22 de noviembre de 2011

La historia como una ceremonia de matices, que oscilan ahora entre la claudicación y la esperanza.



En mayo del año 1499 Cristóbal Colón le escribiría al rey español Fernando el Católico que el fracaso de la nueva colonia La Española en producir más oro, era sólo consecuencia de la codicia de los que habrían ido a las Indias únicamente a enriquecerse. No pensaba entonces el Almirante Colón que, apenas un año después, un enviado real -Francisco de Bobadilla- acabaría encadenándolo y embarcándolo como a un vulgar condenado con destino a España. Sin embargo, este siguiente gobernador enviado desde España para arreglarlo todo, Bobadilla, no conseguiría más que dividir y agravar aún más, gracias a su dura firmeza e intransigencia, los ánimos de los colonos y de los afines y seguidores de la familia Colón.

Había por tanto que encontrar a otro nuevo personaje, alguien que fuese capaz de poner orden en los nuevos territorios, unas tierras descubiertas por el ahora despojado de su glorioso nombramiento de Gobernador de las Tierras e Islas del Nuevo Mundo. En febrero del año 1502 un nuevo gobernador real, Nicolás de Ovando, partiría hacia la isla La Española -actual Santo Domingo- desde el puerto español de Sanlúcar de Barrameda. Con una gran flota de veintisiete naves, sería la primera expedición marítima enviada desde Europa jamás botada antes para surcar el poderoso y temible Atlántico. Con 2.500 hombres y mujeres, entre colonos, frailes y artesanos, llevaría la enorme flota frutos de morera para fabricar seda y trozos de caña de azúcar para conseguir que esta planta, tan deseada entonces en Europa, lograra reproducirse prolíficamente en las nuevas tierras descubiertas.

Uno de los colonos que acompañaron a Nicolás de Ovando en el año 1502 fue Diego Caballero de la Rosa (1484?-1560). Había sido un joven sevillano al servicio de un acaudalado mercader, de origen genovés, que comerciaba desde Sevilla con las Indias recién descubiertas. Diego Caballero pertenecía a una familia de antiguos conversos -judíos convertidos al cristianismo- sevillanos. Su padre -Juan Caballero- sería perdonado en un auto de fe -representación de exculpación y retorno al seno de la Iglesia- celebrado en Sevilla en el año 1488. Cuando la población indígena de La Española disminuyera alarmantemente sobre 1514, los nuevos colonos se aventuraron a buscar mano de obra -cuasi esclava- allá donde fuese. Así que Diego Caballero participaría en una expedición que organizara su patrón sevillano, Jerónimo Grimaldi, para capturar indígenas en las islas de Curazao, unas islas cercanas a la costa venezolana del continente. Pocos años después conseguiría Diego Caballero prosperar en las Indias occidentales. Incluso llegaría a ser secretario y contador -contable- de la Real Audiencia de Santo Domingo. Más tarde, a poseer un ingenio -hacienda- de azúcar en la isla La Española, alcanzando luego el cargo de regidor -alcalde- de la ciudad de Santo Domingo. Por fin, en el año 1547, obtendría el ansiado empleo de mariscal -alto funcionario militar- de la gran isla caribeña. Toda una extraordinaria y ventajosa carrera en las Indias.

Pero cuando, años más tarde, regresa a Sevilla no aspira Diego sino a ser liberado de sus cargas espirituales, cargas que su alma tuviera que soportar por las desesperadas acciones infames e inconfesables de su juventud. En el año 1553 entregó a la Catedral sevillana unos 26.000 maravedíes, una extraordinaria suma de dinero para disponer de una capellanía propia -acuerdo con la Iglesia para realizar misas para la salvación de su alma- y poseer su propio retablo en el gran templo sevillano. Dos años más tarde, don Diego Caballero contrata a un pintor flamenco afincado en Sevilla, Pedro de Campaña (1503-1580), para que le hiciera diez pinturas para su retablo catedralicio. Por entonces, mediados del siglo XVI, el mejor retratista y más requerido pintor de obras sagradas en la levítica Sevilla lo era el flamenco Pieter Kempeneer -Pedro de Campaña-. Este pintor llevaba desde 1537 trabajando en Sevilla, ya que era el mejor destino económico para pintores y artistas de la época. La ciudad disponía de dos razones de importancia: el creciente comercio americano y un gran mercado eclesial necesitado de imágenes.

