17 de marzo de 2011

La identidad transformada, su esencia permanente, las ruinas y el Arte.







En la tarde del 29 de julio de 1773 se produjo un movimiento sísmico en la antigua capital de la Capitanía General de Guatemala. La fuerza del terremoto fue tan grande que acabaría destruyendo muchos de los edificios de la ciudad, llamada desde su fundación Santiago de los Caballeros de Guatemala. Según cuenta la historia cuatro días después del terremoto el Capitán General, don Martín de Mayorga, presidió una Junta General para tomar las decisiones sobre los daños ocasionados por el seísmo. Acudieron a ella las autoridades civiles y eclesiásticas, ésta última representada por el entonces arzobispo de Guatemala, don Pedro Cortés y Larraz, nacido en Belchite, Zaragoza, en el año 1712.

Don Martín de Mayorga era partidario de desmantelar y abandonar la ciudad trasladándola a otro lugar lejos de allí. Pero se encontró con la dura, tajante e inflexible oposición del arzobispo Cortés. Como resultado de esa reunión se decidió comunicar al rey Carlos III y al Consejo de Indias de la situación tan peligrosa de las edificaciones y de la necesidad de levantar otra ciudad en otro lugar, lejos de los volcanes que rodeaban la antigua población de Guatemala.

En diciembre de ese mismo año hubo una repetición sísmica, algo que reforzó la posición de los que apoyaban el traslado. En enero de 1774 se acabó aprobando por el Consejo de Indias un traslado interino, eventual, de toda la ciudad. Ahora no se trataba sólo de levantar una nueva ciudad a decenas de kilómetros de allí, lo que se cuestionaba era la supervivencia de la antigua población. El arzobispo luchó durante años enviando misivas a Madrid, a la corte, a los obispos, al Consejo, a todos, para evitar el desmantelamiento de lo que quedaba de aquella hermosa y antigua ciudad fundada allá por el año 1543.

En 1777 don Martín de Mayorga estaba tan presionado por el obispo Cortés, que llegó a escribirle al mismísimo rey: Difícil es describirle a su Majestad los estragos que ocasiona la inflexibilidad de este caballero y el empeño que ha contraído para atraerse a los demás a su causa. Sin embargo, el arzobispo don Pedro Cortés y Larraz, ante la resolución firme y definitiva de la Corona, tuvo que acabar abandonando su ciudad con destino a España. Acabaría sus días en la diócesis de Tortosa, falleciendo en 1787 en Zaragoza sin volver a ver su antigua ciudad desmantelada...

En el año 1779 el nuevo virrey de Nueva España, Bernardo de Gálvez, ordenó el desalojo y la total demolición de la ciudad antigua. Afortunadamente, años después, esas órdenes no acabaron por cumplirse del todo. Y con el tiempo la antigua ciudad se convirtió en un enclave mantenido y conservado por algunos criollos y colonos nacidos allí. Eso permitió que siguiera existiendo a unos cuarenta kilómetros de la Nueva Ciudad de Guatemala, la actual capital del país. En el año 1979, casi doscientos años después de aquellos hechos, la vieja ciudad, la llamada ahora Antigua de Guatemala, fue declarada por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad.

En Filosofía se entiende por identidad la relación que mantiene cada cosa consigo misma. Sobre todo la identidad cualitativa, la esencial, la que tiene que ver con sus elementos más intrínsecos, con lo que es en sí, sin tener en cuenta la simple y superficial apariencia. Sin embargo, cuando se define una igualdad, cuando dos cosas son idénticas, en matemáticas por ejemplo, se acepta que los dos miembros deban ser iguales. Pero, también, cuando en una misma organización sus miembros cambian, son ahora otros, aquella organización sigue siendo la misma, sigue teniendo su propia identidad. A esta curiosa paradoja se le ha dado en llamar Paradoja de Teseo.

