19 de agosto de 2011

La fuerza de la emoción de un pueblo, su personalidad, su compromiso, su historia y su Arte.









A mediados del siglo XVIII se llegaría a vivir en Rusia un importante momento histórico. Desde que el poderoso zar Pedro I el Grande (1672-1725) terminase de gobernar en 1725, habiendo transformado el imperio ruso de un feudo medieval en un estado europeo más moderno, se llegaron a suceder en el trono imperial nada menos que cinco monarcas en treinta y siete años. Así que cuando los intereses de dos de los más fuertes estados vecinos, Austria y Prusia, compitieron por su influencia en la veleidosa corte rusa, las conspiraciones prusianas acabaron ganando la partida. El nieto del Gran Pedro I, Pedro III, fue el elegido para suceder a su tía, la ajada y envejecida zarina Isabel I. Pero cuando Sofía von Anhalt-Zerbst (1729-1796), una inteligente y ambiciosa joven de la baja aristocracia alemana, fue presentada a Isabel I de Rusia para ser la futura consorte imperial, quedaría muy impresionada por su especial personalidad, atractivo y belleza.

Sin embargo la felicidad conyugal de ambos herederos fue inexistente, a pesar del irresistible deseo de gobernar de ambos. A la muerte de la zarina Isabel, Pedro III alcanzaría por fin el trono ruso. Seis meses después el amante de su esposa -la bella e inteligente Sofía-, el apuesto y belicoso Grigori Orlov, aprovecharía una estancia del zar fuera de San Petersburgo para levantarse contra él. Y proclamó entonces a Sofía como la zarina Catalina II de Rusia. Al parecer, el débil Pedro III no pidió más que le dejaran tranquilo en su retirada finca, donde fallecería meses después a manos del hermano de Grigori, Alexei.

Catalina II quiso continuar todavía más con la europeización de Rusia. Ahora las ideas ilustradas fueron llevadas a todos los ámbitos del gobierno, tratando de reformar leyes que mejoraran la vida y costumbres de sus gobernados. Por esos años, 1772, llegó a Rusia como ayudante de Alexei Orlov -el hermano de Grigori- un joven militar español, José de Ribas y Boyons (1749-1800). Gracias a su ambición y arrojo el joven español conseguiría participar en algunas batallas defendiendo ahora la bandera rusa, asesorando al gobierno en construcciones civiles, y, también, hasta llegar a obtener la mano de una de las hijas ilegítimas -habidas con Orlov- de Catalina II.

José de Ribas fue enviado al sur de Rusia, cerca del mar Negro, donde las conquistas eslavas a los otomanos hacían prosperar a ávidos aventureros como él. Llegó a fundar una ciudad rusa en plena Ucrania, Odesa, lo que lograría además en un tiempo récord. A la muerte de Catalina II, su hijo Pablo I alcanzaría el título de zar. El aventurero español fallecería antes de la derrocación de este nuevo zar, en la que habría intervenido como conspirador con la intención de facilitar el trono a un nuevo sucesor, el zarevich Alejandro.

En la primera mitad del siguiente siglo XIX Rusia se vió abocada a seguir reformándose poco a poco. Por entonces los intelectuales y artistas rusos se unieron para expresar la necesidad de cambiar el rígido orden social existente. Pensaron que un nuevo Arte ruso podría ahora iluminar al pueblo, que lo mejoraría gracias a un nuevo gusto y sentido artísticos, también que crearía una nueva economía que atrajese ahora compradores de Arte de fuera de Rusia. Se llamaron Sociedad para exposiciones de Arte itinerante. Sus obras buscaban reflejar la realidad del país aunque siempre con la fuerza del sentimiento ruso, con su personal y propio estilo artístico. Fueron muchos los pintores rusos que a lo largo del siglo XIX dedicaron su vida, su emoción artística y su talento, a tan grandiosa y elogiosa tarea.

(Cuadro del pintor ruso neoprimitivista Kasimir Malévich, 1878-1935, La segadora, 1932; Óleo Anciano con muletas, 1872, del pintor ruso Iván Kranskoi, 1837-1887; Retrato de la zarina Catalina II la Grande de Rusia, 1760, de Iván Argunov, 1727-1802; Retrato de Grigori Orlov, 1763, del pintor ruso Fyodor Rokotov,  1736-1808; Retrato de José de Ribas, 1797, del pintor austriaco Johhan Baptist Lampi, 1751-1830; Retrato de la hermosa condesa Skavronskaia, 1796, cortesana de Catalina II, la más bella de Rusia y de Europa, pintada por la pintora francesa Marie Louise Vigee-Lebrun, 1755-1842; Autorretrato, 1878, del gran pintor ruso Iliá Repin, 1844-1930; Óleo Danza ucraniana, 1927, del pintor Iliá Repin; Cuadro Roble fracturado por un rayo, 1842, del pintor romántico ruso Maxim Vorobiev, 1787-1855; Óleo La Bella, 1915, del pintor ruso Boris Kustódiev, 1878-1927; Cuadro Arresto de un propagandista, 1890, de Iliá Repin; Óleo Campos de Centeno, 1878, de Ivan Shishkin, 1832-1898; Retrato de Maria Lopukhina, 1797, hermana de una amante del zar Pablo I, del pintor ruso Vladimir Borovikovsky, 1757-1825; Cuadro del pintor ruso Alekséi Savrásov, 1830-1897, Los grajos han vuelto, 1871.)

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