21 de marzo de 2012

El gozo o la desdicha en el Arte, dos reflejos muy humanos de una única y misma realidad.



En la antigua Roma se eregiría una vez un templo -en el año 260 a. C.- entre el monte Capitolino y las murallas Servianas, murallas éstas que protegían la ciudad y fueron llamadas así en homenaje a uno de sus antiguos reyes latinos, Servio Tulio. A este sagrado templo le llegaron por entonces a colocar unas puertas muy grandes, unas jambas enormes en las que instalaron cien cerrojos de grandes barras de hierro. Las hicieron así, tan grandes y pesadas, para que fuese siempre muy difícil poder abrirlas. El sagrado edificio romano fue dedicado al dios Jano, una de las divinidades del olimpo latino. Según cuenta una leyenda romana, cuando Jano reinaba en el antiguo Lacio latino acogería una vez al desterrado dios Saturno, uno de los primigenios dioses de Roma; dios que había sido expulsado entonces de los cielos por su propio y ambicioso hijo, el dios Júpiter. Agradecido a Jano por acogerlo, Saturno le ofrecería un don extraordinario: la capacidad del doble conocimiento, el dominio sobre el pasado y sobre el futuro; es decir, poder dirigir ahora su mirada tanto en una dirección como en su opuesta.

Fue por eso que los romanos representaron de ese modo la efigie de Jano: con dos caras en oposición. Un bifrontismo que le permitiría disponer de un perfil duplicado, representando así dos caminos enfrentados, o también una especial puerta que separase así el comienzo o el final de lo que fuese... En este caso -las puertas cerradas o abiertas del templo- algo muy importante para Roma como eran la guerra o la paz. Al comenzar una guerra, Roma invocaba al dios Jano abriendo las puertas de su templo de par en par. Y permanecerían así, abiertas del todo, hasta que la paz no entrase al fin por ellas. Cuando el primer emperador romano, Octavio Augusto, finalizara su largo reinado de muchos años, dejaría escrito para la historia lo siguiente: El templo de Jano, que nuestros ancestros deseaban que sus puertas fuesen cerradas sólo cuando en todos los dominios de Roma se hubiera establecido la paz, no había sido cerrado sino en dos ocasiones desde la fundación de la ciudad hasta mi nacimiento. Durante mi principado el Senado determinó, en tres ocasiones, que debía cerrarse.

Las dos caras más opuestas de la emoción humana -la alegría y el dolor- son un reflejo simbólico de ese bifrontismo mitológico. Porque nacen de lo mismo, del mismo ser dividido ahora ante sí mismo, ante su misma realidad o ante la misma vida que lo sustenta... ¿Cómo pueden el gozo y la desdicha surgir, sin embargo, del mismo elemento emotivo que forma parte intrínseca de su naturaleza? Pero, sobre todo, en la mitología, ¿qué hace ahora que se cierren o se abran sus puertas... al albur de los destinos indescifrables de la vida? En el cuadro, el aquí expuesto del gran pintor Rubens, se observa  ahora cómo la diosa Venus -la esposa del dios Marte- trata de detener el ímpetu belicoso del dios más guerrero Marte. Un dios romano que, sin consideración alguna, pisotearía aquí los símbolos de la cultura, atropellaría a las madres indefensas y desplegaría su espada ensangrentada contra todos. Inspirado, seducido y atraído este dios belicoso además por una de las fieras Erinias, llamadas también Furias, unas divinidades maléficas romanas donde una de ellas enarbola aquí una antorcha encendida representando así la humana venganza y el horror. A la izquierda de la imagen, vemos una de las puertas del Templo de Jano desplegada por completo, abierta ahora así para la desdicha y el tormento, y que no se volverían a cerrar mientras esos mismos males, impenitentes en su fatal delirio, perdurasen, indecentes y obcecados, en su maldito horror...

(Óleo de Rubens, Los horrores de la Guerra, 1638, Palacio Pitti, Florencia; Cuadro La Duplicidad, 1640?, del pintor italiano Salvator Rosa, Palacio Pitti, Florencia; Lienzo El Racimo de Uvas, 1868, del pintor clasicista francés William Bouguereau, en donde se muestra la gozosa felicidad en los rostros y gestos de una madre y su hijo; Óleo del pintor español Joaquín Sorolla y Bastida, ¡Otra Margarita!, 1892, donde el magistral artista realista plasmará la angustia contenida de una joven detenida y esposada, llevada ahora custodiada así en un vagon por haber matado a su recién nacido. La escena es de las más tristes y desdichadas que autor alguno haya podido reflejar jamás; Busto romano de Jano, Museo Bellas Artes, Montreal.)

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