Al parecer, el famoso barco con el que el héroe mitológico Teseo regresó de Creta con los jóvenes rescatados del Minotauro, fue conservado durante muchos años por los atenienses. Éstos mantendrían el barco reponiendo las tablas estropeadas por otras nuevas. Entonces algunos filósofos discutieron sobre la identidad de las cosas. Mientras unos argüían que el barco seguía siendo el mismo, otros defendían que ya no lo era. La cuestión aparecía de este modo: si se hubiesen sustituido todas las tablas del barco, ¿estaríamos ante el mismo barco de Teseo? Y si las maderas antiguas, las sustituidas después de haberse almacenado, se hubieran utilizado ahora para hacer otro barco, ¿cuál sería, de serlo alguno, el original, el auténtico barco de Teseo?

El escritor británico Douglas Adams (1952-2001) escribió en 1991 su obra Mañana no estarán: en busca de las más variopintas especies de animales al borde de la extinción. En su obra escribía el autor británico: Una vez en Japón fui de visita a un templo en Kyoto, y me sorprendí al observar lo bien que el templo había resistido el paso del tiempo desde que fuera construido en el siglo XIV. Entonces me explicaron que en realidad el edificio no había resistido, ya que había sido quemado dos veces hasta los cimientos en este siglo. Entonces pregunté, ¿o sea, que no es el edificio original? Al contrario, por supuesto que es el original, contestó sorprendido. ¿Pero no se incendió?, insistí. Dos veces, respondió. Pero, entonces, ¿cómo es posible que sea el mismo edificio? Siempre es el mismo edificio, contestó. Y tuve que admitir que era el mismo edificio. La idea del mismo, su finalidad, su diseño, son conceptos inmutables, son la esencia del edificio.

Con los seres humanos sucede algo parecido. Cuando nos reflejamos en un espejo ¿qué vemos, realmente?, ¿nuestra identidad o lo que parece que es? Lo que somos, lo que verdaderamente somos, no tiene nada que ver con las apariencias. Por eso las rozaduras del tiempo no deben ajar la esencia auténtica de cada uno. Lo que parece y vemos no tiene por qué ser ni la identidad, ni el valor, ni la justificación de una vida. En arquitectura se ha discutido mucho sobre la conveniencia o no de reformar las ruinas históricas y artísticas de la antigüedad. En algunos casos sí se ha hecho. Por ejemplo, con el histórico Puente Romano de Córdoba (España). En otros las ruinas, como en Antigua de Guatemala, San Juan del Duero en Soria, Itálica en Sevilla o Belchite en Zaragoza, se han mantenido tal y como el deterioro del desamparo de los años las han dejado.

En Belchite, Zaragoza (España), nacería aquel arzobispo don Pedro Cortés, el mismo que luchó por no abandonar a su suerte su antigua ciudad centroamericana. Casi ciento sesenta años después una guerra destruyó su pueblo natal. Y aún hoy así sigue. En Belchite se llevó a cabo en 1937 una de las batallas más sangrientas de la guerra civil española. El pueblo fue declarado entonces ruina nacional en conmemoración de aquella batalla. Hoy, como un monumental pueblo fantasmal, nos demuestra las contradicciones de las identidades, de las preservaciones y de las falsas maneras de consagrar un patrimonio cultural deteriorado. Patrimonio que, sin embargo, siempre debería ser conservado, disfrutado y habitado.

(Cuadro barroco de Rubens, El aseo de Venus, 1615; Cuadro del pintor ucraniano actual Michael Garmash, Belleza intemporal, figuración; Óleo de Paul Signac, Mujer peinándose, 1892, Puntillismo; Cuadro del impresionista Degas, Madame Jeantaud frente al espejo, 1875; Fotografía actual del Puente Romano de Córdoba (España), ya reformado; Fotografía del archivo municipal de Córdoba del Puente en los años cincuenta; Fotografía de una iglesia ruinosa de Belchite (Zaragoza); Fotografía de la ruina de la antigua iglesia de San Martín de Tous en Belchite, de estilo mudéjar; Fotografía actual de la ciudad Antigua de Guatemala; Fotografía actual del Arco de Santa Catalina y el volcán de Agua, en Antigua de Guatemala; Cuadro con el retrato del arzobispo don Pedro Cortés y Larraz, siglo XVIII.)

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