Este pintor renacentista y flamenco tuvo la suerte de disponer de dos influencias artísticas importantes: la flamenca y la italiana. Después de residir en Venecia y Roma, marchó a Sevilla donde desarrollaría las nuevas técnicas aprendidas de los maestros italianos. Pero, sin embargo, mantuvo el tono decidido, fuerte, áspero y ordenado de la pintura de Flandes. Fue el primer pintor en España que crearía retablos dominados por el Manierismo triunfante. Los retablos religiosos, obras encargadas por la Iglesia o para las iglesias, eran composiciones que incluían, o no, grandes obras maestras del Arte. Las obras maestras de los retablos acabarían siendo maltratadas por los años y la desidia. Eran extraordinarias pinturas manieristas, obras maestras que pasarían entonces por encima de los ojos de ajenos admiradores de un Arte sagrado, pero demasiado elevadas o distantes para verlas bien. En el año 1557 el pintor Pedro de Campaña fue requerido para pintar otro retablo en Sevilla. Esta vez en una iglesia allende el río Guadalquivir, la iglesia de Santa Ana. Aquí consigue Pedro de Campaña una de las mejores composiciones de su pintura manierista para un altar en la ciudad de Sevilla.

Las pinturas que crease este pintor flamenco para ese Retablo de Santa Ana fueron muy criticadas por sus propios colegas sevillanos. Tan dura fue la oposición a su obra que Pedro de Campaña no soportaría ya vivir donde había llegado a ser tan feliz. Porque aquí, en Sevilla, se había casado y había tenido a sus dos hijos. Así que, ahora, decepcionado y cansado, luego de veinticinco años de estancia sevillana, decidiría regresar a su natal Flandes. En el año 1563 se aleja definitivamente de su obra y de su vida sevillanas. En su tierra natal flamenca espería acoger ya los últimos momentos que elevarían, por fin, su alma ahora más alta que sus propias obras artísticas... Desarrollaría el resto de su Arte en lo que fuera entonces parte de la corona española, su tierra flamenca. Así que, a diferencia de quien para salvarse le contratase años antes en Sevilla, no tendría él ahora para eso sino nada más que hacer ya que morirse... Porque habría logrado él así, con solo su propio Arte maravilloso, realizar todo lo que un alma necesitara para no tener nada más que despegar, satisfecha y ágil -sin alas, ni retablos ni misas-, hacia lo más alto de las cornisas divinas de la eternidad.

(Pintura central Retablo de Santa Ana, 1557, Pedro de Campaña, Iglesia de Santa Ana, Sevilla; Pintura lateral inferior izquierdo del Retablo de la Purificación, 1556, retratos de don Diego Caballero, su hermano Alonso y su hijo, Pedro de Campaña, Catedral de Sevilla; Imagen fotográfica del Retablo de la Purificación en la Catedral de Sevilla, España; Pintura central de este retablo, Purificación de la Virgen, 1555, Pedro de Campaña, Catedral de Sevilla; Fotografía del Retablo de la iglesia de Santa Ana, 1557, Pedro de Campaña, Iglesia de Santa Ana, Sevilla, España; Cuadro Jesús Descendido, 1556, Pedro de Campaña, Museo de Cádiz, España; Óleo de Pedro de Campaña, Retrato de una Dama, 1565, Alemania; Fotografía de la casa, del siglo XVI, de don Diego Caballero en Santo Domingo, República Dominicana; Imagen con la placa conmemorativa de esta casa, Santo Domingo.)

Vídeos de homenaje al pintor Pedro de Campaña:

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