciende, verdaderamente, de nuestra propia e incomprensible futilidad.

(Imagen de la obra El Saliero, siglo XVI, de Benvenuto Cellini, Museo de Arte de Viena, robada en el año 2003 de este museo por un ladrón amateur que lo organizó, sin embargo, para solicitar un rescate a la compañía de seguros, la policía vienesa logró detenerlo y recuperar la pieza de arte, valorada en 50 millones de euros, tres años después; Imagen de un salero real y convencional, con el mismo uso que la obra creada, pero sin su exquisita mentira; Grabado con la imagen de Oscar Wilde; Busto de Benvenuto Cellini en Florencia).

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