2 de junio de 2011

La pérdida de un reino creó una cultura, una lucha, un carácter y el destino de un pueblo.



Cuando los árabes se expandieron por el norte de África a finales del siglo VII consiguieron llegar a Túnez, y muy pronto mucho más al oeste, hasta Marruecos. En el verano del año 710 un general bereber -Tariq ibn Ziyad- al servicio del gobernador árabe de Túnez, enviaría a su fiel subordinado Tarif ibn Malluk a cruzar el estrecho -unos 14 kilómetros- que separaba Europa de África. Un funcionario del reino visigodo de Hispania, llamado Yulian y que residía en Tánger, contribuiría a facilitar a los sarracenos los barcos para cruzar ese estrecho. Quería el arribista y felón Yulian que sus nuevos aliados árabes pudieran ver lo fácil que era llegar al otro lado, entrar en las ciudades, y observar las pocas o nulas defensas militares de Hispania. Alcanzaría Tarif ibn Malluk una pequeña isla frente a una población, una que hoy lleva su nombre, Tarifa. Se maravilló tanto de lo que viera que regresó pronto para contarle a Tariq ibn Ziyad las inexistentes dificultades de pasar al otro lado y conquistarlo. El general bereber se lo acabaría relatando al gobernador árabe Musa-ben-Nusayr, que, a su vez, se lo transmitió al gran califa árabe de todos los creyentes en Damasco, Al-Walid. Así fue cómo, a pesar de lo arriesgado de la acción por el poco consolidado imperio islámico en el norte de África, el gran califa en Damasco terminaría aprobando, justo un año después, la expedición invasora árabe de cruzar el estrecho.

Al comprender entonces el rey visigodo de Hispania, don Rodrigo, que la invasión musulmana era más importante de lo que parecía, marcharía muy rápido hacia el sur de la península, reclutando ahora nobles, soldados y mercenarios. Las tropas bereberes, judías y árabes habían llegado ya al gran monte de Calpe -luego llamado Gibraltar-, un enorme peñasco visible desde casi todas las orillas del estrecho. Allí, en abril del año 711, Tariq ibn Ziyad hizo suya esa península elevada, una montaña que acabaría llevando su nombre, Monte Tariq, Gibraltar. Mientras, se desplazaba don Rodrigo hacia ese lugar con unas tropas de alrededor 40.000 hombres. Los árabes invasores -unos 25.000 soldados- se dirigían a la antigua ciudad de Híspalis, la visigoda ciudad de Sevilla, camino ahora hacia el norte peninsular. Justo entonces se encontraron los dos ejércitos, a unos cien kilómetros de Gibraltar, cerca de la actual población gaditana de Arcos de la Frontera. Ahí, a finales de julio del 711, en la conocida como Batalla del río Guadalete, el rey don Rodrigo -el último rey visigodo de Hispania- terminaría perdiendo una batalla, un reino y su vida. Sobre todo gracias a que una cuarta parte de sus hombres acabaron traicionándolo, pasándose así al enemigo árabe. Traición apoyada por los intereses de otros nobles visigodos decididos a sustituir al rey Rodrigo. Nobles ingenuos, que no vieron la hábil estrategia musulmana en esa colaboración aparente.

Pero luego, diez años más tarde, una parte de ese pueblo visigodo, arrasado y conquistado, se habría refugiado en las altas y difíciles montañas del norte de Hispania. Y entonces lanzarían ellos un grito de lucha y de pasión convirtiendo una alocada y desproporcionada reconquista -los árabes habían alcanzado toda la península ibérica salvo esos reductos norteños- en una de las gestas épicas más originales, largas y desarrolladas de toda la historia de la Humanidad. Entonces una cultura y una búsqueda de identidad, de reino único, de sentido, de lucha y de carácter, surgiría de la vocación de aquellos hombres -herederos del antiguo reino visigodo de Toledo- por alcanzar ahora a crear, de nuevo, su propio pueblo en el mundo. Así se fraguaron los reinos de León, de Pamplona, de Aragón o de Castilla. Y, así, durante casi 800 años, se sucedieron hombres y mujeres que entregaron a sus propios hijos una permanente dádiva sagrada: reconquistar todo lo que una vez llegó a ser su solar... Para ello crearon de nuevo ciudades, iglesias, murallas, puentes..., pero, ahora, con su propio Arte, el de entonces y el nuevo que sobrevendría de una mezcolanza de ideas, artistas, estilos, experiencias e ilusión. Así, en la provincia de  León, cerca de la población de Grafedes, en lo que acabaría siendo la ruta medieval más importante de Europa -el Camino de Santiago-, se construyó en el año 913 el Monasterio de San Miguel de Escalada.

