20 de enero de 2012

La sordera de un mundo ajeno e insensible o el destino imperceptible de todos.



Los grandes pintores de la historia siempre tuvieron seguidores, creadores que éstos admiraron tanto que su estilo no sólo no varió del de aquéllos, sus maestros, sino que lo harían resaltar aún más a cada pincelada agradecida. Fue el caso, por ejemplo, de dos pintores cuyas obras muestro aquí. Cuando el genial creador español Francisco de Goya viajara en 1789 a Valencia, para descansar junto a su esposa convaleciente, conocería a quien acabaría siendo su discípulo y más fiel ayudante, Asensio Juliá (1760-1832). Este pintor valenciano representaría también la revolucionaria manera de crear de Goya en casi todas sus obras. Una de ellas, El náufrago -producida en 1815-, es la imagen que ahora utilizo aquí para mostrar la imperceptibilidad del mundo... Con ella comienzo la reflexión sobre la soledad del no oído, del no visto, o del perdido... La fuerza de esta obra pictórica, subrayada además por la acentuada inclinación inestable del personaje, radica precisamente en que ahora el personaje representado no puede ver ni oír ni tocar, sólo si acaso caminar desesperado... Porque, en un simbolismo temprano en el Arte, nada de los elementos que el ser humano utiliza para sus sentidos -ojos, oídos ni manos- se perciben bien aquí en el modelo del personaje retratado del cuadro.

Otro de los grandes seguidores en la Historia del Arte lo fue el pintor Jacob Peter Gowy (1615-1661). Formado en el taller del afamado Rubens, colaboraría en algunas obras de este gran autor flamenco. Por ejemplo siguiendo bocetos suyos para encargos del maestro Rubens en España en la real Torre de la Parada madrileña. Luego marcha Gowy a Inglaterra donde trabaja en sus propias creaciones hasta el final de sus días. Una de las obras por la que fue más conocido es su famosa La caída de Ícaro, una pintura que muestra rasgos rubensianos propios de su maestro. Esta obra mitológica cuenta la leyenda de Ícaro; de ella escribí una pequeña reseña en la entrada: La mezquindad frente al afán, la ambigua ambición, sus límites y su desdicha.

Pero es otra obra, de la misma temática mítica, la que viene a justificar mejor el título de la entrada. En Caída de Ícaro el pintor flamenco Pieter Brueghel el viejo (1515-1569) elabora una extraordinaria y sorprendente pintura. Representa en ella el sentido de la leyenda de Ícaro, pero, ahora, sólo después de haber ya caído éste... Porque aquí, en esta obra de Brueghel, no se ve a Ícaro caer por ningún lado del cielo. Y es que aquí ya ha caído Ícaro, o, mejor dicho, está ahora terminando de caer... Ahora sólo sus piernas agitadas se aprecian sobre la inmensa superficie del mar. Por eso apenas lo vemos al pronto. Pero lo más importante y genial aquí es que nada ni nadie ha percibido que eso haya sucedido. Todo seguirá igual que antes, igual que antes de que Ícaro haya caído. Ni el labrador con su arado, ni el pastor con sus ovejas, ni nadie del barco que pasa, ni el pescador, ni siquiera los animales han sentido ni visto nada caer. El paisaje aquí, sin embargo, es idílico del todo. Se ve incluso una ciudad acogedora al fondo, sobre un horizonte esplendoroso con un maravilloso inicio de puesta de sol. Un paraíso maravilloso aquí, además, como escenario ahora para un infortunio tan horrible... Nada indica otra cosa aquí, no existe en la obra de Brueghel reminiscencia alguna de terrible caída o de tragedia alguna en su paisaje.

