28 de septiembre de 2011

Decidir es el destino inevitable; aunque la paz es lo contrario, estaremos condenados a decidir.



Turquía es uno de esos países afortunados que ha recibido -como un maravilloso regalo cultural- uno de los pasados más ricos, gloriosos, extensos, densos y diversos de toda la historia. Cuando uno de sus muchos reinos antiguos -Caria- poblara sus orillas en el siglo IV a.C., conseguiría prosperar con bastante fortuna gracias a su estratégica situación geográfica entre Europa y Asia. Hasta que una vez su poderoso rey Mausolo falleciera, dejando ahora a la reina, su hermana Artemisia, desolada en su inconsolado dolor. Tanto era éste que, para atenuarlo ella indefinidamente, decidió mezclar en sus propias bebidas una parte, cada vez más, de las cenizas difuntas de su amado rey-hermano.

Después de ordenar construir para él una de las más grandes tumbas jamás levantada a nadie en la historia antigua (llamadas desde entonces mausoleos), Artemisia acabaría, a causa de su mezclada y obsesiva bebida letal, muriéndose ella poco a poco. Dos grandes pintores del Barroco plasmaron en sus obras de Arte a la famosa afligida reina de Caria. Dos formas diferentes, sin embargo, de entender un mismo sentido iconográfico. Francesco Furini y su apasionado, seductor y misterioso barroco italiano. Y el gran Rembrandt y su grandioso, perfecto y exquisito barroco holandés. Ambos pintarían al mismo personaje, pero ambos mostrarían, en cada caso, a dos personas muy diferentes. ¿Cuál, sin embargo, elegir ahora para reflejar mejor la obra más acertada de las dos? Porque las dos, además, son dos grandes obras maestras del Arte. Nuestra sensación, al pronto, podrá elegir una de las dos, o las dos, o antes elegir una y después, más tarde, la otra. Pero, seguro, que el conocerlas más y mejor nos puede hacer, en algún momento, cambiar nuestra improvisada elección de antes.

Los sentimientos son algo casi siempre pasajero; aunque los amantes deseen, sin embargo, prolongarlos, esta no es la propia naturaleza -permanecer- de lo que están hechos. Los sentimientos, como las sensaciones en general, son propias del momento. Sí es cierto que la capacidad emocional e intelectual del ser humano permitirá ampliar -más bien recordar- luego ese momento, hacerlo parecer un continuo, pero no es así realmente, hay separaciones, hay intermedios, a veces recurrentes o, casi siempre, eternos. Por esto la perspectiva -el distanciamiento- es fundamental para llegar a entender todo eso. Por eso cualquier decisión requiere tiempo. Porque el tiempo nos hace ver las cosas luego con más claridad. Y eso -la fugacidad sentimental- es así porque el cerebro se condiciona de la emoción del momento e interpreta la realidad de un modo exagerado. Por ejemplo, cuando nos sobreviene a veces el dolor, necesitaremos tiempo para abandonarlo, aunque no todos el mismo. Y entonces, después, hasta mejoramos. Pero, sin embargo, estar luego mejor sólo quitará el dolor -una sensación-, no cambiará en nada la situación real del todo, aún...

Los historiadores, por ejemplo, sólo pueden comprender mejor la Historia cuanto más de lejos la vean. El alejamiento cronológico y emocional es fundamental para la comprensión de lo vivido, lo ajeno o lo propio. Nuestra mente nos condiciona, además. Porque es el cerebro -nuestro ADN- el culpable de todo esto. En el ADN está escrito cómo debemos comportarnos o cómo responder a la evolución. No somos del todo libres, por tanto. Lo único que tenemos, que nos pertenece verdaderamente -y por tanto nos puede ayudar-, es nuestro conocimiento. Esto es lo que nos hace libres, poderosos y felices. A veces la vida regala, sin querer, cosas que no se saben entonces que son un regalo. Y no es que objetivamente lo sean, sino que sin eso, casi siempre, es más duro vivir. Aunque nunca seamos, exclusivamente, ni libres ni poderosos ni felices.

Por mucho que se asemejen los hechos de la vida a nuestros sueños, éstos -los sueños- siempre serán mejores, siempre serán más perfilados o más completos, intemporales, perfectos o únicos. Por eso nunca seremos felices por siempre, porque nuestros sueños -ilusiones vanas- no nos dejarán serlo. Sólo podremos, si acaso, entonces engañarlos; sí, hacerles ver ahora como si no fuésemos tan dichosos, dejar así que sean ellos, aparentemente, los que ganen la partida vital. Por ejemplo, hay veces que nos podrán las circunstancias, pero, sin embargo, ese debe ser el momento en el que más debamos ser nosotros mismos..., y ¡decidir! Dejar entonces que aquéllas -las circunstancias- sean sólo eso, algo contingente, algo accesorio, algo que rodeará ocasionalmente lo esencial, lo más importante, o lo más auténtico: nosotros mismos.

(Óleo del pintor italiano del barroco Francesco Furini, Artemisia recibiendo las cenizas de Mausolo, 1630; Óleo del gran pintor del barroco holandés Rembrandt, Artemisia recibe las cenizas de Mausolo, 1634; Grabado del siglo XIX, La gruta azul, Capri, Italia, Libreria del Congreso, Washington; Óleo del pintor Antonio Zanchi, Abraham enseñando astrología a los egipcios, 1665; Cuadro del pintor español Darío Regoyos y Valdés, 1857-1913, La playa de Almería de noche, 1882; Cuadro del pintor español José de Ribera, Filósofo con espejo, Amsterdan; Óleo del pintor italiano del siglo XVIII, Pompeo Batoni, 1708-1787, Alegoría de la Guerra y la Paz; Cuadro del pintor escocés, del movimiento contemporáneo, Jack Vettriano, de su serie 1992-2000; Cuadro El perdón, de la pintora actual española Mónica Ozámiz; Óleo del pintor Antoine Wiertz, La bella Rosine, 1847; Dos imágenes del mismo monumento veneciano, dos miradas diferentes, dos estilos distintos, dos emociones dispares de una misma realidad, ¿cuál decidir de ellas?: cuadro del pintor británico romántico Turner, San Giorgio Maggiore y el atardecer, 1840; Óleo del pintor impresionista francés Monet, San Giorgio Maggiore al atardecer, 1908.)

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...