30 de noviembre de 2010

La salvación griega en su Arte trágico, el último pensador europeo y el sentido de existir.



Johann Banchofen (1815-1887) fue un antropólogo suizo que desarrollaría una teoría sobre la evolución cultural de la Humanidad desde sus días primitivos. Básicamente presentó la maternidad como la piedra angular de la sociedad primigenia, y, por tanto, también de los inicios de la religión, de la moral y del decoro. Estableció cuatro fases históricas generales en la evolución del hombre, etapas que se fueron superando unas a otras: 1) La telúrica, salvaje y sexual, promiscua y colectiva, con Afrodita como la diosa representativa; 2) La lunar, agrícola, mistérica y jurídica, con Deméter (divinidad de la vida y la muerte) como su diosa significativa; 3) La dionisíaca, un período transitorio, en donde lo masculino empezaba a prevalecer, con su dios Dionisos como valedor; 4) La apolínea, la solar, la aniquiladora de la prevalencia matriarcal y del pasado dionisíaco, con su dios Apolo como ejemplo virtuoso; de esta última surgiría la moderna y actual sociedad.

Los griegos, los europeos más conscientes de serlo por entonces, tuvieron que crear el arte para poder soportar así la dolorosa angustia vital de la existencia. De ese modo, la tragedia, como arte poderoso, llevaría al pueblo heleno a superar el conflicto primigenio interior que aquel primer homo sapiens, consciente de vivir y morir, debió de haber sentido por primera vez. El filósofo alemán Nietzsche, influido en parte por Banchofen, publicaría en el año 1871 su ensayo El Nacimiento de la Tragedia, una obra donde trataba de exponer que, desde que el filósofo griego Sócrates (año 390 a.C.) se elevara como pensador radical frente a los dionisíacos trágicos con su decidida moral inflexible, la tragedia salvadora griega habría sido suplantada, equivocadamente, por un racionalismo único y bienpensante.

El filósofo Nietzsche nos dice en su obra que todo es Uno; que la vida es una eterna fuente que constantemente produce individuaciones que, inevitablemente, se acabarán desgarrando y destruyendo por siempre. Por ello todo es dolor y sufrimiento, el mismo dolor y sufrimiento de quedar despedazado aquel Uno primordial. Pero, a la vez la vida tiende a reintegrarse, a salir de su dolor y a reconcentrarse luego en su Unidad primera. Esa reunificación se produce con la muerte, con la aniquilación de las individuaciones. Morir, entonces, no es desaparecer sino volver al origen; un origen que, incesantemente, producirá nueva vida. El mundo se justifica y se redime -continúa diciendo el filósofo Nietzsche- por la Belleza... El Arte nos salva. Por lo tanto, desde la caída del esplendor griego, que tuvo lugar a la decadencia de las tragedias de Eurípides (480-406 a.C.) y al advenimiento de la estricta moral filosófica de Sócrates, decayó en el mundo occidental el instinto de belleza en favor de un exclusivo saber racional, de una nueva búsqueda alternativa y angustiosa de la verdad. El error fue entonces, probablemente, la sustitución de aquel instinto de belleza, la anulación de ese esplendor griego, no el advenimiento racional, ya que ambas cosas podrían haber sido muy justificadas.

Esos dos dioses griegos, Apolo y Dionisos, ejercían sus fuerzas contrapuestas: lo apolíneo y lo dionisíaco. El dios Apolo representa el orden, la forma armónica, pero, también ocultaba lo ilimitado y caótico de la existencia global, ya que es la luz -el sol de Apolo- que impide ver más allá las cosas en penumbra. Porque es Apolo ahora el que sostiene las apariencias que ocultan a la Humanidad la unidad de todo lo existente. Del mismo modo Apolo es el dios de las artes plásticas, esas artes que mitigarán luego el dolor que proviene de la individuación desgarradora de los seres, y lo hace a través de la evasión intelectual que provocan las bellas formas en el mundo (escultura, pintura, arquitectura...). Dionisos, a cambio, es el dios de lo informe, de lo desbordante, de lo sin límites. Él es el abismo que subyace bajo el mundo de las formas. Dionisos destruye el sentido de esa individualidad y la libera así de su limitación..., provocando a la vez el mayor sufrimiento pero, también, el mayor placer -la divina embriaguez- que se produce al verse ahora liberado el ser de sus cadenas, de unas cadenas que le impedían contemplar antes la unidad que hay bajo todo lo existente. Su arte paradigmático es la música, que provoca la mayor emoción y el mayor entusiasmo en el espíritu de los hombres.

Estas dos contraposiciones vitales, estos dos instintos artísticos de la naturaleza, lo apolíneo y lo dionisíaco, se fundían en la tragedia griega. La muerte de los personajes aquí, en las representaciones trágicas, es aparente, no existe, como no existe la desaparición total e irreversible; porque la tragedia lo que ofrece es un consuelo metafísico al representar las cosas así. El filósofo alemán Nietzsche indica que aquella etapa que dio comienzo a la rígida filosofía socrática, el ser humano entró en la ilusión existencial de pensar que no sólo era capaz de conocer sino también de cambiar y de corregir al propio ser humano. Frente al optimismo socrático, la tragedia es pesimista esencialmente, es el resorte que equilibra la existencia. Y continúa el filósofo alemán diciendo: ¡Cuánto tuvo que sufrir el pueblo griego para llegar a ser tan bello! Fue un pueblo con una sensibilidad especial que les dotaba de capacidad para el sufrimiento y el dolor. Porque en los dioses griegos no debemos buscar misericordia, amor o compasión. Éstos nos muestran la exuberancia de la existencia, la jovialidad, la alegría y el dolor de vivir: la belleza, en una palabra. El mundo griego es anterior a las categorías del bien y del mal. Para Nietzsche, el racionalismo excesivo al que la civilización occidental había llegado la habría llevado a querer circunscribirlo todo a esquemas mentales estáticos. Sin embargo, Nietzsche nos indica que el mundo es contradictorio, variable, mudable, que todo nace y sucumbe. Y que, finalmente, en la ascesis de la contemplación estética de la tragedia vital está la salvación de todos. Por tanto, sólo como un fenómeno estético -el Arte y sus manifestaciones- pueden estar realmente justificados la existencia y el mundo.

(Cuadro del pintor español José de Ribera, 1630, Triunfo de Baco, cabeza de Dionisos; Cuadro del pintor Waterhouse, Apolo persiguiendo a Dafne, 1895; Óleo del pintor Edvard Munch, Nietzsche; Cuadro del pintor Bartolomeo Manfredi, Apolo y Marsias; Cuadro del pintor griego Nikiforos Lytras, Antígona y Polinices, 1865; Óleo del pintor francés David, Muerte de Sócrates, 1787; Cuadro del pintor academicista William Adolphe Bouguereau, Los jóvenes de Baco, 1884.)

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