Pero, sin embargo, Ícaro se hundirá..., se ahogará sin que nadie lo remedie o lo salve. Es más, nadie lo echará de menos. ¿Cómo no echar de menos ahora, además, a todo un héroe...? Porque fue él, al menos, capaz incluso de volar. Pero, la vida continua igual sin él, desatenta por completo. Y así el pintor quiso reflejarlo en su obra. Las gestas personales que no terminen del todo o que no lleguen encumbradas a un final, o que no se deseen por nadie..., no serán ahora sino nada. Y es así como el creador nos indica que sólo los que no están en la escena retratada -es decir, nosotros, los que ahora estamos viendo la obra- seremos los únicos que veremos a Ícaro ahí, con sus piernas abatiendo las aguas del mar. Porque es para esto para lo que se creó la obra, no para ver un paisaje... Los que ahora ven la obra de Arte lo acabarán viendo a él. Porque han venido -a un museo o a una imagen virtual- precisamente para eso, para verlo a él, para ver a Ícaro caer... Y lo verán, verán a Ícaro sin verlo del todo, lo ven a él y al resto de la obra, y, ahora, lo acabarán comprendiendo...

Uno de los creadores holandeses más desconocidos y, sin embargo, tan importante paisajista como los otros pintores citados aquí, lo fue Joos de Momper (1564-1635). Seguiría a su maestro Brueghel en el detalle de las cosas sencillas pero gráficas. Para expresar las cosas, para hacerlas destacar, no hará falta alzar la voz tanto, sólo indicarlo con detalle. Aunque puede ser, lo es muchas veces incluso, que no todos lo acaben oyendo o viendo... En la obra de Momper, Paisaje de invierno, nos ayuda ahora la determinación del creador en señalar esos detalles. Uno de ellos sirve ahora para seguir con la reflexión de antes. A la derecha del lienzo se observan tres personajes, se suponen una madre, un hijo y su hija pequeña. Es ahora ésta, la hija pequeña, la que aquí no se escuchará ni se sentirá por los otros. Pero, sin embargo, hasta ella misma alza aquí sus brazos, los agita insistente como tratando de hacerse escuchar mejor, de hacerse sentir por los otros..., pero, nada, nadie acabará por atenderla.

El pequeño y pueril gesto es absorbido por el grandioso paisaje. Porque aquí se aprecian una vivienda acogedora y hombres y mujeres que laboran en el duro invierno. Al fondo hay una pequeña ciudad. Todo ofrece seguridad y humanidad, aunque el duro paisaje invernal existe y se sostiene claro en toda la obra. Pero la pequeña continuará apelando algo, continuará deseando algo. No es sino en un pequeño fragmento del lienzo, en un detalle ahora aumentado del cuadro -que presento a su derecha-, cuando, sin que nada haya cambiado -sólo el encuadre-, percibiremos otra sensación de todo eso. Ahora sí que veremos mejor el conmovedor gesto, ese de que nos escuchen, de que nos esperen, de que nos ayuden... El que se percibirá desolado a veces, ahora sin embargo silencioso, en la pequeña retratada en uno de los extremos del fascinante, sorprendente y grandioso cuadro.

(Óleo del pintor español romántico Asensio Juliá, El náufrago, 1815, Museo de Bellas Artes de Valencia; Cuadro La Caída de Ícaro, 1636, del pintor flamenco Jacob Peter Gowy, Museo de La Coruña, en depósito en el Museo del Prado, Madrid; Lienzo del pintor flamenco Pieter Brueghel el viejo, Caída de Ícaro, 1558, Bélgica; Obra Paisaje de Invierno, 1625, del pintor flamenco Joos de Momper,  Museo de Carolina del Norte, EEUU; Detalle del mismo cuadro Paisaje de Invierno, del mismo autor, 1625; Cuadro del pintor Marc Chagall, de la Escuela de París, La caída de Ícaro, 1975, Museo de Arte Moderno, París; Extraordinaria obra del artista norteamericano Norman Rockwell, Sur de Justicia, 1965, EEUU, donde la sordera del mundo llegará a producir gritos, aunque siga sucediendo lo de Ícaro, que no todos lo verán.)

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