Para hacerlo llegaron del sur arabizado unos monjes cristianos que habrían asimilado parte de las innovaciones arquitectónicas orientales. Estos mozárabes -cristianos que habían residido o residían en zona musulmana- utilizaron los restos abandonados de las antiguas columnas romanas o de las lápidas antiguas para confeccionar así su propio diseño mozárabe, caracterizado entonces por los arcos de herradura que tanto abundarían en el Al Ándalus conquistador. De ese modo, surgieron extraordinarias construcciones en el territorio reconquistado a los árabes, basadas tanto en sus antiguos elementos visigodos -prerrománicos- como en los nuevos elementos románicos; y todo diseñado y modelado con la particular y decorativa tendencia mozárabe. Otra muestra genial de esa cultura sobrevenida en el itinerario reconquistador lo fue la iglesia románica de San Baudelio de Berlanga, situada en la actual provincia de Soria. Este pequeño templo cristiano posee en su centro un gran y curioso pilar, uno que, como tronco de sagrada palmera, vertirá ahora sus ramas -nervios-  hacia todas las esquinas de su románica construcción. Dispondrían esos templos románicos en sus paredes de frescos con un estilo muy particular, prerrománico aún, lo que por entonces los convertirían en verdaderos museos de aquel Arte anterior al románico.

Sucedió que a principios del siglo XX unos mediadores en Arte, representando ahora intereses norteamericanos, consiguieron comprar esas extraordinarias pinturas encastradas en la pared milenaria. Los propietarios particulares se las vendieron sin ningún problema, y el Estado español de entonces, año 1925, no puso ningún tipo de reparo en la artística transacción comercial. Años después, en 1957, el Estado español quiso recuperarlos. Pero a los americanos habría ahora que darles, a cambio, algo para que esos maravillosos frescos pudieran ser expuestos en el museo del Prado. Existía una derruida y abandonada ermita románica en tierras de Segovia. Existían dos, realmente. Quizás, por eso mismo, tampoco dolió mucho a las conciencias que participaron en esa barbaridad cultural aquel cambio. Los representantes del Metropolitan de Nueva York -nuevos dueños de los frescos- no pusieron ningún inconveniente en que, a cambio de los frescos de San Baudelio, se llevaran -piedra a piedra- el ábside de la ermita de San Martín de Fuentidueña. Y así se hizo. Y, una por una, se fueron desmantelando las piedras medievales del ábside románico y, luego, transportándolas a Nueva York. Allí, en una construcción improvisada y mezclada de estilos, el museo norteamericano instalaría las piedras segovianas en unas galerías a la que denominaron Los Claustros -dispondrían de otros cuatro claustros franceses-. Original establecimiento artístico-turístico para llevar así parte de una cultura milenaria a sus curiosos y ávidos clientes neoyorquinos.

Y después de haber tenido algunos hijos díscolos aquellos herederos del rey malogrado don Rodrigo, también de haberse peleado entre ellos, de haber perdido algunas batallas o de ganarlas, de haber escrito además en lenguas diferentes las mismas historias, de haber creado una cultura, un estilo propio, una tendencia y un Arte, después de todo eso, y de los años, el sueño de terminar por recuperar aquel reino hispano perdido habría acabado, por fin, en el año 1492. Ese mismo año, algunos meses después, esos mismos hombres, los descendientes de esa gente trastornada por la frontera, por el espíritu de frontera, por la lucha, por la repoblación, por la mezcla y por la vida, consiguieron otro motivo ahora para seguir viviendo en adelante... Quizás fuese por esto mismo que pudieron conseguirlo. De ese modo fue como ellos mantuvieron su pasión descubriendo ahora un Nuevo Mundo. Aquella misma pasión que creyeron perder ellos mucho antes, en aquel verano del año 711. Pero que sólo acabaría siendo por entonces una anécdota histórica más, una pausa de siglos, absolutamente extraordinaria, en el grandioso y poderoso destino que luego acabaron por forjarse.

(Cuadro Don Rodrigo cabalgando un caballo blanco en la batalla del Guadalete, 1858, del pintor español Marcelino de Unceta y López; Fotografía del Peñon de Gibraltar, visto desde España; Grabado con la imagen de la caudilla Kahina, guerrera bereber resistente al Islam; Fotografía actual de la zona donde pudo haber sido la histórica batalla del Guadalete, Laguna de Bornos, cerca de Arcos de la Frontera, Cádiz; Fotografía del Monasterio de San Miguel de Escalada, León, estilo románico y mozárabe, siglo X;  Frescos de la Iglesia de San Baudelio, Casillas de Berlanga, Soria: El elefante cargando un Castillo, el oso, el cazador, siglo X, prerrománico y románico, actualmente en el Museo del Prado, Madrid; Fotografía del interior de San Baudelio, actualidad; Fotografía del exterior -restaurado- de la iglesia de San Baudelio, Soria; Fotografía de las ruinas de la iglesia románica de San Martín, Fuentidueña, Segovia, con los andamios cubriendo el ábside para desmontarlo, años cincuenta; Fotografía actual de las ruinas de San Martín, Segovia; Fotografía del ábside de San Martín montado y restaurado, Los Claustros, Museo Metropolitan de Arte, Nueva York; Fotografía de Los Claustros, Museo Metropolitan de Arte, Nueva York.)

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