30 de marzo de 2011

El sublime valor de la emoción frente al enajenado material de la subasta.






No fue hasta mediados del siglo XVIII cuando se comenzaron a subastar las obras de Arte. Pero fue en la Revolución francesa cuando se activaría aún más el comercio del Arte. Posiblemente los frustrados aristócratas franceses vieron así una salida económica viable enajenando entonces sus tesoros artísticos, esos custodiados ya por siglos y siglos de transmisiones familiares solariegas. Los británicos se beneficiaron con la mediación en las transacciones artísticas, ya que a partir de entonces se desarrollarían con una fervorosa compulsividad en su país. Pero, entonces como ahora, ¿qué valora verdaderamente una obra de Arte? ¿Cómo se puede enjuiciar materialmente una emoción, una pulsión, enamorada casi, hacia un lienzo, sea el que sea? O es que ¿sólo es algo económicamente tasable, nada más?

En Madrid, en la Sala de subastas Alcalá, se subastó en el año 2009 un cuadro del pintor napolitano del Barroco Andrea Vaccaro (1604-1670): Magdalena penitente. Este lienzo alcanzaría entonces la cifra de 90.000 euros. Otra obra subastada en aquel mismo año, esta vez en la Sala Retiro de Madrid, fue Coracero francés, datada en 1813 y firmada por el pintor español José de Madrazo. Este lienzo consiguió venderse al Museo del Prado por 60.000 euros. Pero lo verdaderamente curioso, lo que tal vez nos haga enajenarnos a nosotros más que a las propias obras, fue el valor que obtuvo el cuadro contemporáneo del pintor alemán Martin Kippenberger (1953-1977): Bar de París. Esta obra de Arte conceptual -arte donde la creación se ejecuta más por su ideación o concepto de lo que representa que por su composición formal o espacial- se llegó a subastar en la Sala Christie`s de Londres en casi 2,5 millones de euros.

Cuenta una parábola evangélica (Lucas, capítulo 15) que una mujer se percataría una vez de haber perdido un dracma, una moneda de las diez que sólo poseía. Empezó a buscarla por toda su casa, por todas las habitaciones, por todos los armarios y por todos sus cajones cerrados. Comenzaría de día y no dejaría de hacerlo hasta encontrarla. Para buscarla mejor, cuando la luz diurna dejó de brillar, encendió una pequeña lámpara para ayudarse. Tenía también que hacer otras cosas, otras tareas, pero no dejó de buscar ni un solo momento. Eran diez las monedas que tenía, todo lo que tenía -unas monedas de muy poco valor además-, pero sólo una, ¡una sólo!, había perdido en su casa, no afuera de ella. Aun así, lo dejó todo para dar con la moneda, aunque fuese sólo la décima parte del poco valor que tendría. Continuó barriéndolo todo, mirándolo todo con su luz sostenida entre las manos. Hasta que, por fin, la encuentra perdida entre las rendijas ocultas de un oscuro suelo maltratado... ¿Qué valor no tendría para ella esa pequeña moneda, sólo esa única, perdida y vulgar moneda? ¡Todo el del mundo!

Así como el dios que no ceja en valorar cada una de sus ovejas, con ese valor real y auténtico de la cosas y sus principios, esta leyenda sagrada nos inspira para entender algo el verdadero valor de las cosas. Para que entendamos mejor la diferencia entre valor nominal y espiritual. El puramente económico y coyuntural del que tiene que ver con las emociones, con las cosas que nos atan, irresistiblemente, a alguno de nuestros deseos más viscerales... Algo, por tanto, que no tiene un valor cuantitativo. Que no puede enajenarse ni trascender más allá de nuestra íntima sensación mental. Porque aquí, en nuestra mente emocional, es donde radican los auténticos valores, esos que nunca podrán ser subastados ni enajenados porque de ahí -de nuestro interior- jamás pueden ser liberados, transmutados, catalogados o suplantados.

(Cuadro del pintor alemán Martin Kippenberger, Bar de París, siglo XX; Óleo del pintor español Alejandro Ferrant, 1843-1917, Interior del Corgo, con una salida de 3.600 euros en una subasta en 2009; Cuadro del insigne pintor español Sorolla, Pescador, de 1904, subastado en 2009 en Sotheby's de Londres por 3,6 millones de euros; Cuadro del pintor barroco holandés Gerri Dou, 1613-1675, Una anciana sentada junto a la ventana con su rueca, subastado también en Sotheby's en el año 2009 por 3,5 millones de euros;  Óleo Coracero francés, 1813, del pintor español José de Madrazo; Cuadro del pintor Andrea Vaccaro, Magdalena penitente, siglo XVII; Cuadro del pintor italiano barroco Domenico Fetti, Parábola de la moneda perdida, 1622.)

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