27 de diciembre de 2011

La más arraigada y detestable de nuestras emociones: el indescifrable miedo.



Cuando en el año 1806 el filósofo alemán Hegel (1770-1831), asomado a la ventana de su vivienda en la ciudad de Jena, observase pasar a un Napoleón victorioso, comprendió ya que no podía ser éste otro que aquel espíritu universal que ideara con su teoría dialéctica de la Historia. Para ilustrar mejor esa teoría filosófica, Hegel lo narraría como si de una novela de formación se tratara. En ella el héroe es ese espíritu..., aquel que, en sus descabelladas, sucesivas y erráticas experiencias, no consigue entender nada de nada y que, al querer llegar a saber siempre algo más, termina confundiéndose a sí mismo. Entonces acabará padeciendo la contradicción más terrible, esa que existe entre una cierta capacidad de entendimiento limitada -la que él tiene ahora-, y lo que no llegará a comprender del todo -lo que ahora se le escapa-, la pared contra la que, constantemente, se estrella.

Pero los golpes le llevarán al espíritu ahora a empezar a comprender, a ser consciente de que se encuentra, al fin, en el camino. Ahora alcanza a percibir la diferencia entre lo que se dice a sí mismo -aquello de lo que se trata según él-, y lo que no sabe aún -la pared contra la que se golpea-. Esta concienciación alcanzará finalmente la síntesis, lo que llevará al espíritu a superar la diferencia entre sí mismo (tesis) y la pared lastimosa (antítesis). Ese espíritu universal se eleva ahora, por tanto, en más conocimiento a medida que más contradicciones esté él dispuesto a asumir. Entonces, en octubre del año 1806, el más invicto de los espíritus, el más experimentado ser, su héroe -Napoleón-, estaría desfilando por delante mismo de los ojos del avezado filósofo alemán. Y todo eso llevaría al filósofo Hegel a realizar una interpretación de la Historia Universal. Las enormes contradicciones ocasionadas, por ejemplo, por la fallida Revolución francesa habían llevado al héroe vencedor, a ese espíritu universal -Napoleón-, a querer llegar a sublimarlas luego con su vida. Sin embargo, no será este ya el final de la Historia, de aquella historia que asombrara por entonces al idealista filósofo alemán. En absoluto. Más tarde, cuarenta años después, otro filósofo alemán, el materialista Karl Marx (1818-1883), utilizará esa misma dialéctica filosófica para adaptarla a su nueva teoría materialista.

Porque ahora no será el espíritu, para nada, el que describirá la realidad histórica, no, ahora quien está en contradicción histórica es la terrible maldición entre los inhumanos y explotadores medios de producción, de la propia y despiadada vida, y aquellos seres que ahora la producen, la sufren o la viven... El Realismo vino entonces, mediados del siglo XIX, a describir esta nueva contradicción, algo nunca antes visto en la historia del hombre. El miedo social acabaría depositándose ahora en el inconsciente colectivo de los humanos. Porque, además, será un miedo nuevo..., un miedo que se produciría ahora no solamente por el desgarramiento de la guerra, de la enfermedad o de la muerte, sino sobre todo al que se añadirá una sociedad coercitiva, industrial, urbana y desamparada, esa misma sociedad despiadada que vendría, definitivamente, a describir la realidad más pavorosa. Y los autores, pintores y escritores sobre todo, que vivieron esos crueles años -el tercio central del siglo diecinueve-, plasmaron en sus obras realistas con toda crudeza el fiel dramatismo de las vidas humanas más desamparadas; unas vidas que, por entonces, se azoraban aterradas por el mal que las perseguían sempiternas... Y el Arte, siempre emotivo e inspirador, trataría por entonces, a cambio de la distante filosofía, de enternecer ahora las conciencias de todos esos otros espíritus -los de todos nosotros-, para hacernos ver así, claramente, la fragilidad de la vida y de los seres más desamparados que la sufren.

Hubo una vez un dios mitológico de la Antigüedad griega que protegería a los rebaños y a sus pastores, pero que, por su aspecto deforme y salvaje, parte bestia y parte humana, acabaría por ser muy temido ya por todos. Así que el dios Pan se convertiría, entonces, en un símbolo de lo más terrible, y originaría además, con el tiempo, el conocido término pánico... El caso fue que, con sus estentóreos gritos aterradores, asustaría a todos los vivientes por entonces. Nadie sabía muy bien por qué, exactamente, el dios Pan comenzaría a gritar de ese terrible modo... ¿Vería algo el dios Pan que los demás seres no fuesen capaces de percibir? Él, realmente, no era un dios como los demás dioses, él no era inmortal. Era el único de los dioses paganos griegos que no lo era. Eso acabaría por ser luego algo muy providencial en la historia. En un principio, el propio Cristianismo lo tomaría como un motivo extraordinariamente útil para terminar con el odiado Paganismo, haciendo ahora creer a todos, y proclamándolo así, su afortunada y definitiva muerte para siempre. Pero, también ahora, ¿por qué no?, sería una oportunidad más que providencial aún para poder elevar otra sensación más que necesitada por todos nosotros: que el temor que inspiró una vez ese pánico no permanecerá nunca. Que siempre terminará alguna vez, que todos podremos sentirlo pero que no es inmortal... Que no sobrepasará nunca la mera sensación de oír, tal vez, su grito terrible, tan soez, bestial y desolado, por la realidad ahora de que no llegará a sobrevivir, ni siquiera, al mínimo gesto que llevará de percibirlo a comprender, finalmente, que todo termina.

(Óleo del pintor francés realista Alexandre Antigna, El Rayo de luz, 1848, Museo de Orsay, París; Cuadro La larga sombra, 1805, del pintor alemán neoclasicista Johann Heinrich Wilhelm Tischbein, 1751-1829; Cuadro realista El fuego, 1851, del pintor Alexandre Antigna, Orleans, Francia; Óleo Pan conforta a Psique, 1874, del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones; Cuadro del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, Naufragio a la luz de Luna, 1830, Berlín; Pintura La sombra de la tortura, del pintor e ilustrador actual británico Bruce Pennington.)

4 comentarios:

Arnedo dijo...

Hola,

Excelente blog; tanto en el texto como en las obras de arte escogidas,

Enhorabuena, un saludo,

Jose - josearnedo.blogspot.com

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias por tu opinión. De los dos motivos de éste, uno de ellos es ése... Un saludo.

sacd@ dijo...

Supongo que el otro motivo no será esconderse del miedo. Lo veo como la busqueda de un deseo, una fantasía que desde Aljarafe, una elevación, una azotea desde la cual se pueda ver el monte donde conviven todos los afortunados. Tu blog se percibe nitidamente que estas cerca. Un saludo. Y más que pánico es un pan que das a las bocas hambrientas de belleza.

Arteparnasomanía dijo...

La belleza es encarar el miedo, sirve además para comprender y justificar todo. Si en algo contribuyo es la mejor recompensa que un cúmulo de signos, caracteres, códigos, enlaces, bits, electrones y tiempo hayan podido alguna vez realizar en una vida. Saludos agradecidos.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...